Epílogo para la segunda edición española del proceso que se siguió contra Soghomón Tehlirian por haber ajusticiado a Taleat Pashá

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


"Tehlirian empuña la pistola para encarar el espíritu de la Justicia frente a la fuerza bruta. Baja a la calle como el representante del Humanismo contra el salvajismo, del Derecho contra la injusticia, de los oprimidos contra el representante cabal de la opresión. Y enfrenta, en nombre de un millón y medio de asesinados, al que con sus camaradas […] tiene la culpa de esos crímenes". Del alegato de Johannes Wertauer, defensor de Soghomón Tehlirian.

Tres jueces han querido decir sus pensamientos alrededor de este proceso, uno en el prólogo de esta edición, otro en el prólogo de la primera (Buenos Aires 1973) y el restante a manera de reflexión final. Tres juristas calificados que miraron las contingencias del juicio como acostumbran hacerlo, contrastando los hechos con el Derecho y discerniendo responsabilidades para decir, finalmente, si el acusado es culpable del hecho que se le atribuye. Valiosas contribuciones para comprender cabalmente lo que ocurría en aquel tribunal alemán el 2 y 3 de junio de 1921. Y también para comprender que el Derecho no es una mera normativa que acomoda mecánicamente las conductas en la cuadrícula de los tipos penales, sino también una creación humana que quiere ordenar el comportamiento social hasta donde le es posible, sólo hasta donde le es posible.

Estas anotaciones tienen el propósito de explicar esa limitación.

Dije alguna vez que el Derecho Civil es la reacción temprana del Estado para ordenar el comportamiento social, y el Derecho Penal es su reacción tardía frente a hechos que lo conmueven. Por eso el Derecho Penal llega después que la conducta dañosa y la sanción sigue al delito. El Derecho Penal puesto ahí, en la norma, es disuasivo, te dice que si matas serás echado a la cárcel; pero si ya has matado ese Derecho entra en acción, es retributivo, te persigue hasta que des con tu osamenta entre las rejas.

Es así cuando la sociedad ha establecido un castigo para el que comete un hecho disvalioso, cuando una norma legal ordena castigar el delito. Pero cuando esa norma no ha sido sancionada todavía, o cuando, como bien lo señala Arnaldo Corazza, la aplicación de la sanción depende de la potencia económica o militar del Estado en cuyo territorio han ocurrido los hechos, entonces el ofendido echa mano al recurso primigenio de la venganza para castigar al culpable.

He aquí el límite del Derecho, entendiendo por límite la línea a partir de la cual la norma jurídica carece de eficacia. He aquí la justificación honda de la venganza como recurso retributivo y también disuasivo.

Las palabras que encabezan estas anotaciones, dichas por uno de los defensores de Soghomón Tehlirian en la segunda jornada del proceso, en cuanto identifican el sentido más hondo de Justicia con la noción originaria del Derecho, resumen todo el debate. Y explican, sin decirlo, por qué los griegos de la antigüedad encarnaron en una misma deidad a la Justicia y la Venganza: Némesis. Es que la mitología –la de los griegos y las otras también- expresa el sentir de los hombres, sus anhelos, sus frustraciones. La mitología es el crisol donde la cultura marida con la esperanza, es la protohistoria escrita con símbolos y con fantasmagorías. Ahí donde la cultura todavía no ha proveído los instrumentos que hacen deseable la vida social, ahí vienen los mitos a colmar la ausencia. Porque los hombres (he aquí un signo de su racionalidad) no toleran el vacío.

En aquellos días de 1921, en las vecindades de Charlotenburgo, Soghomón Tehlirian vino a ocupar el lugar que había dejado vacante el Derecho Internacional y que las potencias vencedoras de la Primera Guerra no habían querido ocupar. Cuando en la primera jornada del proceso el presidente del tribunal le preguntó “por qué tiene la conciencia tranquila”, Tehlirian respondió: “he matado a un hombre pero no soy un asesino”. Él había colmado un vacío.

A propósito de esta edición de la versión taquigráfica del juicio que se siguió contra Tehlirian, quiero reiterar una idea que si bien ha tenido alguna difusión, se ha aplicado en otros ámbitos menos estrictos que el del Derecho Penal, en la política por ejemplo.

Los hombres, cuando se organizan en sociedades más o menos complejas, delegan el ejercicio de algunos de sus derechos en el Estado. El cuidado de la salud pública, la escolarización básica, la seguridad son confiados al Estado, como así también la administración y dispensación de la Justicia. Y en cuanto el Estado asume esa función, el individuo está privado de hacerlo. Los distintos sistemas políticos privilegian unos derechos sobre otros, unos sectores sociales sobre otros, pero nunca pueden incumplir esa tarea, no pueden desertar de su deber porque si lo hacen los individuos recuperarán sus atributos originales para ejercerlos por sí mismos. Incluso el de administrar y dispensar Justicia. En el prólogo de la presente edición, Leopoldo Schiffrin dice que “el padre del moderno Derecho de Gentes, Hugo Grocio, en su teoría penal, pone como sujeto activo originario de la punición a la víctima, cuya potestad punitiva ejerce el Estado sólo por una suerte de delegación”. De ahí la legitimación de Tehlirian para obrar como lo hizo ese 15 de marzo, porque de otro modo habría quedado huérfano de toda vindicta ese hombre ofendido.

Sé que una interpretación ligera de esta doctrina y un uso pródigo de este derecho originario pueden llevar al desbarajuste social y al caos, pueden atentar contra la paz social, bien que debe ser custodiado con celo. Pero ello no autoriza a exigirle al hombre, como miembro de la sociedad, que resigne sus derechos. No. Antes bien, significa que el Estado (y en los tiempos modernos también la Comunidad Internacional) debe cumplir las funciones que validan su existencia para conjurar el riesgo de la disolución social.

En este sentido, Tehlirian fue el tábano que mordió la conciencia social, el amonestador del Derecho Internacional, el hombre que abatió al genocida que había ordenado la deportación, el saqueo, el tormento y la muerte de un millón y medio de armenios.

Por eso estas palabras no quieren ser sólo el epílogo de la versión taquigráfica del proceso. También quieren ser un homenaje al hombre que, como otros en su tiempo, si bien no pudo sanar las heridas de su corazón, le devolvió a su pueblo mártir esa porción de dignidad que se extravía cuando la Justicia se ausenta. Tehlirian obró consciente de la legitimidad de su acción. Su defensor Von Niemeyer dijo: “estoy completamente convencido, y creo que todos ustedes también lo están, que aún aceptando el hecho consumado que pesa sobre él, el acusado mantiene desde el primer momento y en toda circunstancia, firme como una roca, la convicción de la conciencia tranquila. Tehlirian está convencido de haber actuado conforme al Derecho, el verdadero, auténtico Derecho que es lo único valedero para él”.

Este y otros hechos que se perpetraron en el marco de la Operación Némesis y que conmovieron al mundo, en la segunda posguerra alentaron la creación del tribunal de Nürenberg para juzgar a los criminales de guerra nazis. Este hecho fue un temprano preanuncio de la jurisdicción internacional para el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad y para la aplicación de la pena que los sanciona. De modo que el brazo justiciero de este hombre merece alabanza no sólo por haberle devuelto la dignidad a su pueblo; también porque apresuró la sanción de una legislación penal internacional que, si bien es todavía insuficiente, señala el rumbo de su futura evolución.

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¿Es preciso hablar la lengua de Dios para ser armenio?

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


No sé qué es más tedioso, si contar uno a uno a los viajeros que van y vienen por la estación Constitución en una mañana de lunes o leer el diccionario. De seguro mi lector no elegirá ni una cosa ni la otra. Yo, por mi parte, no necesito que me metan en el brete para elegir el diccionario; aún más, me siento a gusto sumergido en sus páginas. Disfruto sus prólogos, sus instructivos de uso, cada una de sus entradas, sus noticias etimológicas, sus locuciones compuestas. Los diccionarios suscitan en mí ideas que, sin su auxilio, quedarían nonatas.

¡Cuánto vacío hay en la mollera del que no conoce la palabra justa, la que nombra la imagen que pega en su retina, la voz que reverbera en su tímpano, el olor que inunda su nariz! ¡Cuántas sensaciones quieren encontrar la palabra que las nombra para merecer un lugar en la constelación de los sentimientos! ¡Qué orfandad la del que no puede expresar su pensamiento!

Decía Miguel de Unamuno: “Se piensa con palabras y mientras dos o más pueblos conserven un mismo idioma, pensarán en el fondo lo mismo”(1). Es cierto que ciertos idiomas son hablados por varias naciones, pero también lo es que hay naciones que hablan idiomas diferentes. Y esto no invalida el carácter matricial de la lengua porque en tales casos otros rasgos culturales vienen a suplir la diferencia. Este habla hindi y este otro gujarati, pero ambos son indios porque otros rasgos culturales los identifican y los refieren a esa comunidad nacional(2). Inversamente, el español y el boliviano hablan la misma lengua y sin embargo son comunidades y naciones diferentes, con intereses y teleologías también diferentes. El español mira el mundo desde el ombligo del mundo y el boliviano lo mira desde la periferia americana. Allá importaron al dios de los judíos, acá ese dios comparte ofrendas con la Pachamama. Quizá en este punto Unamuno se excedió.

Con este prólogo y con mi reproche al hombre de Salamanca tengo franquicia para hablar de los armenios. Y para interrogarme si es preciso hablar la lengua de Dios para ser armenio(3).

Toda nación es, antes que nada, una comunidad, un conjunto de personas vinculadas por características e intereses comunes. En el caso de los armenios, una señal que los distingue es el idioma. Su idioma es distintivo porque ninguna otra nación lo habla, porque el alfabeto que lo escribe está hecho de propósito, porque su estructura gramatical es diferente, porque a tal punto está imbricado con la religión que no puedes pensar el uno sin referirlo al otro. La condición de armenidad está más fundida con su idioma que la de hispanidad con el suyo.

Entonces, ¿ser armenio es hablar el idioma armenio? Creo que aquí un respiro y una reflexión nos harán bien.
El diccionario armenio es categórico: Azk. 1. Nación. 2. Comunidad de personas que tienen el mismo origen(4).

La lengua española enseña así: Nación. (Del latín natio, nationis). 1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. 2. Territorio de ese país. 3. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. 4. Acción de nacer [...]. 5. Hombre natural de una nación, contrapuesto al natural de otra(5).

Por su parte los ingleses dicen: Nation. 1. Agrupación de gente o de gentes de una o más culturas, razas, etcétera, organizadas en un Estado único [...]. 2. Comunidad de personas que no constituyen un Estado pero que están vinculadas por tener en común una misma descendencia, lengua, historia, etc. 3. a. Federación de tribus, especialmente los indios americanos. b. Territorio ocupado por dicha federación(6).

Los franceses son más palabreros: Nation. 1. Grupo de personas que poseen un origen común, especialmente religioso. Las naciones, nombre mediante el cual se designa en las Escrituras a los pueblos paganos en contraposición al pueblo elegido [...]. Se dice, por extensión, de cualquier clase de individuos que poseen caracteres, intereses comunes y que forman alguna clase de sociedad. La nación de los poetas, de la gente de la justicia [...]. 2. Comunidad cuyos miembros están unidos por el sentimiento de un mismo origen, una misma pertenencia y un mismo destino: a. Conjunto de personas establecidas en un territorio y unidas por caracteres étnicos, tradiciones lingüísticas, religiosas, etc. [...]. Se hablaba de la nación italiana, de la nación alemana en la época en que Italia y Alemania estaban divididas en diferentes Estados. b. El conjunto de personas que forman la población de un Estado determinado, sometidas a una misma autoridad política soberana; por extensión, la entidad estatal que representa a esta colectividad. La nación francesa, española [...](7).

Los italianos son más breves: Nazione. 1. Conjunto de personas que comparten lengua, historia, civilización e intereses y son conscientes de dicho patrimonio común. 2. Estado(8).

Y los alemanes dan esta definición: Nation. 1. Gran comunidad asentada, normalmente cerrada, de personas que comparten la ascendencia, la historia, el idioma y la cultura y constituyen un sistema político estatal: La nación alemana. 2. Estado, sistema estatal [...]. 3. Personas que pertenecen a una nación; pueblo(9).
En lo que toca a los armenios, la segunda acepción inglesa quiere que la diáspora sea una sola comunidad para ser nación, y la primera acepción francesa sólo por extensión admite que es tal. El idioma alemán es decididamente restrictivo y sólo la tercera acepción de su diccionario nos conoce como nación merced a una tautología o a una sinonimia sospechosa. Mientras, la primera acepción italiana nos impone, además de lengua, historia, civilización e intereses comunes, un estado de conciencia comunitaria. A nuestra condición de armenios conviene la tercera acepción del diccionario español: Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.

Aquí hay un rigor y una blandura. El rigor de exigirnos que seamos comunidad cuando la historia nos ha dispersado por los cinco continentes, y la blandura de consentir que hablemos otras lenguas. Rigor y blandura que, de todas maneras, vienen de los léxicos y no de la sociología o de la política. Mucho menos de la psicología que, sabiamente esta vez, nos dice que somos lo que sentimos. Quizá por eso el diccionario armenio enseña que es el origen común lo que distingue y construye a una nación.

Para dirimir la diferencia acudo a mi conciencia, tan fiel como mi sombra, tan veraz como mi existencia. Y lo hago con el españolísimo diccionario en la mano: Conciencia. (Del latín conscientia). 1. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta. 2. Conocimiento interior del bien y del mal. 3. Conocimiento reflexivo de las cosas. 4. Actividad mental a la que sólo puede tener acceso el propio sujeto. 5. Psicología. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

Así, de resultas de esta excursión filológica, por cuya aridez pido disculpas a mi lector, respondo negativamente a la pregunta del título. Creo que si bien la lengua es un signo distintivo de una nación y un reservorio de su cultura, no es determinante para ser miembro de la comunidad que la habla. Creo que la conciencia de pertenecer a una determinada comunidad cultural y la voluntad de participar de su destino son los signos que definen a una nación.

En este sentido, ratifico lo que dije en el 90° aniversario del Genocidio: “No quiero un radicalismo armenio, ni siquiera un humanismo armenio. Quiero una armenidad humanista”(10). Título desmesurado que, sin embargo, invita a conjugar en una nación toda la condición humana. Y nos consagra hijos de Haig cualquiera sea el idioma de nuestro pensamiento y de nuestro habla.

[1] Citado por Alfonso Lopez Miranda en el prólogo del Diccionario de Ideas Afines de Eduardo Benot, edición 1940.
[2] India es una nación multilingüe que habla 18 lenguas principales y otras secundarias, además de muchos dialectos.
[3] Der Kurken, primero párroco de la comunidad armenia de Córdoba, después de la Iglesia Santa Cruz de Varak de Flores y también maestro y director de la escuela Arzruní, nos enseñaba que Dios hablaba en armenio. Creo que su fervor nacional excedía su fe cristiana.
[4] Granian, Kordznagan Parraran Haieren Lezvi, edición 1990.
[5] Avance para la 23ª edición del Diccionario de la Real Academia Española, prevista para 2011.
[6] Oxford Dictionary of English, edición 1979.
[7] Diccionario de la Academia Francesa, edición 2003.
[8] Zingarelli, Vocabolario della Lingua Italiana, edición 2001.
[9] Duden Deutsches Universalwörterbuch, edición 2003.

[1o] Diario Armenia, entrega 13054.

Geometría del miedo

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Cuando los hombres no han sido manipulados, cuando la coerción no ha actuado sobre ellos todavía, se expresan con libertad: son niños que en su primera edad balbucean y juegan. Luego el condicionamiento va erosionando su libertad y esos hombres construyen unos muros adentro de los cuales se cobijan, algunos hasta el final de sus días, otros hasta el despertar de su inteligencia. Los que viven adentro para siempre son los domesticados, los que se atreven a derribar los muros y salir al mundo son los que propician cambios. Estos últimos son los reformadores o los revolucionarios de la historia, según sea el sentido de su acción.

Y bien. A los armenios de uno y otro lado del río Arax la realidad nos ha puesto en el trance de elegir dónde queremos que discurra la vida, si adentro de esos muros que afanosamente hemos construido, o afuera, adonde ocurre la historia. La soledad y el encierro de la República de Armenia, ahora independiente y sin la protección del otrora poderoso patrocinante, nos ha puesto en el brete de elegir. Y el gobierno del presidente Sargsian parece haber elegido el camino más difícil, pero también el que puede sortear el encierro: ha elegido derribar los muros y salir al mundo por el único camino posible, el que empieza en sus fronteras. Estoy hablando de fronteras territoriales, económicas, culturales; y también estoy hablando de fronteras mentales.

Esta dicotomía remite a una geometría que algunos llaman euclidiana pero que con más propiedad debe llamarse plana, que es la que estudia las figuras en dos dimensiones y que prefigura a la pequeña república caucásica aislada de los países que la rodean, separada del mar que está lejos pero que aún así puede abrirle una puerta al mundo, clausurados los mil caminos que surcan el espacio.

Y contra esta vocación de encierro están los que aspiran a un país que imagina su futuro en el espacio. Son, a mi entender, los que acompañan a la historia porque saben que los estados, aun teniendo asuntos pendientes entre sí, mantienen relaciones recíprocas para no perecer en el aislamiento. Porque el autismo, en política, equivale al suicidio. Invito a mi lector a pensar en esto detenidamente. Y le invito a revisar el presente de Suramérica, de Europa, de todas las Asias y de otros lugares para comprobar que los estados que los forman tienen cuestiones pendientes, algunas veces severas, y sin embargo mantienen relaciones multilaterales.

¿Significa esto que el Estado armenio debe declinar sus demandas de reconocimiento del genocidio, su defensa del Karabagh montañoso? ¿O abdicar de la defensa de los Derechos Humanos en cuanto han sido violados por el Estado turco durante la Primera Guerra Mundial? Quienes lo creen así incurren en un primitivismo conceptual que suele refugiarse detrás de sus invocaciones patrioteras. Por eso hablo de geometría del miedo. Porque a diferencia del niño que garabatea pero no construye figuras todavía, a diferencia del adulto audaz que sale a derribar la cuadrícula de su conciencia, el geómetra del miedo elige la seguridad que le proporcionan su memoria vieja y las certezas que la historia ya ha desmentido. Lo del niño es inocencia, lo del
adulto audaz es lucidez.

Sociedad cerrada, sociedad abierta

Hay dos disciplinas que los hombres podemos recorrer sin cursarlas en las academias. Una es la disciplina madre de todas las otras, la filosofía, y la otra es una de sus hijas díscolas, la política. Es más, creo que una y otra disciplina pueden recorrerse con ventaja si uno no está diplomado en ellas, si no ha sido domesticado todavía. Por eso inclino mi testa ante aquellos que, perplejos frente al mundo que los rodea, miran con ojos siempre nuevos la vida, la de los hombres y la de las naciones.

Y de los doctos sabedores de todos los saberes tomo algunos enseres que quizá me sirvan para derribar los castillos que su vanidad construye. Quiero decirte, amable lector caucásico devenido suramericano, que no vengo a alimentar tu conciencia cautiva ni a conquistar feudos para sentar mis nalgas, vengo a pedirte que no te envanezcas como Narciso, no te paralices como la mujer de Lot, no vendas tu alma ni la de tu pueblo mártir a la desesperanza. Y vengo a decirte que si persistes en mirarte el ombligo no verás el espectáculo que te ofrece el mundo, y el tren de la historia, que es el tren de la vida de los pueblos, pasará sin detenerse en tu parada.

Ahora, cuando los armenios de acá y los de allá estamos conmovidos ante el espejo de la política, vale la pena sacudirse el polvo de los hombros, erguirse, mirar lejos como deben mirar los pueblos y acometer los desafíos del presente. ¿Quién no querría que hoy mismo el gobierno de Turquía reconozca su crimen de lesa humanidad? ¿Qué armenio no siente que ese es un derecho que le asiste y al que no va a renunciar bajo ninguna circunstancia? Pero si la tozudez turca está pronta a cumplir cien años, ¿qué nos hace creer que es ahora cuando va a ceder a esa demanda de los armenios? Y mientras el reconocimiento llega, ¿cuánto más puede esperar nuestra pequeña república aislada, acechada y clausuradas sus fronteras? ¿Acaso no fuimos engañados por Clinton, por Bush y ahora por Obama, en definitiva, por los intereses que rigen los destinos del país más poderoso de la Tierra? En tales condiciones y frente una hoja de ruta cuyo contenido aún desconocemos, ¿es honrado sacar pecho desde aquí, desde el Río de la Plata?

Hace falta ser realistas y tener olfato político para reaccionar con prudencia frente a hechos tan trascendentes como los que estamos viendo. Finalmente la política, esa hija díscola de la filosofía,
tiene sus exigencias cuando nos invita a compartir su mesa.

Exhortación

Entiendo que es prematuro juzgar la hoja de ruta que suscribieron los cancilleres de Armenia y Turquía, sin conocer su contenido. Conviene ser cauto, contar con mayor información y esperar los acontecimientos para decir si ese preacuerdo favorece o perjudica a Armenia.
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Entiendo que las declamaciones airadas que leemos y escuchamos a diario arriesgan fragmentar a la nación armenia. Creo que el discurso inflamado que niega lo que no conoce todavía mete cuñas entre Armenia y la diáspora y entre los sectores de ésta que dificultosamente están buscando caminos de concilio.
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Entiendo que los geómetras del miedo deben abandonar la cuadrícula de sus aprehensiones para recorrer los caminos que llevan al mundo. Y la hoja de ruta es un medio plausible que mañana recorrerán los gobiernos de los dos estados si conviene a sus respectivos intereses y si las concesiones mutuas que se hagan son aceptadas por sus parlamentos y por sus sectores internos. .


Entiendo que debemos ensayar mecanismos nuevos y aprender que ningún país gendarme vendrá a arreglar nuestros entuertos. Ya es vieja esa esperanza, son muchas las frustraciones a que nos ha conducido y es tiempo de caminar sin la tutela de quienes nos han defraudado una y otra vez. Por otra parte, si de genocidio estamos hablando, es menos importante el reconocimiento de quienes no lo cometieron que el del Estado perpetrador. Y ese es un paso que Turquía tendrá que dar alguna vez.

Por eso, exhorto a mis armenios rioplatenses a recorrer la historia de las naciones, a mirar la realidad con detenimiento y a esperar los tiempos de la diplomacia para saber qué dice la meneada hoja de ruta. Y cuando lo sepamos, y cuando veamos cómo recorren esa ruta los gobiernos involucrados, entonces sí, afinaremos nuestro entendimiento y con sentido político valoraremos los hechos y juzgaremos a sus protagonistas.

Entretanto yo me llamaré a silencio. Ya dije mi parecer* y creo que mi deber de ahora es no alimentar la controversia.

* En el archivo de este portal el lector podrá encontrar los artículos que titulé “Las naciones no pueden transitar la historia en estado de beligerancia permanente” (noviembre 2008) y “Sobre la hoja de ruta del 22 de abril” (mayo 2009).

Sobre la hoja de ruta del 22 de abril

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Descreo de la opinopatía y aún de la opinología. No soy afecto a la confrontación y a la controversia cuando con ellas se quiere ocupar un lugar en el podio, o peor, cuando se pretende conquistar espacios de poder. Esos vicios merecen arrojarse al basurero de las vanidades. También merece olvidarse el nacionalismo rancio que todavía exalta algunos espíritus y que hoy se declama desde el cementerio de las ideas.

En un mundo crematístico como el que nos toca vivir, donde los intereses priman sobre las ideas y las fronteras se diseñan en los grandes centros de poder, donde el futuro de las naciones depende de los acuerdos y de las alianzas que se tejen y destejen incesantemente, los estados situados en las zonas calientes del planeta deben mirar con realismo su adentro y su afuera para sobrevivir.

Estas reflexiones liminares no son, seguramente, las que querría escuchar el lector. Pero son las que amistan con la realidad, las que retratan con alguna justeza el escenario surcaucásico. Por eso quise que fueran el pórtico de entrada para esta nota.

Menos que un acuerdo (no otra cosa es una hoja de ruta) ha sido suscripto por los cancilleres de Armenia y Turquía con la asistencia del gobierno suizo, en la víspera del 24 de abril, día en que los armenios memoran el genocidio y renuevan la demanda por su reconocimiento. Víspera también del día en que el presidente de EE.UU. debía cumplir su promesa de llamar por su nombre lo que hasta entonces recordaba como “tragedia”, no más.

Por eso hoy nos preguntamos: ¿El preacuerdo es funcional a los intereses del gobierno turco que quiere silenciar la demanda? ¿Es funcional a los intereses estratégicos de EE.UU. que tiene en Turquía un aliado fenomenal en el Oriente islámico y petrolero? ¿La hoja de ruta que se firmó al pié de los Alpes es, acaso, una defección del gobierno del presidente Serge Sargsian, que en aras de resolver dificultades de menor monta arría banderas principales para los armenios? Respondo afirmativamente a las dos primeras preguntas. No así a la restante.

Conviene precisar las ideas. Que un acuerdo sea favorable a los intereses de un Estado no implica que necesariamente perjudique al otro Estado. De hecho, los acuerdos se alcanzan cuando las partes involucradas en un diferendo creen hallar ventajas en su celebración, aun cuando deban hacerse algunas concesiones recíprocas. Y la medida de lo que cada uno concede depende de su poder económico y militar, de su situación doméstica y de su peso en las relaciones internacionales. Los acuerdos que favorecen a una sola parte son los que sobrevienen a las guerras, son imposiciones del vencedor al vencido que se presentan bajo la forma decorosa de un tratado.

Por lo que sabemos, la hoja de ruta en cuestión dice que los gobiernos de Armenia y Turquía negociarán sus diferencias, sin precisarlas y sin avanzar en los contenidos. Y hoy es prematuro abrir juicio sobre los beneficios o perjuicios que puedan sobrevenir. Por eso, más allá de las declaraciones que cada una de las cancillerías ha hecho para sosegar a sus respectivos frentes internos, conviene ser prudente al valorar el hecho. Es comprensible que en las presentes circunstancias algunos partidos de la oposición, a uno y otro lado del río Arax, manifiesten su descontento, y hasta puede entenderse que un partido de la coalición gobernante en Armenia haya decidido pasar a la oposición.

En cuanto al secreto que los gobiernos han guardado sobre sus escarceos diplomáticos, también es preciso comprenderlo. Esta clase de negociaciones necesitan discreción para no abortar en el intento. Así ocurre cuando se trata de cuestiones susceptibles de ser utilizadas no sólo por la oposición doméstica, sino también por los otros actores regionales. Asunto irritativo que llama a suspicacias, desde luego, pero nunca ha sido diferente en las relaciones interestatales.

Es necesario analizar las cosas sin apasionamiento. Mirar bien la situación de Armenia y de Turquía, sus extensiones territoriales, sus economías, su peso en el mundo, sus respectivas capacidades militares, el desarrollo tecnológico de uno y otro Estado. También sus sistemas de alianzas y la fiabilidad de los socios de cada uno. Ver el grado de complementariedad de las economías y de los recursos científicos y tecnológicos de ambos países. Un escenario complejo en el que, confío, el gobierno de Armenia sabrá desenvolverse para alcanzar el mejor resultado posible a la hora de estampar su firma.

Yo prefiero esperar y esperanzarme a persistir en el aislamiento y alentar un clima de conflicto que no consienten estos tiempos y no tolera la mediterraneidad de Armenia. Por otra parte, creo que en este asunto más que en otros habrá que tomar en cuenta los anhelos de quienes viven adentro de esas fronteras. Son cosas de la seguridad nacional, son cosas que hacen al bienestar de una nación que necesita salir al mundo.

Por eso discrepo con quienes, intoxicados de nacionalismo, levantan los viejos estandartes para afrontar los problemas que plantea la modernidad. Descreo del discurso inflamado cuando la solución de los problemas difíciles que debe afrontar Armenia precisa estabilidad doméstica y relaciones amigables con sus vecinos. Creo que la demanda de reconocimiento del genocidio, la defensa de Karabagh y los otros asuntos pendientes pueden sostenerse y aun llevarse a feliz término restableciendo las relaciones interrumpidas con los estados vecinos. Porque, como lo dije una vez, las naciones no pueden transitar la historia en estado de beligerancia permanente.

A la prensa comunitaria

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

El alfabeto quiere que nombre a los medios de prensa principales en este orden: Armenia, Nor Sevan, Sardarabad. A ellos y a sus directores y editores están destinadas estas palabras. A sus lectores también. Las digo como lector y ocasional autor de algunos textos y como quien palpita dos anhelos y se nutre de dos culturas. Alma overa, en el lenguaje amable de tierra adentro.

Algunas cosas necesitan ser revisadas en nuestra comunidad para adaptarlas a una realidad que se nos viene encima. Los cambios son veloces y si no amistamos con ellos terminarán por devorarnos. En efecto, hoy nos encontramos con instituciones y productos institucionales que no satisfacen las expectativas de las generaciones nuevas.

No estoy hablando de cuestiones pannacionales. Estoy hablando de los armenios del Río de la Plata y de sus asuntos domésticos. Más precisamente, de su prensa gráfica.

La prensa comunitaria está demorada

Once varas es un talle incómodo para mi anatomía, por eso no voy a hablar de viejas cuitas ni de los chisporroteos que fosforean de tanto en tanto. Para mi propósito de hoy basta recordar que la prensa de nuestra comunidad vio la luz en idioma armenio y que con el advenimiento de las generaciones hispanohablantes fue cediendo espacio a textos castellanos que pronto se transformaron en suplementos permanentes. Y finalmente la lengua dominante fue el español y el armenio se volvió suplementario. Esta mudanza, comprensible desde luego, acompañó los cambios generacionales de nuestra comunidad en lo tocante al idioma.

Pero no fue así con los contenidos, con los temas que se abordaron y se abordan todavía. En este punto nuestra prensa está demorada. Las generaciones argentinoarmenias tienen intereses diferentes a los de sus padres, abuelos y trasabuelos. Cada vez más esas generaciones adquieren las costumbres locales, cada vez más sus afanes se arraigan en la tierra que pisan. Y, entonces, cada vez menos se sienten espejados en los periódicos armenios.

Los de la primera generación casi vimos desembarcar a nuestros padres y fuimos testigos de sus primeros esfuerzos. Luego vimos nacer y crecer a nuestros hijos y nietos, algunos de los cuales todavía conservan los rasgos culturales surcaucásicos y otros los extraviaron a manos del mestizaje y a golpes de realidad. Y nada puede observarse al respecto porque, a la larga, el trashumante siempre olvida su mochila en algún lugar del camino.

Somos Cáucaso y somos Pampa

Pero sí puede observarse que nuestros medios de prensa no han acompañado este proceso. Se ciñeron a las cosas de allá olvidando la condición crecientemente criolla y mestiza de sus lectores. Como la mujer de Lot, por mirar hacia atrás se convirtieron en estatuas de sal. Y los lectores, para no correr la misma suerte, se olvidaron de ellos.

Quiero señalar las faltas y las demasías. Si bien es cierto que hay quienes cada semana leen con fruición los periódicos comunitarios, también hay quienes los ignoran. Porque son monotemáticos, porque escriben sobre unos asuntos y omiten los que marcan el ritmo de vida de los lectores jóvenes. Bien por lo primero, porque los armenios de allá y los de acá y acullá somos una misma nación, tenemos demandas comunes y alentamos sueños parecidos. Pero así como los de allá tienen cosas que sólo a ellos les importan, los de acá tenemos intereses que nos son propios. Una nación y dos sociedades (debiera decir cien) que habitan realidades diferentes, que por estar acostumbradas al vértigo y al cambio no toleran el repiqueteo incesante de un solo badajo: esto es lo que somos. Mil manifestaciones de la cultura están ausentes en nuestros medios y los hechos locales y regionales apenas ganan espacio.

Desde luego la prensa nuestra no puede reemplazar a los grandes medios que se editan diariamente en el país, no puede competir con ellos; pero si ensancha su universo y cuenta con colaboradores talentosos puede merecer un lugar decoroso en la preferencia de los lectores. Aún más: puede romper de una buena vez los límites estrechos de la colonia para llegar a lectores no armenios. Basta que sepa trasvasar en una y otra dirección los valores y las culturas e ingrese en los canales de distribución que conducen a los quioscos.

Mirémonos en el espejo: somos los armenios de allá modificados por la tierra que pisamos, por la cultura que nos rodea y por el tiempo que nos traspasa, somos el resultado de la historia particular que nos ha tocado vivir, y nuestras acciones y afanes tienen el sabor y el color de la mixtura. Los que ahora estamos aquí fuimos concebidos en un cruce de caminos, somos Cáucaso y somos Pampa, pero nuestros periódicos no reflejan esta dualidad.

El tamaño del mundo

No conozco una comunidad nacional que, establecida en otra tierra, lea solamente las cosas que ocurren en la tierra de sus predecesores; no conozco gentes que después de dos o tres generaciones le den la espalda al medio que los rodea. Hoy, cuando los acontecimientos del mundo están a un clic de distancia y la información se guarda en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, cuando el mestizaje cultural arrecia con la fuerza de mil corceles, no podemos soslayar la realidad. Los hijos de aquellos inmigrantes tenemos el deber de abrir las puertas para que sea lo nuevo, para que la historia no nos olvide una vez más. Y nuestra prensa es una herramienta útil para iniciar ese camino.

El universo humano se ha agrandado porque el mundo se ha achicado. Las distancias se miden por el tiempo que se tarda en recorrerlas y las culturas se valoran por su capacidad de interactuar con otras culturas. En un mundo así, en un tiempo como el que nos toca vivir no podemos mirar en una sola dirección. No basta saber lo que ocurre allí, al otro lado del río Arax, también hay que saber qué cosas ocurren en nuestra vecindad y en el mundo, cómo muda la cultura, el arte, la economía, la política, las ciencias. Porque si confiamos a otro ese trabajo, ese otro arrasará nuestras casas y se llevará a nuestros lectores para cobijarlos en sus páginas.



Vuelvo sobre mis pasos: nuestra prensa no puede reemplazar a los grandes medios, intentarlo sería un dislate. La prensa grande tiene un sitio y la comunitaria otro. Pero ésta, con los temas que están a su alcance y con espíritu plural y calidad periodística, puede ganar el interés de los lectores remisos.

Deliberadamente he omitido las cuestiones financieras. Ellas son ajenas a mi incumbencia y también a mis conocimientos. Seguramente los actuales responsables de los periódicos podrán dar las respuestas adecuadas en este sentido, pero me atrevo a suponer que un mayor número de lectores dará por sí mismo un resultado alentador.

Esta exhortación no quiere desgraciar a quienes esforzadamente, semana tras semana, escriben, editan y distribuyen los periódicos y las revistas comunitarios. Tampoco a quienes emiten programas radiofónicos o los difunden por Internet. Quiere ser un aporte para la puesta en valor de esos medios, de manera de dar una respuesta efectiva a las demandas de la colonia armenia.

La historia en espejo

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Transgredir las mandas sociales suele causar dolores de cabeza. Eludir las reglas de la Academia también. Y el ejercicio que hoy vengo a proponerte, amable lector, consiste, precisamente, en transgredir esas mandas y eludir esas reglas. Consiste en mirar las cosas como no son todavía, en revisar el futuro posible a la luz del pasado cierto. Sin hacer ejercicios adivinatorios y sin alentar ficciones, quiero que juntos miremos desde hoy el mañana de la diáspora armenia.

Este ejercicio, que no es nuevo, ha tenido innumerables propiciadores. Desde charlatanes ignotos y oráculos de fama mal ganada hasta pensadores ilustres y estadistas talentosos, muchos ofrecieron sus profecías y sus pronósticos para bien o para mal de las gentes. Y hoy mismo te cruzas una y otra vez con pronosticadores que por la tevé o por la radio te venden un futuro venturoso si votas a su partido o te amenazan con todas las desventuras si optas por el partido de su oponente.

Mi oficio es más modesto y menos pretencioso. También es menos interesado que el de esos pronosticadores. Por eso me atrevo a decirlo aquí y ahora, cuando se recuerda otra vez el genocidio armenio. Quiero ensayar una visión del mañana sin ninguna pretensión adivinatoria, quiero sospechar qué destino le espera a estas comunidades que, masacradas y hostigadas en la tierra que las vio nacer, a principios del siglo pasado llegaron a estas costas buscando pan, paz y seguridad.

El revés del espejo

Los historiadores y otros especialistas postulan que la historia describe la realidad, y esa postulación ha alcanzado un alto nivel de consenso. Pero los hay (filósofos sobre todo) que no lo creen así, dicen que no hay más realidad que esta de aquí y ahora. Y también están los que descreen de toda realidad (quizá el obispo Berkeley sea quien levantó más alto este estandarte).

Yo no voy a embarcarme en esas naves que surcan las aguas de la filosofía, de la política o del arte según soplan los vientos. Voy a situarme en el plano ideal que divide lo que hay a ambos lados del espejo. De un lado, el genocidio de 1915-1923, las deportaciones en masa y el destierro; del otro lado, la confrontación de las culturas, la búsqueda de horizontes nuevos, a veces el recurso inevitable del olvido con la consiguiente pérdida de identidad. Los dos lados del espejo conducen al mismo resultado. Por eso digo que hoy, cuando volvemos sobre el genocidio, no podemos dejar de espiar el futuro para ver si nos depara otra pérdida que, aunque amable, le birlará millones de almas a la nación armenia.

Es que el espejo, por ser tributario del tiempo, con la memoria del antes construye el después. El espejo pone allá lo que está acá, pone abajo lo que está arriba; y el tiempo recoge la diferencia. Así es como entretejen sus versos los poetas, pero también es así como construyeron su prosperidad los japoneses de hoy y como trabajan los estadistas de la China que puja por alcanzar la modernidad. Los judíos supieron entender la alegoría del espejo, los asirios no. ¿Cuál será el caso de los armenios? ¿Sabremos sacar partido de esta treta que nos juega el tiempo y que prefigura el espejo?

Buenas migas con la realidad

Después de decir estas cosas debo reconciliarme con la realidad. Y quizá también con mi lector. Porque las alegorías precisan un tiempo, una tradición y una estética para consagrarse y ser recogidas por las gentes; y mi alegoría es nueva, no tiene edad, no conoce tradición y la he dicho así, a boca de jarro. Mi alegoría necesita amistar con la realidad.

Voy a las cosas. El genocidio que ahora estamos memorando y que es el fundamento doloroso de nuestras demandas, cobró un millón y medio de vidas armenias en los años de la Primera Guerra Mundial. Y ese mismo genocidio siguió cobrando vidas armenias durante todo el siglo XX y seguirá cobrándolas en el XXI. Con y sin sangre, la pérdida que el genocidio le causó y le sigue causando a la nación armenia es difícil de cuantificar, porque las dos terceras partes de esa nación ya se han arraigado fuera del territorio nacional y palpitan otras culturas, diferentes las unas de las otras.

Alguna vez he hablado de esto y mi propósito al repetirlo ahora no es avivar la herida ni cuantificar la pérdida. Mi propósito es poner delante del espejo la historia reciente de los armenios para que el espejo la devuelva invertida: allá lo que está acá y arriba lo que está abajo. Como hicieron los japoneses y los judíos, como lo están haciendo ahora los chinos, como no lo hicieron nunca los asirios y son un pueblo que quizá nunca se redima ni recupere su entidad política. Alguna vez dije que nuestro espejo, el de las generaciones armenias nacidas en la diáspora, atrasa, y no creo haberme equivocado. Nuestro espejo está fuera de tiempo y el legado que nos dieron los viejos tumba y retumba en nuestra conciencia como un pasado perpetuo. Debemos despertar de esa fatiga dolorosa para que las heridas no cieguen nuestro entendimiento, porque la reparación del daño ingente precisa mentes lúcidas que enderecen la demanda en la dirección correcta.

Las generaciones nuevas necesitan un resuello para recuperarse del legado de dolor que recibieron de aquellos inmigrantes desventurados. Si en un mundo hedonista como el que nos ha tocado en suerte no comprendemos esto, los nuevos nos abandonarán y elegirán las mil gratificaciones con que los tienta Occidente. Ofrezcámosles un espejo que no atrase, porque así lo quiere la historia para no desafiar al tiempo.

Creo que así, y sólo así, haremos buenas migas con la realidad y reconstruiremos una nación que, como lo decía Rupén Vartanian, Ren, ya ha dado muchos millones de sus hijos en holocausto a la humanidad.

La vejez del dios


He nombrado a Ren, lúcido constructor de utopías (la construcción de utopías requiere lucidez, de otro modo sólo podrán construirse quimeras) y pluma exquisita que leí en mi primera mocedad. Se trataba de un fabulario que ya no conservo, el título de uno de cuyos cuentos traduzco como El dios envejecido y el demonio.

Decrépito estaba el dios con la eternidad a cuestas, enfermo y adolorido porque sus súbditos, los hombres, ya no le obedecían. Y para hallar arreglo a tan aflictivo asunto consultó a los príncipes del cielo. Y finalmente encontró la manera de solucionar el gran tiberio humano: ordenó que se dispersara al pueblo del Ararat por todo el orbe para que su sangre, mezclándose con la sangre de aquellos desquiciados, renovara a la especie y así renaciera la humanidad.

Desde luego, el artista tiene licencia para transgredir el sentido común, y en este caso la transgresión roza la apostasía. Pero aún así debe aceptarse la metáfora porque denuncia el destino injusto que le tocó vivir al pueblo del Ararat. Y además porque, en mi opinión, sin quererlo aquel autor utilizó la alegoría del espejo para sublevar a su lector y así sortear el conjuro que había llevado a los armenios por los caminos de la muerte y la dispersión. ¡Destino dictado por un dios viejo y quebrado! ¿Quién no se subleva frente a tamaña iniquidad?

Y la sublevación quiere el cambio, pone allá lo que está acá y pone arriba lo que está abajo. La sublevación recoge el pasado en el crisol del presente, lo forja conforme a la necesidad y al deseo del sublevado y lo arroja hacia delante. Es el espejo de la alegoría que, amistando con el tiempo y, entonces, con la realidad, reconstruye la esperanza.

Creo que ya es tiempo de mirar hacia adelante, de dejar a los historiadores la descripción del pasado y reivindicar para nosotros, los de la diáspora, el otro trabajo, el de reconstruir la esperanza.

La conmemoración del 24 de Abril es una herramienta para sostener nuestra demanda de reconocimiento y resarcimiento, pero la edificación de un futuro promisorio para las comunidades armenias de la diáspora no debe hacerse sobre los muertos insepultos. El espejo tiene frente y envés, y no puedes, a un tiempo, mirarlo por uno y otro lado.

Texto difundido el 8 de abril de 2009 por la audición La Hora Armenia, que se emite por AM 750 Radio Del Pueblo.

Temo que todavía estemos mirando a la educación como una manera de resistir la integración al medio

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Si el esfuerzo que realizan los armenios para sostener las escuelas incorporadas a la enseñanza oficial es justificado o si, por el contrario, importa un dispendio de energía que podría dar mejores frutos en otras áreas del quehacer comunitario. Si en estos tiempos de instrumentalización del saber es atinado que los armenios subroguemos al Estado en la función de enseñar o si conviene aplicar las fuerzas a otros fines.

Estos temas pueden escocer la piel sensible de los armenios, pero aún así debemos abordarlos para no exponernos a frustraciones, para que no nos devoren estos tiempos veloces, para que este acortamiento de las distancias y esta omnipotencia de los mercados no nos diluyan en el caldo uniformador de la globalidad. Es preciso que examinemos el asunto y establezcamos qué acciones nos permitirán preservar nuestra identidad sin lastimar la necesaria integración al medio.

Las escuelas armenias que en los años ’50 se incorporaron a la enseñanza oficial y que sin duda contribuyeron al desarrollo institucional de la comunidad, hoy necesitan ser revisadas para decir si se adecuan a las exigencias de estos tiempos. Las condiciones sociales, culturales y económicas de las familias que habitan nuestra colonia han cambiado. También han cambiado las expectativas de los varones y mujeres de la tercera y cuarta generación que acuden a las aulas.

La ciencia de la educación más que otras necesita acompañar los cambios sociales y políticos y el desarrollo de los medios de comunicación y de organización del saber. La escuela es el primer agente social que percibe esos cambios aunque -¡ay!- no sea su primer beneficiario. Porque no alcanza con proveer algunos computadores o enseñar informática en las aulas; hay que cambiar la actitud frente a las cosas, frente al mundo, frente a lo que se quiere guardar y lo que se quiere desechar. Ahora el trabajo identitario ha mudado de signo, ya no puede mirarse como un esfuerzo de exclusión sino como un ejercicio permanente de integración en la diversidad. Porque así lo quiere la realidad, siempre acuciante.

Los dirigentes institucionales y los educadores de las escuelas comunitarias deben tener la perspicacia necesaria para ver estas cosas que están ahí, frente a sus ojos, a la luz del día y al alcance de la mano. También deben sincerarse frente a sí mismos y frente a la sociedad para decir cuánta es la población escolar primaria y secundaria que acude a las escuelas armenias y cuánta la que frecuenta otras escuelas; qué por ciento de los alumnos que visitan diariamente nuestras aulas son de origen armenio; cuántos de ellos se insertan en la vida comunitaria, por cuánto tiempo, cuántos desertan en el curso de los diez años posteriores a su egreso.

Estas y otras cosas merecen ser examinadas para sopesar el rédito institucional que dejan las escuelas armenias en su actual estructura y composición. Porque dadas las circunstancias de la sociedad argentina, el ingente esfuerzo que requiere el sostenimiento de esas escuelas sólo puede medirse en términos institucionales. Favores y disfavores de otra clase pueden obtenerse en los mil institutos que se ofrecen aquí y allá.

Economía

El título de este acápite debe entenderse como el “conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de una colectividad o un individuo”. Así lo enseña el diccionario académico, en cuya autoridad me amparo para que no se me atribuyan propósitos crematísticos. En este sentido, conviene hacer un ejercicio de duda e indagación para establecer si el esfuerzo que la colectividad hace para impartir la educación pública arroja beneficios tangibles, o si, por el contrario, consume las energías que en otras áreas podrían dar mejores frutos. Porque aún cuando el Estado subsidia a los institutos que imparten la enseñanza oficial, el histórico déficit que generan las escuelas armenias distrae a una comunidad que todavía no ha desarrollado sus instituciones culturales y no ha imaginado maneras de hacer atractiva la participación de sus miembros. “Debemos conseguir que ser armenio sea buen negocio” me decía un amigo. Más allá de su prosaísmo, la metáfora dibuja un perfil de la realidad. Estamos padeciendo una diáspora de la diáspora porque nuestras instituciones no tienen una oferta atractiva para conjurar el éxodo. Quizá, sólo quizá, reemplazar al Estado en su función educativa sea un error en los tiempos que corren. Quizá, nuevamente quizá, a eso se debe el exiguo número de armenios que pueblan nuestras aulas.

Son dudas que invitan a examinar estas cosas sin preconceptos y con serenidad de ánimo para que las comunidades armenias del Río de la Plata recuperen su vitalidad y su identidad amenazadas. No basta con amonestar a los ausentes, es necesario saber por qué se ausentan. Sin improvisaciones, echando mano a los medios de que dispone la sociología y sus disciplinas tributarias, hay que hacer un diagnóstico social para remediar el mal.

Vuelvo sobre mis preguntas: ¿Cuál es el número de la población escolar primaria y media total y cuál el de los que acuden a nuestras casas de estudio? ¿Por qué una comunidad que creció en número ha ido despoblando sus aulas? Los estudios prospectivos no son ejercicios adivinatorios; se nutren del pasado, hacen estadísticas fiables y preanuncian un futuro posible. Los gobiernos toman esta clase de recaudos para administrar a sus sociedades, las instituciones que perduran en el tiempo, también. El dirigente social tiene deberes que no puede eludir, éste entre ellos.

Hacia un nuevo modelo educativo

Nadie se atormente pensando que propugno el cierre de las escuelas armenias. Esas escuelas acompañaron a los armenios en sus venturas y desventuras en todos los lugares donde se arraigaron para reedificar sus vidas. Fueron el motivo de sus desvelos y merecieron sus mejores afanes y sus mayores esfuerzos. Las escuelas le dieron calor y sabor a la vida de los armenios cuando la añoranza los abrumaba.

Pero las escuelas armenias no nacieron incorporadas a la enseñanza oficial, no se abrieron para satisfacer el programa nacional de educación pública y obligatoria. Esas escuelas tenían el propósito de enseñar la lengua y la cultura armenias a los hijos de los inmigrantes. Fueron escuelas idiomáticas que recibieron en turno matutino a quienes cumplían el programa oficial durante las tardes y en turno vespertino a quienes lo cumplían durante las mañanas. Y así durante algunas décadas, hasta que se incorporaron a la enseñanza oficial. De esas escuelas egresaron quienes mejor hablan la lengua y están más asidos a los valores ancestrales.

Cada lugar ofrece sus frutos y cada tiempo impone sus rigores. Las colonias armenias de la primera mitad del siglo pasado fueron las grandes educadoras de sus hijos; las de la segunda mitad fueron las que concentraron bajo un mismo techo todo el universo educativo, con excepción del universitario. Y ahora, cuando este esquema está en crisis porque las identidades nacionales se desdibujan y nuestros hijos acuden a escuelas y colegios extracomunitarios, es preciso revisar los diseños educativos. ¿Es tiempo de regresar al viejo modelo escolar, adaptándolo a los requerimientos crecientes de los niños de ahora? Sobre esto deben hablar nuestros educadores.

En lo que a mí concierne (no soy educador), temo que todavía estemos mirando a la educación como una manera de resistir la integración al medio. Que en nuestra porfía por seguir así se sigan despoblando nuestras aulas y que sin quererlo estemos alentando la deserción y el descontento de nuestros muchachos. Y temo que las campanas de alerta dejen de sonar sólo cuando estemos sordos.