Geniol

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

No es un chivo. Es un tributo nostálgico al más democrático remedio que hemos tomado cuando la cabeza nos dolía o cuando otro malestar quería estropearnos el día.

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza
Cualquier dolor de cabeza
Se corta con un Geniol.

Esta memorable cuarteta picaba y repicaba en el radiorreceptor, único medio que en los años cuarenta y cincuenta se metía en vivo y en directo en los hogares, mientras una ferretería pilosa atormentaba la cabeza doliente que hoy nos visita. La cabeza de Geniol dominaba la publicidad montaraz de entonces.

Sin la parafernalia marketinera de la sobremodernidad, este rudimento fue uno de los más ilustres precursores de los modernos gingles publicitarios. De seguro fue el vendedor más persuasivo y el que mejor representó aquel tiempo argentino de radio, vitrola y novelón.

Y asociado a aquellas migrañas sanadas por Geniol, los armenios rioplatenses y los de tierra adentro liaban y desliaban entuertos que excedían con mucho su base ideológica. Eran enconos fraguados en las cabezas calenturientas de los caciques. Dolores que dolían en las cabezas que, se dice, son los lugares adonde acuden y se apretujan las preocupaciones, las que tienen alguna razón de ser y las que no tienen ninguna. Quiero creer que Geniol calmó algunos de esos dolores, pero otros debieron esperar a que el tiempo y las nuevas realidades los diluyeran.

Arbitrariamente voy a nombrar -que no a juzgar- algunos dolores de cabeza que no sanaron con aquellos analgésicos sacrosantos y que hoy podemos recordar sin exaltar nuestro ánimo. La desventura de ayer puede ser el recuerdo amable de hoy.

Geniol es armenio

A esta altura de mis días yo no tengo dudas identitarias. He sufragado la falsa dicotomía de las nacionalidades y también la de la patria chica. Mis naciones son tantas como las que amo y mi patria chica es el Bajo Flores armenio, barrio y barrial poblado por gentes que habían escapado de las desventuras que les propinó la historia y que querían profesar su fe, hablar su lengua y palpitar su cultura en paz. Gentes que querían reconstruir la esperanza.

Alguna vez premedité escribir las historias mínimas de ese barrio, las de sus madagh*, las de sus cuitas sectoriales, las de sus personajes pintorescos, que los tuvo. Recuerdos que mi generación guarda en su memoria y que asaz me visitan con el sabor amable que el tiempo suele prodigar.

Entre esos recuerdos está el de Geniol, un armenio que me excedía en veinte años por lo menos, cuyo nombre nunca supe y al que sólo conocí por su ir y venir sonriente, siempre sonriente, como la imagen de la cabeza atornillada. Si el apodo le permitía calmar los dolores de cabeza que por entonces atormentaban a los armenios de uno y otro bando, no lo sé. Y no lo creo. Pero en aquellos años de mi niñez supe que Geniol era armenio. Una armenidad farmacológica que paseaba por la calle Zuviría, entre las de Lafuente y Portela. Al menos por ahí le veía yo con la calva al tope de su estatura. Lo recuerdo por su parecido con el dibujo del fármaco, sólo por eso.

Un picor en la nariz

Pero mi memoria es pródiga en recuerdos del gordo Levón. Tashnagtsagan** de barricada, peronista de la primera hora, buen cocinero y mejor anfitrión, se destacó, sin embargo, por su adultez traviesa. De risa fácil y estridente, el peso específico de sus bromas le granjeaba algunas enemistades ocasionales. Pero él no se arredraba y arremetía con nuevos bríos hasta colmar la copa.

Digo copa y recuerdo un casamiento que se festejaba en cierto salón de la avenida Canning. Entonces éramos niños y queríamos presumir adultez tomando el anís de las copas ajenas. Más bien lo olíamos que lo tomábamos. Y fue así que mi amigo y yo sentimos un picor en la base de nuestras narices. Creídos que era por el alto contenido alcohólico de la bebida, fuimos a lavarnos y vimos a muchos hombres apretujándose para lavar sus bocas. Se rumoreaba que era otra fechoría de nuestro gordo, invitado a la fiesta, que habría pringado los bordes de las copas con el ají de la mala palabra (si yo fuera ineducado diría putaparió). Total, que los consortes y sus familias disimularon la diablura para no malograr la fiesta. Pocos días después se supo que en el jardín de su casa Levón cultivaba la variedad más picante del pimientillo para tener con qué amenizar su ocio.

Ya dije que son incontables las historias de este armenio jocundo. Quizá alguna vez me atreva a relatar las que conservo en mi memoria. Pero puedo asegurarte, lector, que los genioles que consumieron sus infinitas víctimas no son menos que los que vendió la avanzada publicitaria que ilustra esta nota.

Sólo me resta confesar el cariño con que recuerdo al gordo Levón, especimen de armenio en quien la persona y el personaje eran indiscernibles, aún para él mismo.

De Heráclito a Pechito


Unos quinientos años antes de Cristo, en la otra orilla del Egeo, en Éfeso, un filósofo griego llamado Heráclito enseñaba que todo es contingente y que la contingencia excede al tiempo. Lo que es no es, y lo que no es, es, decía. Y para los cortos de entendederas ilustraba su pensamiento con el sol y el río: “El sol es nuevo cada día”, “No te sumerges dos veces en el mismo río”. Y por decir estas cosas Aristóteles lo motejó El oscuro.

Más acá en la distancia y en el tiempo, un armenio del Bajo Flores al que apodaban Pechito por su forma de andar erguido y pechugón, predicaba el evangelio comunista a quien quisiera escucharle y a quien no. Era un hombre leído y respetuoso con quien podías amistar con facilidad. Entonces promediaba el siglo veinte y la comunidad se batía en lides que unas veces eran políticas y otras venían de la tradición familiar o de antipatías personales. Y aún cuando Pechito se había consagrado a la filosofía de Marx y a las enseñanzas de Lenin, nunca descendía a las arenas; lo suyo era la devoción y la prédica amable. También era naturista y vegetariano y jamás desviaba su dieta ni torcía sus costumbres.

Pero lo que llamaba la atención en él era su manera de vestir. En invierno andaba con el torso desnudo o en musculosa, el pantalón arremangado hasta las rodillas y los pies descalzos. Y en verano solía arroparse y usar calzado. Decía que la mortificación del cuerpo convenía a su salud porque mantenía su tono muscular y su ánimo despierto, que nunca había enfermado y que el dolor sólo lo visitaba si sufría una herida o un golpe. Y también decía que tamaña salud se la debía a su alimentación, al ejercicio físico y a los rigores de su ascetismo laico.

¿Qué tenían en común el viejo filósofo de Éfeso y el irredento comunista del Bajo Flores armenio? ¿Qué de diferente?

Heráclito andaba siempre desarrapado, Pechito también. Heráclito descreía de los médicos, Pechito también. Heráclito profesaba la dialéctica, Pechito igual. Heráclito andaba siempre descalzo, Pechito sólo se descalzaba en invierno. Heráclito era decididamente aristocrático y desdeñoso, Pechito era profundamente democrático y solidario.

Más allá de estas caras y cecas, nuestro armenio leía y releía a Heráclito, a Hegel y a Marx, y esas lecturas lo habían llevado a profesar la fe dialéctica. Decía y porfiaba que las diferencias habidas entre estos filósofos eran formales, estilos literarios, rulos estéticos, nada más.

Pero un día supo que Heráclito no creía en la síntesis, siquiera transitoria, de los contrarios. Buscó y rebuscó en los libros y no halló cómo conciliar a sus tutores. Y no pudiendo ya resistir tamaño desencanto, enfermó, tuvo fiebre y el dolor de sus huesos lo arrojó a la cama. Soltero de toda soltería, nadie lo atendió y quizá por primera vez sintió el desamparo. Y en medio de mareos y sudores tomó un Geniol para solventar su quebranto. Entonces, y sólo entonces, pudo conocer las bondades de ese democrático remedio.

En los mentideros del Bajo Flores hasta hoy se rumorea que Pechito se había vuelto adicto al Geniol. Yo no lo creo. Antes bien, creo que tan pronto recuperó la salud concilió las diferencias habidas entre sus apóstoles y retomó el venturoso camino del comunismo y del naturismo ascético. Pero esta vez aliado al personaje de la cabeza atornillada.

* Madagh, literalmente, sacrificio, ofrenda que se hace a Dios. En la tradición armenia, ágape ritual con motivo de un voto o acontecimiento fausto o por los difuntos; en él se sacrifica un animal para repartir su carne entre los pobres. (Debo esta traducción a Kevork Karamanukian).
** Tashnagtsagan, partidario de la Federación Revolucionaria Armenia.

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Sobre la necesidad de un diccionario multilingüe para los armenios y otros hablantes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


No soy filólogo ni especialmente versado en lenguas. Sólo un lector irredento que tiene la audacia de levantar la pluma algunas veces. O de aporrear el teclado del ordenador, como modernamente se dice. Pero tengo, como todos los de mi especie, el atributo de la palabra, esa intemperancia zoológica que, hablada o escrita, construye pensamientos y dibuja embelecos que algunas veces saben a música y otras semejan los colores y olores que nos regala la naturaleza. La lengua, el habla, el texto; en suma, la palabra, herramienta sin la cual no hubiera podido esculpirse el hombre. Enlace disruptivo que nos acerca y nos aleja, eso es la lengua y los muchos idiomas que la lucen.

En otra ocasión hablaré de la lengua como atributo que nos hominiza a estos mamíferos devenidos bípedos que somos. Y confrontaré la dificultad de hablar del habla. Hoy quiero referirme a algo que distrae mis horas desde hace algún tiempo: al catálogo que a unos hombres les permite comunicarse con los otros, a los diccionarios voy a referirme. Más precisamente, a la necesidad de contar con un diccionario español-armenio y armenio-español, con remisión a otras lenguas en ambas direcciones. Lo haré en el marco del Diálogo Armenio que pretendo impulsar desde estas columnas[i].

Ser y decir

Las sociedades somos biología, pluralidad y cultura. La cultura se manifiesta con símbolos, con palabras. No hay cosa o idea que no tenga una palabra que la designe. Dios mismo tiene un nombre -Elohim, Jehová, Aquello, Yo Soy El Que Soy (como le oyó decir Moisés en el monte) o El Innombrado-, un nombre paradojal, una palabra al fin. Finalmente, la correspondencia de las palabras con las cosas se establece por la semejanza o el uso. Y el uso es el que consagra a las palabras y las refiere a algo, tal que, a la postre, significado y significante se confunden y es entonces que aparece el idioma, esa construcción exclusivamente humana. He aquí la importancia de este atributo que nos hominiza y cuyo corpus conocemos con el nombre de diccionario.

El académico español Antonio Tovar dice que el lenguaje es “no sólo la expresión del hombre, sino la herramienta de su pensar”. Y agrega: “Los que trabajamos en lingüística nos damos cuenta de que, al rotularlo todo, al describir todas las acciones y situaciones, la lengua cubre la vida entera, desde las más altas especulaciones de la mente hasta la más humilde realidad. Por eso un buen diccionario lexicológico [...] resume en cierto modo la historia humana entera, el saber de los hombres sobre la realidad y las ciencias que tratan de ella”[ii].

La palabra une y separa a los hombres. Une a quienes la toman de un mismo catálogo y separa a quienes la toman de catálogos diferentes. Y para que unos y otros hablantes puedan entenderse, se encuentran las correspondencias idiomáticas de las que devienen traducciones. A partir de aquí los hombres construyen diccionarios bilingües, trilingües, multilingües. Tales diccionarios inicialmente se guardaron en la memoria de los hombres, como herramientas que servían para relacionar las diferentes formas de decir, pero con el advenimiento de la escritura primero, y de la imprenta después, se pusieron en caracteres gráficos y su uso se extendió. La historia de Babel quedó en el mito, y para reconfirmar que las lenguas diferentes no nos separarían a unas culturas de otras, vino el desarrollo de los medios de transporte y de comunicación. Hoy Internet nos da el atributo divino de la ubicuidad, de estar aquí y allá a un mismo tiempo, de hablar todas las lenguas, de adentrarnos en todas las culturas.

Para este propósito sirve el diccionario plurilingüe, pero a condición de que las correspondencias idiomáticas sean correctas y que se adapten a los cambios en estos tiempos veloces. Es una construcción que muda con el tiempo, que discurre como el río de Heráclito. “Los diccionarios nunca están terminados: son una obra viva que se esfuerza en reflejar la evolución registrando nuevas formas y atendiendo a las mutaciones de significado”, dice en su página web la Real Academia Española.

Necesidad de un catálogo léxico nuevo y ampliado

Cuando estamos próximos a cumplir cien años de los primeros desembarcos, vale la pena revisar brevemente el tratamiento que le dimos a las lenguas española y armenia en términos de interrelación y traducción. Durante la primera mitad de ese tiempo nuestras comunidades carecieron de un diccionario bilingüe. Y, se sabe, el uso impreciso de la palabra conlleva la imprecisión en el pensar, en la construcción de ideas. Naturalmente, las nuevas generaciones sortearon este escollo recurriendo al español a expensas del armenio. Hasta que en 1955 ve la luz el “Diccionario español armenio” y en 1984 su versión inversa, ambos del P. Pascual Tekeian. El primero impreso en Beyruth[iii] por La Photo-Presse y el segundo editado por Akian en Buenos Aires, se agotaron hace ya largos años y sólo medianamente satisficieron las necesidades de entonces. Ese catálogo léxico de ida y vuelta ha sido un instrumento útil y merece todo encomio por el ingente esfuerzo que demandó de su autor y porque es el primer intento de llegar a un diccionario protoacadémico.

Hoy la Eparquía Armenia San Gregorio de Narek ha reeditado la obra, con algunas precisiones en las correspondencias y con nuevas entradas, lo cual es encomiable. Pero aun así el esfuerzo y el trabajo editorial no satisfacen las necesidades de nuestras comunidades extraterritoriales. Por eso me atrevo a insistir en las ideas que me habitan. Ignoro si serán útiles, pero vienen de quien aún intenta creer aquello de que “el único libro que dice la verdad es el diccionario”[IV]. Tal es la importancia que le atribuyo a un diccionario plurilingüe con particular desarrollo del español y del armenio, que junto con la fundación de una Asociación Mutual Argentino Armenia[V]. y la creación de un Centro de Estudios del Genocidio Armenio anexo a un museo, lo considero el trípode que servirá de asiento al Diálogo Armenio.

Algunas consideraciones técnicas


De entre las muchas formas de llegar al lector, al construir un diccionario multilingüe es preciso elegir la más útil, la que ofrece un acceso fácil y una información ordenada y precisa sobre cada una de las entradas. Estas características deberán reflejarse en los complementos gramaticales, afijos, raíces y, desde luego, en las equivalencias idiomáticas. He aquí un aspecto susceptible de ser mejorado en el diccionario Tekeian.

En lo que a lengua hispana se refiere, la obra deberá abrevar en el Diccionario de la Real Academia Española, cuya 22° edición, de 2001, se ha actualizado particularmente incorporando más de cuarenta mil americanismos y vocablos científicos y técnicos.
Pero al abordar la lengua armenia se presentará la cuestión de sus dos vertientes, la oriental que utilizan los habitantes de Armenia y Karabagh, y la occidental de uso extendido en la diáspora. A ello hay que añadir sus diferentes ortografías y encontrar soluciones que concilien la practicidad, la precisión lingüística y la necesidad de no extraviar el rico acervo literario que se ha escrito de una y otra manera. A su vez, considerando que el alfabeto armenio tiene vocales y consonantes que no existen en el español y que sus caracteres son diferentes, habrá que determinar qué tratamiento se le dará al asunto. Seguramente habrá que ofrecerle al lector una noticia prologal que le ilustre al respecto.

Las distintas acepciones se le darán al lector en ambas direcciones y en el orden que les corresponde: primero las de uso vulgar; luego las anticuadas, las familiares, las figuradas, las provinciales o locales y, por fin, los tecnicismos. Por su parte las remisiones al inglés, francés, portugués, alemán, italiano y ruso se harán cuidando la exactitud de las equivalencias idiomáticas, pero dando solamente la acepción más extendida en el uso. Estas seis extensiones idiomáticas no representan un exceso de esfuerzo léxico, toda vez que existen diccionarios que las traen, y podrán servir para la construcción de otros diccionarios armenios bilingües que remitan a cada una de esas lenguas y para trabajos de traductorado.

Un resumen de signos y abreviaturas deberá incorporarse a la economía general de la obra, de manera de evitar reiteraciones ociosas. En este sentido, habrá que tomar nota de las soluciones que han dado los más modernos diccionarios.

Otros asuntos conviene tener en cuenta a la hora de acometer un trabajo de esta clase, pero es preciso omitirlos aquí en homenaje a la brevedad que impone el oficio del articulista. Baste mencionar el formidable recurso que ofrece la informática, con sus hipertextos y sus generosas bases de datos. Además de la edición gráfica, convendrá que el diccionario sea instalado en Internet para que quien quiera pueda acceder a él desde cualquier lugar. Y para que puedan incorporarse a la obra todos los avances que el tiempo imponga, mejorando periódicamente su contenido y proporcionando una mayor facilidad de revisión. También para hacer públicas las adiciones, supresiones y enmiendas que los respectivos institutos filológicos incorporen.

Factibilidad de la empresa

Culminar con felicidad un proyecto de esta clase demandará vocación por parte de quienes lo impulsen, sapiencia en los filólogos e investigadores que lo desarrollen y tiempo para su ejecución. Y demandará aportes dinerarios, porque quienes se consagren al trabajo deberán aplicar todo su tiempo y esfuerzo a él, al menos hasta la edición de la obra. Y quizá después todavía, en trabajos de traducción. Empresa de la mayor importancia si podemos darnos cuenta que las culturas se nutren mutuamente y que sus productos son más perdurables que los mármoles y los templos, legados de la presuntuosidad humana de épocas pretéritas.

La comunidad armenia, como otras, ha conocido tiempos de mecenazgo encomiables. Es deseable que ahora se repliquen aquellas generosidades, pero aplicadas ya no a los requerimientos fundacionales de una armenidad colonizadora, sino a estas necesidades de la cultura. Porque ninguna nación puede durar sin resguardar sus rasgos identitarios. Y la lengua es el primero de esos rasgos. Aún más, es el rostro mismo de esta condición que llevamos atravesando fronteras: ser armenios y nutrir a otros con lo nuestro y nutrirnos nosotros con lo de otros. Ser, en suma, nos y los otros. Ser nosotros.

[i] Ver en este sitio Nuevamente sobre el Diálogo Armenio.
[ii] Prólogo del Diccionario Asuri de la lengua española, ed. Asuri, Bilbao 1985.
[iii] El volumen indica el lugar de impresión, no el de edición.
[IV] Éramos jóvenes cuando la emprendíamos con Dios y con la verdad; y fue en medio de esas filosofadas que escuché tan insólita sentencia. Desde entonces la recuerdo, no sé si con más ironía que perplejidad.
[V] Ver en este sitio Hacia una Mutual Argentino Armenia.


La paz nos mira desde allá, desde el horizonte

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

La frase que titula esta nota puede suscitar el encono de los independentistas y escocer la piel sensible de los nacionalistas, puede reavivar los reproches de los viejos cortesanos y despertar la ira de los arribistas. Así y con todo, la pongo para que se cargue en mi cuenta. Tantos años de silencio y lealtad partidaria me acreditan para hablar de estas cosas. Las dije allá por el cincuentenario de la independencia y las reitero ahora, cuando las rivalidades han menguado y son otros los vientos que soplan desde el Cáucaso. No sé si mereceré el asenso o el reproche de mis cofrades; sé, cuando menos, que no mereceré la hoguera de mis inquisidores.

Entonces dije que el Estado nacido en 1918 era el mismo que pervivía en la R.S.S. de Armenia, que esa gesta no había abortado sus objetivos. Y por eso saludé al pueblo y al gobierno armenios con motivo del fasto y reclamé la mismidad de la República que venía de Sardarabad y se extendía hasta esos días.

Hoy quiero volver sobre aquellas ideas para decir cómo veo las cosas cuando Armenia, el Cáucaso y el mundo han cambiado, cuando el poder se aloja en las corporaciones económicas y la independencia nacional y la soberanía política se transan en los mercados. Y para hacerlo, desdeño los abalorios y miro la realidad sin edulcorantes.

Independencia nacional o seguridad del Estado: he aquí un falso dilema. Durante setenta años los armenios de la diáspora se encolumnaron con más o menos fervor detrás de estas banderas, que se miraron como mutuamente excluyentes. Mientras la historia avanzaba a lo largo del siglo XX aniquilando prerrogativas nacionales, mientras la soberanía política deponía su vocación patriotera para preferir las integraciones regionales, nosotros peleábamos contra molinos de viento. No advertíamos que la disyuntiva era falsa y que sus términos podían amistar, alternando su primacía según fueran las circunstancias de cada tiempo.

Durante siete décadas, desde 1918 hasta 1991, muchos armenios de la diáspora creían que la independencia nacional era incompatible con la integración regional. Entretanto otros armenios, también en la diáspora, declinaban los derechos soberanos o diferían su reclamo. Si la prudencia política no consentía la prisa de los primeros, los intereses permanentes de la República desaconsejaban los renunciamientos prematuros de los segundos. Unos demandaban sus derechos tal como si los armenios nunca hubieran arriesgado su identidad nacional y sus vidas, otros se arrellanaban en el regazo de un padre poderoso que desoía los reclamos del miembro más pequeño de la familia.

Aquellas diferencias expresaban dos vocaciones no excluyentes que debían mirarse con sentido de oportunidad política, atributo escaso en esos inmigrantes. Yo espero que los armenios de hoy hayamos aprendido de aquel desatino. Y espero que sepamos ponderar la pérdida de un millón de habitantes a manos de la emigración, a trueque de un PBI tan gordo como mal repartido. Una consideración ideológica, bien lo sé, pero también un asunto estratégico para un Estado que siete décadas atrás había ofrendado dos millones de almas a los fusiles enemigos y al destierro. ¿Cómo se cuantifican esas pérdidas humanas en términos de seguridad, de desarrollo, de cultura, de salud moral y política?
Después de la Primera Guerra Mundial los colosos del mundo penetraron a tal punto las prerrogativas de los otros Estados que sólo quedaron jirones de la vieja soberanía. Este proceso se fue acentuando a punto tal que, en rigor, hoy debemos reemplazar algunos términos de nuestro vocabulario político: el concepto de independencia debe ceder espacio al de interdependencia y el de soberanía debe replegarse sobre sí mismo para aplicarse a las relaciones interiores. Hoy la potestad de los estados nacionales ha sido erosionada y los conflictos se dirimen a escala regional. De ahí que los estados menores priorizan su seguridad antes que su independencia.

No se trata de subyugar unos valores a otros, de categorizar las demandas. Se trata de establecer cuáles son las urgencias de cada tiempo y de actuar en consecuencia. Se trata, también, de actuar con sentido histórico para no despertar anhelos perimidos, desvalores que la historia ha arrojado al basurero. Oportunidad y sentido de la realidad: he aquí los atributos del hombre político.
Los armenios de la diáspora hemos pecado de radicales. Faltos de sutileza política y ausentes de la realidad, no vimos que la República de 1918 y la soviética eran una y la misma. Como hoy lo es la que se desgranó del coloso comunista. Una continuidad que conviene al Estado armenio como sujeto del derecho internacional, una mismidad que vigoriza al país en la región. No es este el lugar para hacer un análisis jurídico, la buena disposición del lector no debe ser abusada por el articulista. Baste decir que las viejas discusiones sobre la continuidad del Estado desde 1918 hasta nuestros días ya no pueden ser sostenidas. Ni el dogmatismo del todopoderoso Partido Comunista Soviético resistió el peso de la verdad histórica y finalmente la batalla de Sardarabad (y con ella el nacimiento del Estado armenio y su independencia en 1918) obtuvo su consagración oficial durante aquel régimen.

Pero más que recorrer la historia me gusta observar la realidad, el presente con sus complejidades. Y al observarlo algunas preguntas me asaltan, preguntas que quizá el lector comparta conmigo. ¿No querríamos establecer mayores y mejores alianzas para sortear las acechanzas de nuestros vecinos hostiles, para superar nuestro aislamiento y mediterraneidad, nuestra falta de productos primarios? ¿No querríamos que un sistema institucional fuerte nos libere de las garras de los grupos económicos que, más acá y más allá de las leyes, hoy esquilman a los habitantes de Armenia? Estas cuestiones hacen a la seguridad de Armenia, a su paz interior y a su continuidad en la historia.
Hoy es tiempo para hablar de paz. La formidable capacidad militar y económica de los estados principales ha puesto en jaque a las alianzas trabajosamente tejidas durante el siglo XX. Afganistán, Irak, Irán, Corea, la propia Venezuela y la desobediente Cuba son muestras del cambio. Casos diferentes unos de otros, como también lo son Alemania y Japón, pero que muestran cuán dinámica ha sido la política durante el último siglo. Los propios armenios fundaron un Estado independiente (1918), lo integraron a la Unión Soviética (1920-1991) y lo separaron e independizaron (1991). Y como resultado de asuntos territoriales no saldados fundaron otra República en las montañas de Karabagh.


Cosas de nuestra historia. Cosas de la política, en la que fuimos campeones del desatino. Porque ¿qué es la política sino el arte de conducir los negocios públicos con sentido de la oportunidad? ¿Qué son los partidos políticos sino las corporaciones que prefieren unas decisiones a otras y que, en el acto de preferir, representan intereses sectoriales? ¿Y qué son las llamadas políticas de Estado sino aquellas que concitan el interés de todos los partidos y de todos los sectores de una comunidad nacional?

Hoy, cuando los estados son gobernados por grupos económicos que anteponen sus afanes dineriles a los intereses del conjunto, medrando en los límites de la ley, es atinado preguntarse si, acaso, a más del enemigo externo, no hay que enfrentar también un enemigo interno, si a las clásicas hipótesis de conflicto con otros países no hay que agregar similares hipótesis con grupos internos de dudosa legalidad.

Pude escribir unas palabras más amables a los oídos de los armenios, pero ellas se sumarían al coro de invocaciones estériles que nos arrulla. Por eso preferí examinar estas cosas, estos costados ríspidos de la realidad. Y para decir más, hago una advertencia: antes nuestros desencuentros eran domésticos y toleraban estos desvaríos, ahora trascienden las fronteras nacionales y amenazan la paz. La paz y la seguridad de un Estado (dos, en rigor) que todavía no ha consolidado sus relaciones y que ha perdido el control sobre los grupos económicos que nacieron de los escombros de la vieja nomenklatura.

Los armenios y la torre de Babel

Este artículo, que escribí tratando de no lastimar susceptibilidades, no mereció un espacio en la prensa gráfica de nuestra comunidad. Ahora, corridos algunos años, lo ofrezco a la consideración de sus destinatarios principales y de mis lectores habituales.

Eduardo Dermardirossian

eduardodermar@gmail.com

Cuando la imaginación de Borges crea El Aleph, precede ese alumbramiento con una definición. Dice que “todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten”. Una definición que asaz ignoramos quienes levantamos la pluma o hablamos sobre las cosas de nuestra comunidad. Una definición que nos invita a mirar cómo nos relacionamos con los otros, si el correr ligero de nuestra pluma, el parloteo incesante de nuestra lengua o la deriva fácil de nuestro pensamiento se corresponden con patrones comunes, condición indispensable para entendernos, o si partimos de prejuicios que nos hacen rondar en torno a una porfía.

Vale la pena examinar estas cosas. Situarnos con alguna perplejidad en medio de nuestras certezas para cuestionarlas alguna vez, para que el aire fresco de la duda desempolve los trastos viejos.

Sin duda muchos pueden recusar mi pensamiento, y está bien que lo hagan. A ellos los invito a que miren bien nuestra historia comunitaria, que examinen los pliegues de nuestras primeras experiencias y el desarrollo ulterior de nuestras instituciones, que se instalen en la nueva realidad y digan si en este tiempo se justifican las rémoras de aquellos desencuentros y, aún peor, las cuitas insustanciales nacidas de viejos personalismos.

Estoy hablando de las diferencias habidas en nuestra comunidad. De las que razonablemente pueden existir y de las otras, de las que por erosionar el tejido social deben ser prontamente arrancadas del terreno. Estoy hablando de quienes naturalmente difieren al mirar la realidad y proyectar el futuro porque parten de filosofías o de anhelos diferentes, y de quienes aún sosteniendo ideales y propósitos comunes y habiendo habitado por largos años la misma casa, están enfrentados sin más razón que la sinrazón y sin otra justificación que su incapacidad para encontrar caminos de concilio. Unos y otros diseñan el actual paisaje institucional: los primeros, contribuyendo a la saludable policromía que debe tener toda sociedad pluralista; los otros, segando buena parte de las energías que deben utilizarse en este juego de integración e identidad a que nos ha conducido la historia. Aquellos, construyendo el andamiaje democratizador; estos, distrayendo a una comunidad que necesita unificar su acción.

Es preciso hablar esa lengua cuyo ejercicio presupone un pasado compartido para repoblar nuestras instituciones y nutrir nuestras actividades, para que, sin dispendio de energías, una misma metodología de trabajo y unos objetivos comunes fructifiquen en resultados.

Inconsistencias

Pregunto: ¿Qué diferencias ideológicas sostienen los desencuentros? ¿Qué diferencias metodológicas que no puedan ser zanjadas en una mesa de concierto? Las fruslerías personales ¿justifican una lidia de esta clase? Cuando la pregunta es correctamente formulada suele estar preñada de su respuesta. Por eso es preciso no precipitarse, despojarse de la bruma y mirar las cosas con serenidad, diría con inocencia (inocente es quien no merece castigo), para examinar cada situación con tanta libertad y generosidad como sea posible.

Pregunto: ¿Pueden desarrollarse unas instituciones que se sostienen sobre la dádiva, desdeñando los sistemas de cooperación que ofrecen las leyes? ¿Pueden crearse y coordinarse programas de desarrollo y de asistencia en medio de Babel? Y los viejos sueños compartidos ¿ya no merecen ser soñados? Y las nuevas realidades que los tiempos proponen ¿no merecen ser afrontadas con las herramientas con que cuenta la comunidad? Si en estos tiempos nuevos ni las fronteras ni los océanos separan a unos hombres de otros, a unas naciones de otras ¿por qué había de separarlos un remoto desatino? Si la historia ha amistado a quienes ayer mismo se diezmaban en las guerras, ¿por qué el calor de una cultura común no había de reunir a todos alrededor de la misma mesa? Sabe mi lector de quiénes hablo.

Nuestras prioridades


Lo dije otras veces. Nuestras estructuras institucionales han crecido sin orden y los frutos que hoy se cosechan no se corresponden con los esfuerzos que se realizan. No hemos sorteado la crisis del crecimiento y hoy nos enfrentamos a modelos institucionales obsoletos. Una observación severa que, sin embargo, puede afrontarse con felicidad si encontramos algunas coincidencias mínimas que nos permitan coordinar esfuerzos, distribuir áreas de competencia y procurar recursos genuinos que sufraguen el déficit y permitan crear los servicios de que aún carecemos. La constante mengua de participantes siquiera pasivos en las actividades de la comunidad constituye un campanazo que no debemos desoír.

¿Qué por ciento de los armenios que habitan en las costas del Río de la Plata tienen alguna clase de participación en el quehacer comunitario? ¿Cuántos intelectuales y artistas habitan dentro de las fronteras institucionales y cuántos están ausentes? ¿Cuántos benefactores han menguado sus aportes y cuántos más se ausentaron en la última veintena de años? Son algunas cuestiones que debemos examinar con sentido autocrítico para comprender el porqué del deterioro.

De más cosas podemos hablar, más faltas podemos atribuirnos todavía, pero este no es momento de amonestaciones sino de reflexión y de disposición generosa para encontrar vías de solución. Y en mi opinión, la conciliación entre quienes todavía duplican los trabajos que deben tener unidad de planificación y ejecución, es una vía inexcusable.


Decía Max Sheler que el resentimiento es una venganza diferida. No quisiera creer que este es el caso. ¿Quién a esta altura de las cosas y después del tiempo corrido puede pedir el ojo del que dice que le ha cegado? ¿Quién puede mostrar un solo cobre que lo acredite con ventaja? Si los que todavía contienden tienen memoria de su origen común, si aún alientan los sueños que les dieron pertenencia e identidad, si se sienten responsables del destino de estas comunidades, entonces deben decir que, como ocurre con las deudas, el tiempo ha aniquilado para siempre las diferencias. Y, aún más, deben recuperar el aliento que gastaron en vano.

Concilio

Creo no equivocarme al decir que la comunidad espera que un auspicioso camino comience a recorrerse en esta dirección. El tiempo transcurre y va erosionando las pequeñas vidas de los hombres. Las instituciones necesitan remozar sus estructuras y los pueblos construir la historia. Y el tiempo es cambio: he aquí el mensaje que deben recoger los hombres si no quieren que los arrolle la historia y los desdeñe la sociedad.

Espero que estas líneas sean leídas y meditadas por unos y por otros. Y espero que sean comprendidas para iniciar un camino que lleve a la superación de las cosas que lastiman a nuestra comunidad. No quiero creer que los armenios de estas costas somos los herederos de quienes levantaron los muros de Babel.

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Versión francesa

Cet article, que j’ai écrit en essayant de ne pas offenser certaines susceptibilités, ne mérita pas d’espace dans la presse imprimée de notre communauté. Aujourd’hui, quelques années après, je le soumets à la réflexion de ses principaux destinataires et de mes lecteurs habituels.

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Les Arméniens et la tour de Babel

par Eduardo Dermardirossian

Lorsque l’imagination de Borges crée El Aleph [L’Aleph], il fait précéder cet éclairage d’une définition. Il énonce que « tout langage est un alphabet de symboles, dont l’exercice présuppose un passé que partagent les interlocuteurs. » Une définition que nous ignorons décidément, nous qui prenons la plume ou commentons notre communauté. Une définition qui nous invite à considérer de quelle manière nous nous relions aux autres, si le pas léger de notre plume, le babil incessant de notre langue ou la dérive aisée de notre pensée répondent aux modèles collectifs, condition indispensable pour nous comprendre, ou bien si nous partageons des préjugés qu’il nous faut contourner à l’envi.

Etudier ces choses vaut la peine. Nous situer non sans perplexité parmi nos certitudes afin de les questionner parfois, pour que le souffle nouveau du doute dépoussière les vieilleries rebattues.

Sans doute, beaucoup récuseront ma façon de pensée, et à bon droit. J’invite ces derniers à considérer avec soin notre histoire communautaire, examiner les plis de nos premières expériences et l’essor ultérieur de nos institutions, prendre place dans la réalité nouvelle et dire si, à notre époque, se justifient les obstacles que constituent ces désaccords et, pire encore, les souffrances injustifiées, issues d’outrances personnelles désuètes.

Je parle des différences propres à notre communauté. De celles qui peuvent raisonnablement exister et des autres, de celles qui, érodant le tissu social, doivent promptement être éradiquées. Je parle de ceux qui s’en remettent naturellement à l’observation de la réalité et à la projection du futur, parce qu’ils partagent des philosophies ou des aspirations différentes, et de ceux qui, soutenant encore des idéaux ou des propositions communes et s’étant accoutumés depuis des années au même lieu, s’affrontent sans autre motif que l’aberration et sans autre justification que leur incapacité à ouvrir une voie de conciliation. Les uns et les autres dessinent l’actuel paysage institutionnel : les premiers, contribuant à la salutaire polychromie que doit comporter toute société pluraliste ; les autres, coupant une grande partie des énergies qu’il convient d’utiliser dans ce jeu d’intégration et d’identité auquel nous a conviés l’histoire. Les uns, bâtissant un échafaudage démocratique ; les autres, détournant une communauté qui a besoin d’unifier son action.

Il importe de tenir ce langage dont l’exercice présuppose un passé partagé, si l’on veut repeupler nos institutions et alimenter nos activités, afin que, sans gaspillage d’énergies, une même méthodologie de travail et des objectifs communs aboutissent à des résultats.
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Inconsistances
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Je pose la question : quelles différences idéologiques entretiennent les désaccords ? Quelles différences méthodologiques qui ne puissent être levées autour d’une table ? Les broutilles personnelles justifient-elles un tel combat ? Lorsqu’une question est correctement formulée, elle est ordinairement porteuse d’une réponse. Voilà pourquoi il importe de ne pas agir dans la précipitation, de se départir du brouillard et envisager les choses avec sérénité, je dirais avec innocence (innocent est celui qui ne mérite pas d’être puni), si l’on veut examiner chaque situation avec autant de liberté et de générosité que possible.
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Je pose la question : des institutions qui reposent sur le don, dédaignant les systèmes de coopération que proposent les lois, peuvent-elles se développer ? Peut-on créer et coordonner des projets de développement et d’assistance en plein Babel ? Et les anciens songes en partage ne méritent-ils pas d’être rêvés ? Les réalités nouvelles que les époques proposent ne méritent-elles pas d’être confrontées aux outils auxquels tient la communauté ? Si, en ces jours nouveaux, ni les frontières ni les océans ne séparent les hommes, ni les nations, pourquoi d’anciens errements devraient-ils les séparer ? Si l’histoire a réconcilié ceux qui, hier encore, s’entretuaient par des guerres, pourquoi la chaleur d’une culture commune n’arriverait-elle pas à les rassembler tous autour d’une même table ? Mon lecteur sait de qui je parle.
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Nos priorités
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Je l’ai dit ailleurs. Nos structures institutionnelles ont grandi dans le désordre et les fruits que l’on recueille aujourd’hui ne répondent pas aux efforts engagés. Nous n’avons pas évité la crise de croissance et aujourd’hui nous faisons face à des modèles institutionnels obsolètes. Observation sévère que, cependant, l’on peut affronter avec succès si l’on décèle certaines coïncidences minimes nous permettant de coordonner nos efforts, de répartir des domaines de compétence et produire de véritables ressources, de nature à combler ce vide et créer les services dont nous manquons. La diminution constante de contributeurs, fussent-ils passifs, dans les activités de la communauté constitue une sirène qu’il nous faut entendre.
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Quel pourcentage d’Arméniens, habitant les rives du Rio de la Plata, jouent un rôle dans les affaires communautaires ? Combien d’intellectuels et d’artistes se situent dans le cadre des frontières institutionnelles et combien en sont absents ? Combien de bienfaiteurs ont réduit leurs contributions et combien d’autres ont fait défaut ces vingt dernières années ? Voilà quelques questions qu’il nous faut examiner avec un sens de l’autocritique, si l’on veut comprendre les raisons de cette dégradation.
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L’on pourrait évoquer beaucoup de choses, nous attribuer encore plus de fautes, mais ce n’est pas le moment de faire des reproches. Bien plutôt de réfléchir et d’être d’humeur généreuse, si l’on veut tracer des solutions. Et, selon moi, la conciliation parmi ceux qui reproduisent encore les souffrances devant tenir lieu de planification et de mise en œuvre, est une voie inexcusable.
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Max Scheler disait que le ressentiment est une vengeance différée. Je n’aimerais pas croire que tel est le cas. Qui, au point où nous en sommes et après tout ce temps passé, peut en remontrer à celui qui l’a aveuglé ? Qui peut faire patte blanche, en sorte de paraître à son avantage ? Si ceux qui bataillent encore se souviennent de leurs origines communes, s’ils nourrissent encore les rêves qui leur procurèrent appartenance et identité, s’ils se sentent responsables du destin de ces communautés, alors ils doivent dire que, comme il en va des dettes, le temps a aboli pour toujours les différences. Et, plus encore, ils doivent retrouver le souffle qu’ils ont épuisé en vain.
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Conseil
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Je ne crois pas me tromper en disant que la communauté attend qu’une voie favorable commence à s’ouvrir dans cette direction. Le temps s’écoule et ne cesse d’éroder les petites existences des hommes. Les institutions ont besoin de renouveler leurs structures et les peuples de bâtir l’histoire. Et le temps c’est le changement : voilà le message que doivent recueillir les hommes, s’ils ne veulent pas que l’histoire les entraîne et que la société les méprise.
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J’espère que ces lignes seront lues et méditées des uns et des autres. Et j’espère qu’elles seront comprises afin d’ouvrir une voie qui conduise à surmonter tout ce qui nuit à notre communauté. Je ne veux pas croire que nous, Arméniens de ces rivages, soyons les héritiers de ceux qui érigèrent les murs de Babel.
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Source : http://caucasoypampa.blogspot.com
Traduction de l’espagnol : © Georges Festa – 10.2010.

Armenia, reino celestial o república terrenal

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Unas palabras liminares ayudarán a comprender lo que sigue. Unas palabras sobre la Jerusalén celeste, ese reino de mil años que tras ser reconstruido por los profetas según las descripciones del Apocalipsis, descenderá del cielo para la bienaventuranza de los hombres. Orígenes la describe como la ciudad de los santos donde regresarán los hombres salidos de esta vida. Y en el comentario a Ezequiel 16.5-6, dice: “Si bien Jerusalén ha sido descartada sobre la faz de la tierra, Él no la despreció de modo que permaneciese siempre así, no le dejó como nodriza su maldad, de tal modo que Él se olvidase completamente de ella y de modo que no la levantase más de la tierra”. Dios le devolverá a sus hijos, pues, el suelo y a la gloria que alguna vez perdieron a manos de la iniquidad.

Vamos, ahora, a los armenios extraterritoriales, a los que vivimos aquí y ahí, por los cinco continentes, fuera de las fronteras de esa república que hoy se afana por sortear las contingencias de su historia y de su geografía.

Por ser ciudadanos de estas naciones y por haber establecido aquí y acullá nuestros intereses, los hijos de la diáspora miramos con realismo el medio que nos rodea, pero no miramos de igual manera a Armenia. Nuestra relación con el país de Haig está mediatizada por nuestros anhelos. Somos realistas con lo uno e idealistas con lo otro. Nuestra Jerusalén es celestial y como tal la miramos desde estas latitudes. No advertimos que la misma Jerusalén es terrenal para los armenios de allá, para los que nunca se ausentaron de su tierra y ahí edificaron sus vidas. Por eso la diferente percepción que unos y otros tenemos de los hechos que están ocurriendo ahora mismo en las vecindades del río Arax.

Yo ignoro cómo explican estas cosas los psicólogos sociales y prefiero ignorar cómo las explican los hombres de la política. Me despojo de los resabios nacionalistas que todavía me habitan, miro atentamente la realidad y digo mi pensamiento sobre la Armenia celestial que predican unos, y también sobre la Armenia terrenal que desde 1918, desde 1920 y desde 1991 se afana por sobrevivir a las adversidades surcaucásicas.

Y si bien en este asunto mi opinión es diferente a la que se viene declamando entre los celestialistas, me he prometido no terciar en el debate para no contribuir a la fragmentación de los armenios. Por eso mi silencio. Pero mi silencio no me impide explorar las causas de nuestro irrealismo político y, con ellas, la estatura de nuestro desatino.

Primero hablaré de la Armenia celeste, de la que se quiere edificar glorificando el pasado. Hablaré de la Armenia que, al igual que la ciudad de los santos, perdura enhiesta en el alma de los que nos nacieron, sus sueños irredentos, la memoria caliente y la justicia ausente todavía.

Quiera mi lector tolerar que por segunda vez cite a Ren, Rupén Vartanian, en este año*. Este autor, a quien tuve la dicha de leer pero no de conocer en persona porque partió a la oscuridad desde la oscuridad, en un cuento que tituló El dios envejecido y el demonio describió el apocalipsis del pueblo del Ararat. Lo hizo con la fineza del artista, con la profundidad del filósofo y con el espíritu sublevado del ofendido. Cuenta que aquel dios había envejecido, sus fuerzas lo habían abandonado y se afligía porque los hombres ya no obedecían sus mandatos. Entonces reunió en asamblea a los príncipes del cielo y les preguntó cómo podía arreglarse el tiberio humano, cómo podía él recuperar sus fuerzas y su omnipotencia quebrantadas. Cada quien dijo su parecer, cada uno dio su consejo y, tras escuchar atentamente y sopesar las ventajas y contrariedades de cada discurso, el dios ordenó que se dispersara al pueblo del Ararat por todo el orbe para que su sangre se mezclara con la de esos desquiciados y naciera una nueva humanidad.

Según la fábula de Ren, fue por voluntad divina que el pueblo armenio atravesó por tantas desventuras, fue por voluntad divina que se dispersó por el mundo. Fue para salvar a una humanidad que había abandonado el camino de la virtud. Una mitología que en medio de las modernidades del siglo XX quería instalar la idea de un nuevo pueblo elegido por Dios para la redención humana. Una mitología que casa con el anhelo de una Armenia celestial si se la presenta así, desnuda y descarnada, a quienes se pretenden abanderados de la redención histórica y política de la nación. Estoy hablando de las luchas de liberación que, nacidas a fines del siglo XIX, culminaron con la fundación del Estado en 1918.

Pero esta Armenia celeste no es la que debe sortear las dificultades que le plantea su geografía mediterránea, su suelo infértil, sus fronteras ardientes y la hostilidad solapada de las potencias de Occidente.
La que debe sortear tamaños desafíos es la otra Armenia, la terrenal, la que no está habitada por nosotros, los extraterritoriales. Y es aquí donde quiero extremar mi prudencia, hablar las palabras justas y no batir el parche del tambor caucásico. Porque las cosas de allá deben afrontarlas los armenios de allá. Los de acá navegamos otras aguas y tenemos otras urgencias. Además, no contamos con canales institucionales fiables para decir cuál es nuestra voluntad; una voluntad que, por otra parte, no tiene carta de ciudadanía en las vecindades de Erevan.

Los partidos políticos que actúan de este lado de las fronteras no tienen una base militante que represente la voluntad de las colonias. Ellos se nutren de una historia que dejó de escribirse a fines de 1920. Esos partidos –lo dije alguna vez-, en cuanto actúan fuera de las fronteras de Armenia y de Karabagh, debieran transformarse en otra clase de organizaciones porque ya no tienen, no pueden tener, vocación de poder. Podrán demandar el reconocimiento internacional del genocidio, difundir la cultura y los valores armenios y favorecer el intercambio con la tierra madre, pero no pueden dirigir desde estas latitudes la política exterior de aquellas repúblicas.

En cuanto a la Iglesia Apostólica Armenia, ella sí tuvo presencia aquende y allende las fronteras, y esa presencia está en cabeza de su autoridad suprema. Curiosamente, mientras los extraterritoriales, legos y laicos como somos, aspiramos a una Armenia celestial, esa Iglesia, teísta y clerical desde luego, palpita la realidad doméstica de la República, conoce la temperatura de sus fronteras, y por eso mira la terrenalidad que nuestros ojos están impedidos de ver.
También debo decir algo sobre Armenia y sus autoridades. Y al hacerlo anticipo mis diferencias con su política económica y social. Pero no puedo ignorar que esas autoridades están reaccionando frente a una realidad regional y mundial adversa. En otros trabajos hablé sobre las fronteras ardientes, sobre la mediterraneidad, sobre la infertilidad del suelo, sobre la ausencia de hidrocarburos, sobre la precariedad de la central termonuclear; también hablé de las alianzas frágiles que anuda Armenia frente a unos vecinos que hacen migas con los países más poderosos de la tierra.

La República de Armenia, para ser viable, precisa un gobierno que reaccione con realismo frente a estas cosas. Por eso los armenios extraterritoriales y sus instituciones deben acompañar los esfuerzos que se están haciendo en este sentido. Acompañar al gobierno con espíritu crítico, levantando las banderas de reparación y justicia, pero procurando no erosionar a una administración que lleva menos de dos décadas conduciendo por sí misma los destinos del país. Porque nada favorecerá más a los enemigos de Armenia que la fragmentación de su pueblo.

Creo que hoy conviene evitar las actitudes radicales y el discurso inflamado, conviene la reflexión, el cálculo y el apoyo crítico a un gobierno que quiere romper el quiste que encierra a ese país entre unas montañas que, aunque entrañables, son una barrera para sus sueños y un escollo para su desarrollo.

Por eso, la Jerusalén de los armenios no puede ser sino terrenal.

* La primera vez fue en un artículo que titulé “La historia en espejo”, que el lector encontrará en el archivo de este portal, abril de 2009.

Diáspora 2009

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Titulo esta nota con el año de su escritura. No porque mis observaciones estén referidas a este año ni por el jaleo que ocurre ahora en el Cáucaso. La titulo así para decirme y decirte que actuamos como viejos en un tiempo nuevo, que los armenios que desembarcaron hace casi un siglo en las costas del Río de la Plata ya se han ido y ahora son sus nietos y trasnietos los que pueblan las instituciones que ellos levantaron. Iglesias, partidos políticos, asociaciones compatrióticas y deportivas hoy son gobernadas por el criollaje armenio de primera y segunda generación, y la tercera ya acude a las escuelas de la comunidad. Y hasta las empresas que trabajosamente fundaron los gringos armenios ahora son conducidas por sus descendientes. Diáspora 2009 es la metáfora de un anacronismo que quiero examinar junto a mi lector. Con severidad pero con reverencia.

Cuando los armenios hablamos de diáspora, lo hacemos según la segunda acepción del DRAE: dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen. También hablamos de exilio, que según el mismo diccionario vale por separación de una persona de la tierra en que vive, expatriación. Conceptos aplicables a quienes debieron abandonar su terruño para radicarse en países más benévolos a principios del siglo pasado, pero no, en rigor, a sus descendientes. A quienes nacimos en tierras suramericanas el diccionario de los españoles no nos nombra diáspora, no nos considera exiliados sino pertenecientes […] al país o lugar en que [hemos] nacido. Quienes nacimos en tierras de América, de Europa y en tantos otros lugares, producto de la diáspora de aquellos desventurados, somos nativos para la nomenclatura española: argentinos, uruguayos, brasileños, etc. Las leyes de estos países así lo quieren.

Y aun cuando las instituciones de la comunidad, naturalmente llamadas a servir de puente entre los valores de allá y las realidades de acá, se empeñan en predicar que somos diáspora, las generaciones criollas tienen conciencia del lugar que ocupan en el concierto humano. Diáspora nativa del suelo que habita, diáspora sin dispersión: he aquí un oxímoron, un contraconcepto que viene no sólo del análisis semántico sino también de la observación de la realidad.

En este marco, pues, quiero situar mis reflexiones de hoy.

Los partidos políticos

Antes de ahora dije mi opinión sobre los objetivos de los partidos políticos que actúan fuera de Armenia. Lo dije a mediados de 2007 en un artículo que largamente titulé Sobre los partidos políticos armenios, los de antes y los que nacieron a partir de 1991[i], cuando la coalición de gobierno de ese país gozaba de buena salud, los escarceos diplomáticos con Turquía no habían salido a la luz y los partidos centenarios se sentían más o menos cómodos en sus poltronas.

Entonces me preguntaba si los partidos Social Demócrata (Henchaguian, 1887), Federación Revolucionaria Armenia (Tashnagtsutiun, 1890) y Demócrata Liberal (Ramgavar, 1919), nacidos para responder a las necesidades de aquel tiempo, aún conservaban el tono muscular para actuar dentro del territorio de Armenia. Y si más de setenta años de extrañamiento y de lejanía forzosa del poder no transformaron a esos partidos en otra clase de organizaciones. Excluí de este análisis al comunismo armenio por su vocación universalista.

Propuse que esos partidos, que junto a la Iglesia Apostólica construyeron el andamiaje institucional de las comunidades armenias, reformulen sus objetivos para adaptarlos a las necesidades de este tiempo y de estos lugares y a las expectativas de sus miembros.

Y hoy, cuando las necesidades estratégicas de la República de Armenia parecen no coincidir con los anhelos de los armenios extraterritoriales, cuando la geopolítica del Cáucaso se torna ilegible para los armenios de estas costas y una nueva fractura nos amenaza, conviene mirar con realismo las cosas, aún con pragmatismo, y ver que setenta años de prédica independentista no contribuyeron un ápice a la recuperación de la soberanía de Armenia. Armenia recuperó el ejercicio de sus relaciones exteriores, el control de sus fronteras, los símbolos históricos y otros atributos de la soberanía por causas bien diferentes a la prédica que se sostuvo desde afuera de sus fronteras.

Creo, pues, que los partidos políticos centenarios deben anotar estas realidades. Y deben advertir que una nueva fragmentación hoy puede ser más perniciosa que la habida en los tiempos del exilio, porque ahora no será la de una nación y su diáspora sino la de una nación y los nietos de su diáspora. Creo que esos partidos deben reaccionar con generosidad, transformándose en organizaciones no partidarias que persigan el reconocimiento internacional del genocidio, la difusión de la cultura, la preservación de la identidad, la ayuda a ambas repúblicas armenias y el intercambio permanente con ellas. Y confiar en que los armenios de allá sabrán afrontar los hechos con realismo.

Las escuelas comunitarias

En su momento me pregunté si el esfuerzo que realizan los armenios para sostener las escuelas incorporadas a la enseñanza oficial es justificado o si, por el contrario, importa un dispendio de energía que podría dar mejores frutos en otras áreas del quehacer comunitario. Si es atinado que los armenios subroguemos al Estado en su obligación de enseñar[ii].

Y dije que nuestros dirigentes institucionales deben sincerarse para decir cuánta es la población de nuestros institutos educativos y cuántos son los niños armenios que frecuentan otras escuelas, qué por ciento de los alumnos que visitan diariamente nuestras aulas son de origen armenio, cuántos de ellos se insertan en la vida comunitaria después de su egreso. En otros términos, invité a sopesar el rédito institucional que dejan las escuelas armenias en su actual formato.

El déficit que generan esas escuelas distrae a una comunidad que todavía no ha desarrollado sus instituciones culturales y no ha logrado cautivar a sus miembros. Quizá en este sentido podemos hablar de diáspora, para decir que los armenios nacidos en estas tierras estamos abandonando la cultura y las instituciones que otrora nos arroparon, y, entonces, estamos extraviando nuestros rasgos identitarios. ¿Y cómo debemos reaccionar frente a esta realidad? Si lo hacemos con invocaciones emocionales corremos el riesgo de ahondar el fracaso, pero si exhumamos la cultura armenia y ensayamos modelos institucionales socio-solidarios, entonces tendremos chances de sobrevivir.

Regresemos sobre nuestros pasos. Las escuelas armenias no nacieron incorporadas a la enseñanza oficial, no se abrieron para impartir la educación pública y obligatoria. Esas escuelas tenían el propósito de enseñar la lengua y la cultura armenias a los hijos de los inmigrantes. Fueron escuelas idiomáticas que recibieron en turno matutino a quienes cumplían el programa oficial durante las tardes, y en turno vespertino a quienes lo cumplían durante las mañanas. De ellas egresaron quienes mejor hablan la lengua y están más asidos a los valores ancestrales. Por eso, reemplazar al Estado en su función educativa quizá sea un error en los tiempos que corren y a eso se deba el exiguo número de armenios que hoy pueblan nuestras aulas.

Hacia una mutual argentino armenia


También escribí sobre la necesidad de fundar una asociación mutual que preste asistencia médica, farmacéutica y odontológica a sus asociados, que dé subsidios por nacimiento, adopción, casamiento, fallecimiento y sepelio, que anticipe haberes, otorgue préstamos y ofrezca seguros, promoción cultural, educativa y turística; también que dé ayuda económica con fondos propios o con captación de ahorros y cree un fondo compensador jubilatorio, etcétera. Lo hice con Nélida Dermardirossian en dos artículos que publicó la prensa comunitaria[iii]. La iniciativa suscitó el interés de algunos dirigentes, que nos consultaron sobre la viabilidad técnica y el provecho social del proyecto. Nos consultaron sobre los medios económicos necesarios y sobre los mecanismos legales. Pero los años corrieron y el impulso inicial se desvaneció.

Así y con todo, creo que el asunto merece volver a la mesa. Y por eso quiero desempolvarlo, para insistir con él, para decir que una comunidad que quiere cumplir un siglo en esta patria no puede carecer de un sistema solidario para atender las necesidades de sus miembros. Para que se reemplace la beneficencia por un sistema autogestionario que dignifique a las gentes, reconociéndoles un derecho donde antes había una dádiva.

En los artículos anteriores decíamos que es preciso distinguir el acto benefactor del acto mutual. El acto benefactor tiene origen en la caridad como virtud teologal, el acto mutual es el ejercicio de un derecho consagrado por la ley. El acto benefactor no puede ser exigido, el acto mutual sí; aquel puede herir la autoestima del recipiente, éste, al revés, eleva esa estima en cuanto le hace acreedor a un título y a un derecho.

Revisemos, pues, algunas disposiciones de la ley 20321, que regula la creación y el funcionamiento de las mutuales.

El artículo 2° dice así: “Son asociaciones mutuales las constituidas libremente sin fines de lucro por personas inspiradas en la solidaridad, con el objeto de brindarse ayuda recíproca frente a riesgos eventuales, o de concurrir a su bienestar material y espiritual, mediante una contribución periódica”. Ausencia de lucro, solidaridad, libertad asociativa y periodicidad de la contribución son características distintivas de esta clase de asociaciones.

El artículo 29 dispone: “Las asociaciones mutualistas constituidas de acuerdo con las exigencias de la presente ley quedan exentas en el orden Nacional [...] de todo impuesto, tasa o contribución de mejoras en relación a sus bienes y por sus actos. Queda entendido que este beneficio alcanza a todos los inmuebles que tengan las asociaciones; y cuando de éstos se obtengan rentas, condicionado a que las mismas ingresen al fondo social para ser invertidas en la atención de los fines sociales determinados en los respectivos estatutos de cada asociación. Asimismo quedan exentos del Impuesto a los Réditos los intereses originados por los depósitos efectuados en instituciones mutualistas por sus asociados. Quedan también liberadas de derechos aduaneros por importación de aparatos, instrumental, drogas y específicos cuando los mismos sean pedidos por las asociaciones mutualistas y destinados a la prestación de sus servicios sociales”.

La mutual que se cree no necesitará contar con equipamiento médico, farmacéutico, turístico o de otra clase; podrá contratar los servicios de otras asociaciones de la misma clase o de prestadores privados. De hecho, son muchas las mutuales que funcionan así, ofreciéndoles a sus asociados los mejores servicios disponibles en las áreas de que se trate. El artículo 5° de la ley citada lo autoriza expresamente: “Las mutuales podrán asociarse y celebrar toda clase de contratos de colaboración entre sí y con personas de otro carácter jurídico para el cumplimiento de su objeto social, siempre que no desvirtúen su propósito de servicio”.

Para viabilizar la iniciativa las organizaciones comunitarias pueden aportar su base societaria a la mutual. Los asociados directos de la mutual gozarán de sus servicios, y los asociados a las otras instituciones, así como los directivos y el personal de las empresas privadas y sus familias, podrán acceder a los mismos si esas instituciones y empresas se incorporan al sistema mediante convenios especiales. La ley favorece estos acuerdos.

Estas y otras cuestiones, con las que alguna vez distraje la atención de mis lectores, tienen distinto peso según las miremos. Si las miramos como diáspora, serán tributarias de otras cuestiones, tales como las que ahora ocurren en el Cáucaso armenio. Si las miramos como comunidad nativa radicada en este suelo, entonces adquirirán la categoría de principales. En el primer caso merecerán una mirada de soslayo, en el segundo serán objeto de nuestro afán y podrán concretarse en hechos.

Por eso, al referirme a las comunidades asentadas aquí y allá, por todo el mundo, de hoy en más reemplazaré la palabra diáspora por la expresión armenios extraterritoriales. Para ser consecuente con mi pensamiento y con mi discurso. También con la lengua que hablo y con la realidad que habito.

[i] “Sobre los partidos políticos armenios, los de antes y los que nacieron a partir de 1991” y “Nuestras instituciones comunitarias no son espacios de poder”, ambos en el archivo de este blog, nov. 2008 y enero 2009 respectivamente.
[ii] “Temo que todavía estemos mirando a la educación como una manera de resistir la integración al medio”, diario Armenia, 8 de marzo de 2007. También en el archivo de este blog, feb. 2009.
[iii] “Hacia una Asociación Mutual Argentino Armenia” y “La comunidad armenia debe pasar del individualismo benefactor a un sistema solidario de ayuda mutua”, ambos en el archivo de este blog, nov. 2008.

Los armenios y los armenios. Tan parecidos, tan diferentes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

El planteo es generacional. Y tardío. Generacional porque quiere encontrar semejanzas y diferencias entre los inmigrantes armenios que desembarcaron en estas costas a principios del siglo pasado y sus descendientes. Y tardío porque lo hago hoy, cuando aquellos inmigrantes se han ido y pronto recordaremos el centenario de su desembarco.

Yo no he leído todo lo que se escribió ni oído todo lo que se dijo a este respecto, pero creo (corríjame el lector si me equivoco) que los rigores del desarraigo y las urgencias de la adaptación al nuevo medio nos han impedido ocuparnos seriamente del asunto. Menudas coincidencias y disidencias entre los viejos y los nuevos dichas aquí y acullá, no bastaron para examinar el tema con la seriedad que merecía.

Y aquí estamos los no inmigrantes, los bilingües, los que desde la cuna oímos el arrullo de dos culturas, queriendo saldar esa deuda. Sin reproches, sin presumir de jueces y con el recurso útil de las dos culturas. Aquí estamos los derechohabientes de aquellos inmigrantes con su legado en nuestro haber. Y en nuestro debe. Porque, según lo veo, hemos recibido la herencia sin beneficio de inventario, con sus créditos y sus cargas.

Las generaciones que se suceden siempre son parecidas y diferentes. Conductas comunes y diferentes, preferencias iguales y disímiles, unos recuerdos compartidos y otros no, son rasgos que unen y separan a los padres de sus hijos. Pero los hijos de los inmigrantes armenios somos en extremo parecidos a nuestros padres y, a un tiempo, somos en extremo diferentes. Tan parecidos y tan diferentes, los hijos de esos inmigrantes pisamos dos suelos, transitamos dos tiempos y vivimos dos culturas. Por momentos parece que el futuro fue ayer y por momentos parece que será mañana. No conseguimos darnos cuenta que el futuro se agota en el presente, que el ayer es de ceniza y el mañana es una delusión.

El del espejo ¿quién es?

Hace algunos años premedité una historia que titulé igual que este apartado. Aquello fue un juego, una ficción, un dibujo arbitrario de mi imaginación; esto es la descripción de un hecho que me parece cierto. Aquello quería jugar con fantasmas, esto pretende historiar el tránsito de una generación a otra y decir cuál es su residuo cultural. En la fábula el espejo no devolvía la imagen del narciso. Era otro el que miraba desde el espejo, parecido pero diferente. No replicaba sus gestos, no duplicaba sus movimientos; y, peor aún, a veces se ausentaba y le dejaba solo al mirón, huérfano de sí mismo. Por eso se preguntaba quién era el del espejo.

Hoy mi generación se encuentra con que el espejo no le devuelve su imagen sino la de sus ancestros. Los hombres y mujeres de esta generación son ciudadanos de una república que tiene dos historias, dos culturas, dos anhelos diferentes que todavía no han sorteado el crisol bienhechor del mestizaje. Por eso el espejo de la realidad les devuelve una imagen distinta, por eso son tan iguales y tan diferentes a aquellos inmigrantes. Su espejo atrasa.

Son los rigores que la historia le propinó a los armenios. El genocidio, la ausencia de un Estado que los protegiera, el desarraigo, la difícil adaptación al nuevo medio, todas fueron adversidades que impidieron un recambio generacional sin sobresaltos, blando, con las dificultades propias de esas mudanzas*. En nuestro caso los tiempos nuevos vinieron acompañados por otras geografías, otras lenguas, otras costumbres. La otredad sobrevenida así, como un aluvión de diferencias, hizo crisis cuando nuestra generación recibió la posta. Por eso a veces nuestro espejo nos devuelve otra imagen y nuestra historia atrasa.

Nuestra América ha recibido a gentes de otros pueblos, cada una con su mochila a cuestas, todas afrontando las penalidades del desarraigo. Pero esas gentes y sus hijos pudieron mirarse en un espejo fiel que les devolvió su imagen. Los españoles y los italianos, base migratoria de estas sociedades, vinieron para compartir una cultura que apenas difería de la suya. Los árabes desembarcaron sin otras heridas que el extrañamiento, y en el caso de los judíos la trashumancia había encarnado en ellos a lo largo de los siglos. Y así otros grupos que, si bien padecieron el arrancamiento, no trajeron consigo el dolor de sus muertos insepultos, de sus desaparecidos y, con ello, un anhelo reivindicativo que transmitieron a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

Los créditos y las cargas

Dije que de nuestros padres recibimos la herencia sin beneficio de inventario, con sus créditos y sus cargas. Crédito fue la lengua, las artes, la buena fama que nos hacía bienvenidos a todos los lugares y a todas las actividades; son créditos los platos y las confituras que todavía llegan a nuestra mesa, la música que acaricia nuestros oídos y conmueve nuestras fibras más sensibles, las mil historias que nos nutren y nos dan un signo particular y una diferente percepción del mundo y de la vida. También la religión es un crédito y un refugio.

Las cargas fueron dos. O una, según se la mire. Cuando aquellos armenios dejaron su suelo, sus casas y sus pertenencias y muchas veces también a sus seres queridos para marchar hacia otras tierras, a sus espaldas dejaron insepultos a sus muertos e irredentas sus esperanzas. Llevaron vivo el dolor y la rabia y en vida se los legaron a sus hijos, a nosotros, para que alguna vez sanáramos las heridas y reivindicáramos sus derechos. Si estos cargos fueron dos o es uno no importa ahora, pero es cierto que penetraron nuestro presente y son un grito ya centenario que tumba y retumba en nuestra conciencia.

Por eso somos tan iguales a nuestros viejos, por los créditos y por las cargas que nos legaron. No esperaron a morirse para eso, nos dieron el legado cuando nos arrullaban, cuando abrimos los ojos para ver la vida. Y somos tan diferentes porque desde el día de nuestro alumbramiento pisamos otro suelo, palpitamos otra cultura, alentamos sueños propios y reivindicamos derechos de otras gentes, de otros pueblos.

¿Hay que mirar esta dicotomía como conflicto? Es una pregunta que uno no puede eludir sino escapando hacia adelante, despojándose de su piel como lo hace la serpiente para lucir otra piel que no tenga aquellas marcas. Un recurso que no pocos han usado. Un recurso que tiene dejos de ingratitud y de insolidaridad. Ingratitud hacia aquellos que nos trajeron a la vida y también hacia la historia que amasó el barro de nuestra hechura y nos dio este talante social. Insolidaridad, porque la historia trágica del pueblo armenio, las consecuencias del genocidio y los asuntos atinentes a su reconocimiento no pueden agotarse en la generación que nos antecedió. La historia quiere ser continua, como las generaciones que la protagonizan, y el siglo XX, que es el siglo de las más grandes tragedias que conoce la historia, ha hecho una contribución que, si bien inconclusa todavía, pesará en la vida de las generaciones futuras tanto como los hallazgos de la ciencia y las aplicaciones de la técnica: los derechos humanos con su constelación de esperanzas.

Ser tan parecidos y tan diferentes a la generación que nos precedió no es una fortuna ni una desdicha. Es un rasgo que la historia ha querido darnos. Y si bien convivir con eso importa un gasto emocional y una carga psicológica mayor, también nos ofrece un campo más ancho y más fecundo para transitar la vida.

Creo, pues, que debemos mirar la dicotomía como un conflicto. ¿Pero qué cosa de la vida no es sustancialmente un conflicto?


* Este proceso no lo vivieron con la misma intensidad los armenios de la R.S.S. de Armenia. Ellos permanecieron en su suelo bajo la protección del Estado y al abrigo de su cultura y sus costumbres.