La paz nos mira desde allá, desde el horizonte

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

La frase que titula esta nota puede suscitar el encono de los independentistas y escocer la piel sensible de los nacionalistas, puede reavivar los reproches de los viejos cortesanos y despertar la ira de los arribistas. Así y con todo, la pongo para que se cargue en mi cuenta. Tantos años de silencio y lealtad partidaria me acreditan para hablar de estas cosas. Las dije allá por el cincuentenario de la independencia y las reitero ahora, cuando las rivalidades han menguado y son otros los vientos que soplan desde el Cáucaso. No sé si mereceré el asenso o el reproche de mis cofrades; sé, cuando menos, que no mereceré la hoguera de mis inquisidores.

Entonces dije que el Estado nacido en 1918 era el mismo que pervivía en la R.S.S. de Armenia, que esa gesta no había abortado sus objetivos. Y por eso saludé al pueblo y al gobierno armenios con motivo del fasto y reclamé la mismidad de la República que venía de Sardarabad y se extendía hasta esos días.

Hoy quiero volver sobre aquellas ideas para decir cómo veo las cosas cuando Armenia, el Cáucaso y el mundo han cambiado, cuando el poder se aloja en las corporaciones económicas y la independencia nacional y la soberanía política se transan en los mercados. Y para hacerlo, desdeño los abalorios y miro la realidad sin edulcorantes.

Independencia nacional o seguridad del Estado: he aquí un falso dilema. Durante setenta años los armenios de la diáspora se encolumnaron con más o menos fervor detrás de estas banderas, que se miraron como mutuamente excluyentes. Mientras la historia avanzaba a lo largo del siglo XX aniquilando prerrogativas nacionales, mientras la soberanía política deponía su vocación patriotera para preferir las integraciones regionales, nosotros peleábamos contra molinos de viento. No advertíamos que la disyuntiva era falsa y que sus términos podían amistar, alternando su primacía según fueran las circunstancias de cada tiempo.

Durante siete décadas, desde 1918 hasta 1991, muchos armenios de la diáspora creían que la independencia nacional era incompatible con la integración regional. Entretanto otros armenios, también en la diáspora, declinaban los derechos soberanos o diferían su reclamo. Si la prudencia política no consentía la prisa de los primeros, los intereses permanentes de la República desaconsejaban los renunciamientos prematuros de los segundos. Unos demandaban sus derechos tal como si los armenios nunca hubieran arriesgado su identidad nacional y sus vidas, otros se arrellanaban en el regazo de un padre poderoso que desoía los reclamos del miembro más pequeño de la familia.

Aquellas diferencias expresaban dos vocaciones no excluyentes que debían mirarse con sentido de oportunidad política, atributo escaso en esos inmigrantes. Yo espero que los armenios de hoy hayamos aprendido de aquel desatino. Y espero que sepamos ponderar la pérdida de un millón de habitantes a manos de la emigración, a trueque de un PBI tan gordo como mal repartido. Una consideración ideológica, bien lo sé, pero también un asunto estratégico para un Estado que siete décadas atrás había ofrendado dos millones de almas a los fusiles enemigos y al destierro. ¿Cómo se cuantifican esas pérdidas humanas en términos de seguridad, de desarrollo, de cultura, de salud moral y política?
Después de la Primera Guerra Mundial los colosos del mundo penetraron a tal punto las prerrogativas de los otros Estados que sólo quedaron jirones de la vieja soberanía. Este proceso se fue acentuando a punto tal que, en rigor, hoy debemos reemplazar algunos términos de nuestro vocabulario político: el concepto de independencia debe ceder espacio al de interdependencia y el de soberanía debe replegarse sobre sí mismo para aplicarse a las relaciones interiores. Hoy la potestad de los estados nacionales ha sido erosionada y los conflictos se dirimen a escala regional. De ahí que los estados menores priorizan su seguridad antes que su independencia.

No se trata de subyugar unos valores a otros, de categorizar las demandas. Se trata de establecer cuáles son las urgencias de cada tiempo y de actuar en consecuencia. Se trata, también, de actuar con sentido histórico para no despertar anhelos perimidos, desvalores que la historia ha arrojado al basurero. Oportunidad y sentido de la realidad: he aquí los atributos del hombre político.
Los armenios de la diáspora hemos pecado de radicales. Faltos de sutileza política y ausentes de la realidad, no vimos que la República de 1918 y la soviética eran una y la misma. Como hoy lo es la que se desgranó del coloso comunista. Una continuidad que conviene al Estado armenio como sujeto del derecho internacional, una mismidad que vigoriza al país en la región. No es este el lugar para hacer un análisis jurídico, la buena disposición del lector no debe ser abusada por el articulista. Baste decir que las viejas discusiones sobre la continuidad del Estado desde 1918 hasta nuestros días ya no pueden ser sostenidas. Ni el dogmatismo del todopoderoso Partido Comunista Soviético resistió el peso de la verdad histórica y finalmente la batalla de Sardarabad (y con ella el nacimiento del Estado armenio y su independencia en 1918) obtuvo su consagración oficial durante aquel régimen.

Pero más que recorrer la historia me gusta observar la realidad, el presente con sus complejidades. Y al observarlo algunas preguntas me asaltan, preguntas que quizá el lector comparta conmigo. ¿No querríamos establecer mayores y mejores alianzas para sortear las acechanzas de nuestros vecinos hostiles, para superar nuestro aislamiento y mediterraneidad, nuestra falta de productos primarios? ¿No querríamos que un sistema institucional fuerte nos libere de las garras de los grupos económicos que, más acá y más allá de las leyes, hoy esquilman a los habitantes de Armenia? Estas cuestiones hacen a la seguridad de Armenia, a su paz interior y a su continuidad en la historia.
Hoy es tiempo para hablar de paz. La formidable capacidad militar y económica de los estados principales ha puesto en jaque a las alianzas trabajosamente tejidas durante el siglo XX. Afganistán, Irak, Irán, Corea, la propia Venezuela y la desobediente Cuba son muestras del cambio. Casos diferentes unos de otros, como también lo son Alemania y Japón, pero que muestran cuán dinámica ha sido la política durante el último siglo. Los propios armenios fundaron un Estado independiente (1918), lo integraron a la Unión Soviética (1920-1991) y lo separaron e independizaron (1991). Y como resultado de asuntos territoriales no saldados fundaron otra República en las montañas de Karabagh.


Cosas de nuestra historia. Cosas de la política, en la que fuimos campeones del desatino. Porque ¿qué es la política sino el arte de conducir los negocios públicos con sentido de la oportunidad? ¿Qué son los partidos políticos sino las corporaciones que prefieren unas decisiones a otras y que, en el acto de preferir, representan intereses sectoriales? ¿Y qué son las llamadas políticas de Estado sino aquellas que concitan el interés de todos los partidos y de todos los sectores de una comunidad nacional?

Hoy, cuando los estados son gobernados por grupos económicos que anteponen sus afanes dineriles a los intereses del conjunto, medrando en los límites de la ley, es atinado preguntarse si, acaso, a más del enemigo externo, no hay que enfrentar también un enemigo interno, si a las clásicas hipótesis de conflicto con otros países no hay que agregar similares hipótesis con grupos internos de dudosa legalidad.

Pude escribir unas palabras más amables a los oídos de los armenios, pero ellas se sumarían al coro de invocaciones estériles que nos arrulla. Por eso preferí examinar estas cosas, estos costados ríspidos de la realidad. Y para decir más, hago una advertencia: antes nuestros desencuentros eran domésticos y toleraban estos desvaríos, ahora trascienden las fronteras nacionales y amenazan la paz. La paz y la seguridad de un Estado (dos, en rigor) que todavía no ha consolidado sus relaciones y que ha perdido el control sobre los grupos económicos que nacieron de los escombros de la vieja nomenklatura.

El genocidio y su residuo. Dolor y demanda

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Mi generación es hija del genocidio. Heredera de las venturas y desventuras de aquellos inmigrantes desarropados que desembarcaron en las costas del Río de la Plata con sus valijas vacías de dineros y sus memorias repletas de fantasmas; mi generación, primer criollaje argentinoarmenio, es el producto venturoso de aquellos paisanos desventurados. Centauros que todavía debatimos nuestra identidad entre aquello de allá y esto de acá.

Pronto se cumplirá un siglo del genocidio de nuestros abuelos y trasabuelos. Y seguiremos preguntándonos si debemos vivir ese hecho como una tragedia o conviene afrontarlo sin su residuo psicológico de dolor, como una serie de acontecimientos no saldados que merecen el reconocimiento y la reparación por parte del perpetrador.

Porque las consecuencias son bien diferentes. En el primer caso será un luto que dura, atraviesa generaciones y deja huellas psicológicas difíciles de sanar. En el segundo caso es un derecho que tiene origen en un crimen de lesa humanidad que todavía no ha sido reconocido por el Estado responsable, ni juzgado por la comunidad internacional organizada.

Discurrir sobre esa diferencia y sus consecuencias es el propósito de esta nota.

La memoria y la memoria

La memoria está construida con dos componentes. Uno estructural y pretendidamente objetivo, es el recuerdo de los hechos ocurridos, de las causas que los determinaron y de sus consecuencias probables. El otro es superestructural y está contaminado de subjetividad, es la carga emocional o psicológica que esos mismos hechos traen consigo y que se transmite a las generaciones siguientes. El primer componente le da oficio y quehacer a los historiadores, el segundo alimenta la caldera de los enconos y exalta el fervor patriotero. Uno acude a la ciencia, el otro al ardor y, a veces, a las armas.

Conviene detenernos en este punto para analizar una y otra cara de la memoria, revisar nuestras conductas individuales y colectivas para sopesarlas y determinar qué clase de memoria es la que nos domina cuando nos ocupamos del genocidio. Creo que revisar nuestra conducta y nuestros proyectos en este aspecto puede favorecer los propósitos últimos de los armenios.

Quede, entonces, de lado lo que con alguna impudicia se denomina carrera política, el afán de escalar posiciones en las estructuras de los partidos y de los gobiernos. Quede de lado el sentido hedonista del poder o su propósito utilitario, que con frecuencia se nutre de la carga emocional de la historia reciente para conquistar áreas de influencia. Si miramos con realismo aquellas de nuestras demandas que tienen origen en el genocidio, veremos que soportan una carga de dolor y de rabia que, en mi opinión, no conviene a nuestra demanda de justicia y reparación.

Sé que al decir estas cosas me expongo a las críticas de los más sensibles, al reproche de quienes tienen razones para condolerse por la muerte y el destierro injusto de las víctimas de 1915-1923. Los más fervorosos defensores de los derechos humanos podrán acusarme de deponer las banderas éticas en aras del pragmatismo político. A ellos les digo que los tiempos de la venganza, como recurso último cuando hay denegación de justicia, ya han corrido y que esas cuentas fueron saldadas en los años veinte por Soghomon Tehlirian, Archavir Shiragian, Misak Torlakian, Aram Yerganian y otros. Les digo que ahora es tiempo de demanda contra un Estado para que reconozca la verdad histórica, ofrezca reparar el daño y garantice la seguridad y el libre tránsito de personas, mercancías y servicios a través de las fronteras. Complejidades y sutilezas de las relaciones interestatales que no deben contaminarse con emociones para que alguna solución sea viable. En este sentido, el siglo XX puede aleccionarnos a los armenios y a los turcos.

Los hijos del genocidio

Lo dije: somos hijos del genocidio. Conservamos en nuestras memorias armenias la tragedia de las deportaciones, de los tormentos, de las mil vejaciones y de la muerte de nuestros predecesores. Esos hechos han dejado en nosotros un residuo que amasó el barro de nuestra hechura y que vuelve para restaurar su memoria. Si ese residuo es psicológico y, entonces, alimenta el dolor y abre la herida, entonces el genocidio continúa y va erosionando nuestra personalidad, va abriendo caminos de infelicidad y nos va encerrando en la trampa del dolor. Rumiantes sociedades que porfían en declamar su destino trágico.

Pero si comprendemos el sentido de la historia, que es tiempo ido con su trama de hechos y su urdimbre de voluntades, unas cumplidas y otras frustradas, si vemos con claridad que el presente es el lugar donde concurren las pulsiones del pasado y los anhelos del porvenir, entonces seremos capaces de mirar la realidad con ojos políticos y decir qué conductas conviene adoptar para que el Estado perpetrador reconozca el genocidio, repare sus consecuencias, abra sus fronteras y garantice que no interferirá en los asuntos domésticos de las repúblicas de Armenia y de Karabagh.

Creo que para alcanzar este propósito conviene reemplazar la visión psicologista del genocidio por una visión predominantemente política. Un cambio de esta clase no importa el olvido. Al contrario, un cambio de esta clase supone sostener la demanda sobre el recuerdo de los hechos ocurridos y la estimación del daño ocasionado.

Este realismo político no suele amistar con la exaltación del ánimo. Es costumbre de los abogados no actuar por sí en causa propia. Ellos confían la defensa de sus intereses personales a otros abogados, quizá menos diestros que ellos mismos, pero, en cualquier caso, ajenos a la carga emotiva del litigio. Al decir esto recuerdo un pasaje del filme El Padrino II, de Francis Ford Cóppola, donde el protagonista le aconseja a uno de sus secuaces que nunca odie a su enemigo porque el odio nubla la inteligencia.

En síntesis, la carga emocional que conlleva el recuerdo del genocidio, si bien es comprensible, impide tomar decisiones realistas que conduzcan a la reparación del daño, al resguardo de las dos repúblicas armenias y a evitar que en lo sucesivo se perpetren violaciones a los Derechos Humanos en otros lugares del mundo. Porque, en efecto, el odio, además de nublar la inteligencia, se enrolla sobre sí mismo y fondea en el dolor y la muerte.

Nuestra prédica, nuestros intereses

Cuando leo la prensa armenia, cuando escucho a nuestros sabedores y veo las acciones de difusión y propaganda que se hacen desde las instituciones comunitarias, compruebo que el esfuerzo para reivindicar los derechos armenios es parejo al que se hace para denunciar las faltas domésticas de Turquía y las arbitrariedades de su sistema político y judicial. Yo disiento con tal proceder.

Creo que una autocrítica puede ilustrar mi pensamiento. Apenas había abandonado la adolescencia cuando me propuse aleccionar a un niño de muy corta edad. Lo sentaba a mi lado y le contaba historias que querían nutrir sus sentimientos armenios. Y esas historias, algunas de las cuales todavía guardo en mi memoria y otras me las recuerda ese niño hoy adulto, eran ficciones que más se empeñaban en denostar a los turcos que en enaltecer a los armenios. Era la forma que yo había elegido para metabolizar el dolor y la rabia, era el residuo psicológico del genocidio que había heredado y que le transmitía a la generación siguiente. Hoy conozco mi error y lamento haberle enseñado a aquel niño a odiar antes que a amar.

Amar lo armenio, amar la lengua y la cultura que nuestros viejos trajeron en su memoria trashumante y reivindicar los derechos de los armenios es saludable para construir esta identidad mestiza que la historia ha querido darnos; odiar y denostar, en cambio, no sólo es nocivo para transitar la vida, sino que entorpece el trabajo político, retarda los acuerdos que hoy precisa alcanzar Armenia para ser una república viable y entorpece el esfuerzo tendiente al reconocimiento del crimen de genocidio por parte de la comunidad internacional y del Estado turco.

Mi confesión

Estas cosas vienen de mi razón y de lo que la historia me ha enseñado, vienen de ideas que quieren ser realistas. Estas cosas no habitan en mi corazón sino en mi mente. Mi corazón tiene otros habitantes, más bien parecidos a los serafines y a los demonios, en constante pugna. Así entonces, confieso que mi razón ha debido vencer a mis sentimientos para decir estas cosas, para sopesar y elegir entre el desahogo que pide mi espíritu y el equilibrio que conviene al interés nacional. Por eso, puedo comprender a quienes reaccionan de otro modo frente al mismo tema.

Pero también habrá que comprender que los asuntos políticos, sobre todo cuando deben dirimirse en el escenario internacional, conviene mirarlos sin pasiones y con un sentido de la realidad del que a veces carecemos los hombres.


Los armenios y la torre de Babel

Este artículo, que escribí tratando de no lastimar susceptibilidades, no mereció un espacio en la prensa gráfica de nuestra comunidad. Ahora, corridos algunos años, lo ofrezco a la consideración de sus destinatarios principales y de mis lectores habituales.

Eduardo Dermardirossian

eduardodermar@gmail.com

Cuando la imaginación de Borges crea El Aleph, precede ese alumbramiento con una definición. Dice que “todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten”. Una definición que asaz ignoramos quienes levantamos la pluma o hablamos sobre las cosas de nuestra comunidad. Una definición que nos invita a mirar cómo nos relacionamos con los otros, si el correr ligero de nuestra pluma, el parloteo incesante de nuestra lengua o la deriva fácil de nuestro pensamiento se corresponden con patrones comunes, condición indispensable para entendernos, o si partimos de prejuicios que nos hacen rondar en torno a una porfía.

Vale la pena examinar estas cosas. Situarnos con alguna perplejidad en medio de nuestras certezas para cuestionarlas alguna vez, para que el aire fresco de la duda desempolve los trastos viejos.

Sin duda muchos pueden recusar mi pensamiento, y está bien que lo hagan. A ellos los invito a que miren bien nuestra historia comunitaria, que examinen los pliegues de nuestras primeras experiencias y el desarrollo ulterior de nuestras instituciones, que se instalen en la nueva realidad y digan si en este tiempo se justifican las rémoras de aquellos desencuentros y, aún peor, las cuitas insustanciales nacidas de viejos personalismos.

Estoy hablando de las diferencias habidas en nuestra comunidad. De las que razonablemente pueden existir y de las otras, de las que por erosionar el tejido social deben ser prontamente arrancadas del terreno. Estoy hablando de quienes naturalmente difieren al mirar la realidad y proyectar el futuro porque parten de filosofías o de anhelos diferentes, y de quienes aún sosteniendo ideales y propósitos comunes y habiendo habitado por largos años la misma casa, están enfrentados sin más razón que la sinrazón y sin otra justificación que su incapacidad para encontrar caminos de concilio. Unos y otros diseñan el actual paisaje institucional: los primeros, contribuyendo a la saludable policromía que debe tener toda sociedad pluralista; los otros, segando buena parte de las energías que deben utilizarse en este juego de integración e identidad a que nos ha conducido la historia. Aquellos, construyendo el andamiaje democratizador; estos, distrayendo a una comunidad que necesita unificar su acción.

Es preciso hablar esa lengua cuyo ejercicio presupone un pasado compartido para repoblar nuestras instituciones y nutrir nuestras actividades, para que, sin dispendio de energías, una misma metodología de trabajo y unos objetivos comunes fructifiquen en resultados.

Inconsistencias

Pregunto: ¿Qué diferencias ideológicas sostienen los desencuentros? ¿Qué diferencias metodológicas que no puedan ser zanjadas en una mesa de concierto? Las fruslerías personales ¿justifican una lidia de esta clase? Cuando la pregunta es correctamente formulada suele estar preñada de su respuesta. Por eso es preciso no precipitarse, despojarse de la bruma y mirar las cosas con serenidad, diría con inocencia (inocente es quien no merece castigo), para examinar cada situación con tanta libertad y generosidad como sea posible.

Pregunto: ¿Pueden desarrollarse unas instituciones que se sostienen sobre la dádiva, desdeñando los sistemas de cooperación que ofrecen las leyes? ¿Pueden crearse y coordinarse programas de desarrollo y de asistencia en medio de Babel? Y los viejos sueños compartidos ¿ya no merecen ser soñados? Y las nuevas realidades que los tiempos proponen ¿no merecen ser afrontadas con las herramientas con que cuenta la comunidad? Si en estos tiempos nuevos ni las fronteras ni los océanos separan a unos hombres de otros, a unas naciones de otras ¿por qué había de separarlos un remoto desatino? Si la historia ha amistado a quienes ayer mismo se diezmaban en las guerras, ¿por qué el calor de una cultura común no había de reunir a todos alrededor de la misma mesa? Sabe mi lector de quiénes hablo.

Nuestras prioridades


Lo dije otras veces. Nuestras estructuras institucionales han crecido sin orden y los frutos que hoy se cosechan no se corresponden con los esfuerzos que se realizan. No hemos sorteado la crisis del crecimiento y hoy nos enfrentamos a modelos institucionales obsoletos. Una observación severa que, sin embargo, puede afrontarse con felicidad si encontramos algunas coincidencias mínimas que nos permitan coordinar esfuerzos, distribuir áreas de competencia y procurar recursos genuinos que sufraguen el déficit y permitan crear los servicios de que aún carecemos. La constante mengua de participantes siquiera pasivos en las actividades de la comunidad constituye un campanazo que no debemos desoír.

¿Qué por ciento de los armenios que habitan en las costas del Río de la Plata tienen alguna clase de participación en el quehacer comunitario? ¿Cuántos intelectuales y artistas habitan dentro de las fronteras institucionales y cuántos están ausentes? ¿Cuántos benefactores han menguado sus aportes y cuántos más se ausentaron en la última veintena de años? Son algunas cuestiones que debemos examinar con sentido autocrítico para comprender el porqué del deterioro.

De más cosas podemos hablar, más faltas podemos atribuirnos todavía, pero este no es momento de amonestaciones sino de reflexión y de disposición generosa para encontrar vías de solución. Y en mi opinión, la conciliación entre quienes todavía duplican los trabajos que deben tener unidad de planificación y ejecución, es una vía inexcusable.


Decía Max Sheler que el resentimiento es una venganza diferida. No quisiera creer que este es el caso. ¿Quién a esta altura de las cosas y después del tiempo corrido puede pedir el ojo del que dice que le ha cegado? ¿Quién puede mostrar un solo cobre que lo acredite con ventaja? Si los que todavía contienden tienen memoria de su origen común, si aún alientan los sueños que les dieron pertenencia e identidad, si se sienten responsables del destino de estas comunidades, entonces deben decir que, como ocurre con las deudas, el tiempo ha aniquilado para siempre las diferencias. Y, aún más, deben recuperar el aliento que gastaron en vano.

Concilio

Creo no equivocarme al decir que la comunidad espera que un auspicioso camino comience a recorrerse en esta dirección. El tiempo transcurre y va erosionando las pequeñas vidas de los hombres. Las instituciones necesitan remozar sus estructuras y los pueblos construir la historia. Y el tiempo es cambio: he aquí el mensaje que deben recoger los hombres si no quieren que los arrolle la historia y los desdeñe la sociedad.

Espero que estas líneas sean leídas y meditadas por unos y por otros. Y espero que sean comprendidas para iniciar un camino que lleve a la superación de las cosas que lastiman a nuestra comunidad. No quiero creer que los armenios de estas costas somos los herederos de quienes levantaron los muros de Babel.


Armenia, reino celestial o república terrenal

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Unas palabras liminares ayudarán a comprender lo que sigue. Unas palabras sobre la Jerusalén celeste, ese reino de mil años que tras ser reconstruido por los profetas según las descripciones del Apocalipsis, descenderá del cielo para la bienaventuranza de los hombres. Orígenes la describe como la ciudad de los santos donde regresarán los hombres salidos de esta vida. Y en el comentario a Ezequiel 16.5-6, dice: “Si bien Jerusalén ha sido descartada sobre la faz de la tierra, Él no la despreció de modo que permaneciese siempre así, no le dejó como nodriza su maldad, de tal modo que Él se olvidase completamente de ella y de modo que no la levantase más de la tierra”. Dios le devolverá a sus hijos, pues, el suelo y a la gloria que alguna vez perdieron a manos de la iniquidad.

Vamos, ahora, a los armenios extraterritoriales, a los que vivimos aquí y ahí, por los cinco continentes, fuera de las fronteras de esa república que hoy se afana por sortear las contingencias de su historia y de su geografía.

Por ser ciudadanos de estas naciones y por haber establecido aquí y acullá nuestros intereses, los hijos de la diáspora miramos con realismo el medio que nos rodea, pero no miramos de igual manera a Armenia. Nuestra relación con el país de Haig está mediatizada por nuestros anhelos. Somos realistas con lo uno e idealistas con lo otro. Nuestra Jerusalén es celestial y como tal la miramos desde estas latitudes. No advertimos que la misma Jerusalén es terrenal para los armenios de allá, para los que nunca se ausentaron de su tierra y ahí edificaron sus vidas. Por eso la diferente percepción que unos y otros tenemos de los hechos que están ocurriendo ahora mismo en las vecindades del río Arax.

Yo ignoro cómo explican estas cosas los psicólogos sociales y prefiero ignorar cómo las explican los hombres de la política. Me despojo de los resabios nacionalistas que todavía me habitan, miro atentamente la realidad y digo mi pensamiento sobre la Armenia celestial que predican unos, y también sobre la Armenia terrenal que desde 1918, desde 1920 y desde 1991 se afana por sobrevivir a las adversidades surcaucásicas.

Y si bien en este asunto mi opinión es diferente a la que se viene declamando entre los celestialistas, me he prometido no terciar en el debate para no contribuir a la fragmentación de los armenios. Por eso mi silencio. Pero mi silencio no me impide explorar las causas de nuestro irrealismo político y, con ellas, la estatura de nuestro desatino.

Primero hablaré de la Armenia celeste, de la que se quiere edificar glorificando el pasado. Hablaré de la Armenia que, al igual que la ciudad de los santos, perdura enhiesta en el alma de los que nos nacieron, sus sueños irredentos, la memoria caliente y la justicia ausente todavía.

Quiera mi lector tolerar que por segunda vez cite a Ren, Rupén Vartanian, en este año*. Este autor, a quien tuve la dicha de leer pero no de conocer en persona porque partió a la oscuridad desde la oscuridad, en un cuento que tituló El dios envejecido y el demonio describió el apocalipsis del pueblo del Ararat. Lo hizo con la fineza del artista, con la profundidad del filósofo y con el espíritu sublevado del ofendido. Cuenta que aquel dios había envejecido, sus fuerzas lo habían abandonado y se afligía porque los hombres ya no obedecían sus mandatos. Entonces reunió en asamblea a los príncipes del cielo y les preguntó cómo podía arreglarse el tiberio humano, cómo podía él recuperar sus fuerzas y su omnipotencia quebrantadas. Cada quien dijo su parecer, cada uno dio su consejo y, tras escuchar atentamente y sopesar las ventajas y contrariedades de cada discurso, el dios ordenó que se dispersara al pueblo del Ararat por todo el orbe para que su sangre se mezclara con la de esos desquiciados y naciera una nueva humanidad.

Según la fábula de Ren, fue por voluntad divina que el pueblo armenio atravesó por tantas desventuras, fue por voluntad divina que se dispersó por el mundo. Fue para salvar a una humanidad que había abandonado el camino de la virtud. Una mitología que en medio de las modernidades del siglo XX quería instalar la idea de un nuevo pueblo elegido por Dios para la redención humana. Una mitología que casa con el anhelo de una Armenia celestial si se la presenta así, desnuda y descarnada, a quienes se pretenden abanderados de la redención histórica y política de la nación. Estoy hablando de las luchas de liberación que, nacidas a fines del siglo XIX, culminaron con la fundación del Estado en 1918.

Pero esta Armenia celeste no es la que debe sortear las dificultades que le plantea su geografía mediterránea, su suelo infértil, sus fronteras ardientes y la hostilidad solapada de las potencias de Occidente.
La que debe sortear tamaños desafíos es la otra Armenia, la terrenal, la que no está habitada por nosotros, los extraterritoriales. Y es aquí donde quiero extremar mi prudencia, hablar las palabras justas y no batir el parche del tambor caucásico. Porque las cosas de allá deben afrontarlas los armenios de allá. Los de acá navegamos otras aguas y tenemos otras urgencias. Además, no contamos con canales institucionales fiables para decir cuál es nuestra voluntad; una voluntad que, por otra parte, no tiene carta de ciudadanía en las vecindades de Erevan.

Los partidos políticos que actúan de este lado de las fronteras no tienen una base militante que represente la voluntad de las colonias. Ellos se nutren de una historia que dejó de escribirse a fines de 1920. Esos partidos –lo dije alguna vez-, en cuanto actúan fuera de las fronteras de Armenia y de Karabagh, debieran transformarse en otra clase de organizaciones porque ya no tienen, no pueden tener, vocación de poder. Podrán demandar el reconocimiento internacional del genocidio, difundir la cultura y los valores armenios y favorecer el intercambio con la tierra madre, pero no pueden dirigir desde estas latitudes la política exterior de aquellas repúblicas.

En cuanto a la Iglesia Apostólica Armenia, ella sí tuvo presencia aquende y allende las fronteras, y esa presencia está en cabeza de su autoridad suprema. Curiosamente, mientras los extraterritoriales, legos y laicos como somos, aspiramos a una Armenia celestial, esa Iglesia, teísta y clerical desde luego, palpita la realidad doméstica de la República, conoce la temperatura de sus fronteras, y por eso mira la terrenalidad que nuestros ojos están impedidos de ver.
También debo decir algo sobre Armenia y sus autoridades. Y al hacerlo anticipo mis diferencias con su política económica y social. Pero no puedo ignorar que esas autoridades están reaccionando frente a una realidad regional y mundial adversa. En otros trabajos hablé sobre las fronteras ardientes, sobre la mediterraneidad, sobre la infertilidad del suelo, sobre la ausencia de hidrocarburos, sobre la precariedad de la central termonuclear; también hablé de las alianzas frágiles que anuda Armenia frente a unos vecinos que hacen migas con los países más poderosos de la tierra.

La República de Armenia, para ser viable, precisa un gobierno que reaccione con realismo frente a estas cosas. Por eso los armenios extraterritoriales y sus instituciones deben acompañar los esfuerzos que se están haciendo en este sentido. Acompañar al gobierno con espíritu crítico, levantando las banderas de reparación y justicia, pero procurando no erosionar a una administración que lleva menos de dos décadas conduciendo por sí misma los destinos del país. Porque nada favorecerá más a los enemigos de Armenia que la fragmentación de su pueblo.

Creo que hoy conviene evitar las actitudes radicales y el discurso inflamado, conviene la reflexión, el cálculo y el apoyo crítico a un gobierno que quiere romper el quiste que encierra a ese país entre unas montañas que, aunque entrañables, son una barrera para sus sueños y un escollo para su desarrollo.

Por eso, la Jerusalén de los armenios no puede ser sino terrenal.

* La primera vez fue en un artículo que titulé “La historia en espejo”, que el lector encontrará en el archivo de este portal, abril de 2009.

Diáspora 2009

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Titulo esta nota con el año de su escritura. No porque mis observaciones estén referidas a este año ni por el jaleo que ocurre ahora en el Cáucaso. La titulo así para decirme y decirte que actuamos como viejos en un tiempo nuevo, que los armenios que desembarcaron hace casi un siglo en las costas del Río de la Plata ya se han ido y ahora son sus nietos y trasnietos los que pueblan las instituciones que ellos levantaron. Iglesias, partidos políticos, asociaciones compatrióticas y deportivas hoy son gobernadas por el criollaje armenio de primera y segunda generación, y la tercera ya acude a las escuelas de la comunidad. Y hasta las empresas que trabajosamente fundaron los gringos armenios ahora son conducidas por sus descendientes. Diáspora 2009 es la metáfora de un anacronismo que quiero examinar junto a mi lector. Con severidad pero con reverencia.

Cuando los armenios hablamos de diáspora, lo hacemos según la segunda acepción del DRAE: dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen. También hablamos de exilio, que según el mismo diccionario vale por separación de una persona de la tierra en que vive, expatriación. Conceptos aplicables a quienes debieron abandonar su terruño para radicarse en países más benévolos a principios del siglo pasado, pero no, en rigor, a sus descendientes. A quienes nacimos en tierras suramericanas el diccionario de los españoles no nos nombra diáspora, no nos considera exiliados sino pertenecientes […] al país o lugar en que [hemos] nacido. Quienes nacimos en tierras de América, de Europa y en tantos otros lugares, producto de la diáspora de aquellos desventurados, somos nativos para la nomenclatura española: argentinos, uruguayos, brasileños, etc. Las leyes de estos países así lo quieren.

Y aun cuando las instituciones de la comunidad, naturalmente llamadas a servir de puente entre los valores de allá y las realidades de acá, se empeñan en predicar que somos diáspora, las generaciones criollas tienen conciencia del lugar que ocupan en el concierto humano. Diáspora nativa del suelo que habita, diáspora sin dispersión: he aquí un oxímoron, un contraconcepto que viene no sólo del análisis semántico sino también de la observación de la realidad.

En este marco, pues, quiero situar mis reflexiones de hoy.

Los partidos políticos

Antes de ahora dije mi opinión sobre los objetivos de los partidos políticos que actúan fuera de Armenia. Lo dije a mediados de 2007 en un artículo que largamente titulé Sobre los partidos políticos armenios, los de antes y los que nacieron a partir de 1991[i], cuando la coalición de gobierno de ese país gozaba de buena salud, los escarceos diplomáticos con Turquía no habían salido a la luz y los partidos centenarios se sentían más o menos cómodos en sus poltronas.

Entonces me preguntaba si los partidos Social Demócrata (Henchaguian, 1887), Federación Revolucionaria Armenia (Tashnagtsutiun, 1890) y Demócrata Liberal (Ramgavar, 1919), nacidos para responder a las necesidades de aquel tiempo, aún conservaban el tono muscular para actuar dentro del territorio de Armenia. Y si más de setenta años de extrañamiento y de lejanía forzosa del poder no transformaron a esos partidos en otra clase de organizaciones. Excluí de este análisis al comunismo armenio por su vocación universalista.

Propuse que esos partidos, que junto a la Iglesia Apostólica construyeron el andamiaje institucional de las comunidades armenias, reformulen sus objetivos para adaptarlos a las necesidades de este tiempo y de estos lugares y a las expectativas de sus miembros.

Y hoy, cuando las necesidades estratégicas de la República de Armenia parecen no coincidir con los anhelos de los armenios extraterritoriales, cuando la geopolítica del Cáucaso se torna ilegible para los armenios de estas costas y una nueva fractura nos amenaza, conviene mirar con realismo las cosas, aún con pragmatismo, y ver que setenta años de prédica independentista no contribuyeron un ápice a la recuperación de la soberanía de Armenia. Armenia recuperó el ejercicio de sus relaciones exteriores, el control de sus fronteras, los símbolos históricos y otros atributos de la soberanía por causas bien diferentes a la prédica que se sostuvo desde afuera de sus fronteras.

Creo, pues, que los partidos políticos centenarios deben anotar estas realidades. Y deben advertir que una nueva fragmentación hoy puede ser más perniciosa que la habida en los tiempos del exilio, porque ahora no será la de una nación y su diáspora sino la de una nación y los nietos de su diáspora. Creo que esos partidos deben reaccionar con generosidad, transformándose en organizaciones no partidarias que persigan el reconocimiento internacional del genocidio, la difusión de la cultura, la preservación de la identidad, la ayuda a ambas repúblicas armenias y el intercambio permanente con ellas. Y confiar en que los armenios de allá sabrán afrontar los hechos con realismo.

Las escuelas comunitarias

En su momento me pregunté si el esfuerzo que realizan los armenios para sostener las escuelas incorporadas a la enseñanza oficial es justificado o si, por el contrario, importa un dispendio de energía que podría dar mejores frutos en otras áreas del quehacer comunitario. Si es atinado que los armenios subroguemos al Estado en su obligación de enseñar[ii].

Y dije que nuestros dirigentes institucionales deben sincerarse para decir cuánta es la población de nuestros institutos educativos y cuántos son los niños armenios que frecuentan otras escuelas, qué por ciento de los alumnos que visitan diariamente nuestras aulas son de origen armenio, cuántos de ellos se insertan en la vida comunitaria después de su egreso. En otros términos, invité a sopesar el rédito institucional que dejan las escuelas armenias en su actual formato.

El déficit que generan esas escuelas distrae a una comunidad que todavía no ha desarrollado sus instituciones culturales y no ha logrado cautivar a sus miembros. Quizá en este sentido podemos hablar de diáspora, para decir que los armenios nacidos en estas tierras estamos abandonando la cultura y las instituciones que otrora nos arroparon, y, entonces, estamos extraviando nuestros rasgos identitarios. ¿Y cómo debemos reaccionar frente a esta realidad? Si lo hacemos con invocaciones emocionales corremos el riesgo de ahondar el fracaso, pero si exhumamos la cultura armenia y ensayamos modelos institucionales socio-solidarios, entonces tendremos chances de sobrevivir.

Regresemos sobre nuestros pasos. Las escuelas armenias no nacieron incorporadas a la enseñanza oficial, no se abrieron para impartir la educación pública y obligatoria. Esas escuelas tenían el propósito de enseñar la lengua y la cultura armenias a los hijos de los inmigrantes. Fueron escuelas idiomáticas que recibieron en turno matutino a quienes cumplían el programa oficial durante las tardes, y en turno vespertino a quienes lo cumplían durante las mañanas. De ellas egresaron quienes mejor hablan la lengua y están más asidos a los valores ancestrales. Por eso, reemplazar al Estado en su función educativa quizá sea un error en los tiempos que corren y a eso se deba el exiguo número de armenios que hoy pueblan nuestras aulas.

Hacia una mutual argentino armenia


También escribí sobre la necesidad de fundar una asociación mutual que preste asistencia médica, farmacéutica y odontológica a sus asociados, que dé subsidios por nacimiento, adopción, casamiento, fallecimiento y sepelio, que anticipe haberes, otorgue préstamos y ofrezca seguros, promoción cultural, educativa y turística; también que dé ayuda económica con fondos propios o con captación de ahorros y cree un fondo compensador jubilatorio, etcétera. Lo hice con Nélida Dermardirossian en dos artículos que publicó la prensa comunitaria[iii]. La iniciativa suscitó el interés de algunos dirigentes, que nos consultaron sobre la viabilidad técnica y el provecho social del proyecto. Nos consultaron sobre los medios económicos necesarios y sobre los mecanismos legales. Pero los años corrieron y el impulso inicial se desvaneció.

Así y con todo, creo que el asunto merece volver a la mesa. Y por eso quiero desempolvarlo, para insistir con él, para decir que una comunidad que quiere cumplir un siglo en esta patria no puede carecer de un sistema solidario para atender las necesidades de sus miembros. Para que se reemplace la beneficencia por un sistema autogestionario que dignifique a las gentes, reconociéndoles un derecho donde antes había una dádiva.

En los artículos anteriores decíamos que es preciso distinguir el acto benefactor del acto mutual. El acto benefactor tiene origen en la caridad como virtud teologal, el acto mutual es el ejercicio de un derecho consagrado por la ley. El acto benefactor no puede ser exigido, el acto mutual sí; aquel puede herir la autoestima del recipiente, éste, al revés, eleva esa estima en cuanto le hace acreedor a un título y a un derecho.

Revisemos, pues, algunas disposiciones de la ley 20321, que regula la creación y el funcionamiento de las mutuales.

El artículo 2° dice así: “Son asociaciones mutuales las constituidas libremente sin fines de lucro por personas inspiradas en la solidaridad, con el objeto de brindarse ayuda recíproca frente a riesgos eventuales, o de concurrir a su bienestar material y espiritual, mediante una contribución periódica”. Ausencia de lucro, solidaridad, libertad asociativa y periodicidad de la contribución son características distintivas de esta clase de asociaciones.

El artículo 29 dispone: “Las asociaciones mutualistas constituidas de acuerdo con las exigencias de la presente ley quedan exentas en el orden Nacional [...] de todo impuesto, tasa o contribución de mejoras en relación a sus bienes y por sus actos. Queda entendido que este beneficio alcanza a todos los inmuebles que tengan las asociaciones; y cuando de éstos se obtengan rentas, condicionado a que las mismas ingresen al fondo social para ser invertidas en la atención de los fines sociales determinados en los respectivos estatutos de cada asociación. Asimismo quedan exentos del Impuesto a los Réditos los intereses originados por los depósitos efectuados en instituciones mutualistas por sus asociados. Quedan también liberadas de derechos aduaneros por importación de aparatos, instrumental, drogas y específicos cuando los mismos sean pedidos por las asociaciones mutualistas y destinados a la prestación de sus servicios sociales”.

La mutual que se cree no necesitará contar con equipamiento médico, farmacéutico, turístico o de otra clase; podrá contratar los servicios de otras asociaciones de la misma clase o de prestadores privados. De hecho, son muchas las mutuales que funcionan así, ofreciéndoles a sus asociados los mejores servicios disponibles en las áreas de que se trate. El artículo 5° de la ley citada lo autoriza expresamente: “Las mutuales podrán asociarse y celebrar toda clase de contratos de colaboración entre sí y con personas de otro carácter jurídico para el cumplimiento de su objeto social, siempre que no desvirtúen su propósito de servicio”.

Para viabilizar la iniciativa las organizaciones comunitarias pueden aportar su base societaria a la mutual. Los asociados directos de la mutual gozarán de sus servicios, y los asociados a las otras instituciones, así como los directivos y el personal de las empresas privadas y sus familias, podrán acceder a los mismos si esas instituciones y empresas se incorporan al sistema mediante convenios especiales. La ley favorece estos acuerdos.

Estas y otras cuestiones, con las que alguna vez distraje la atención de mis lectores, tienen distinto peso según las miremos. Si las miramos como diáspora, serán tributarias de otras cuestiones, tales como las que ahora ocurren en el Cáucaso armenio. Si las miramos como comunidad nativa radicada en este suelo, entonces adquirirán la categoría de principales. En el primer caso merecerán una mirada de soslayo, en el segundo serán objeto de nuestro afán y podrán concretarse en hechos.

Por eso, al referirme a las comunidades asentadas aquí y allá, por todo el mundo, de hoy en más reemplazaré la palabra diáspora por la expresión armenios extraterritoriales. Para ser consecuente con mi pensamiento y con mi discurso. También con la lengua que hablo y con la realidad que habito.

[i] “Sobre los partidos políticos armenios, los de antes y los que nacieron a partir de 1991” y “Nuestras instituciones comunitarias no son espacios de poder”, ambos en el archivo de este blog, nov. 2008 y enero 2009 respectivamente.
[ii] “Temo que todavía estemos mirando a la educación como una manera de resistir la integración al medio”, diario Armenia, 8 de marzo de 2007. También en el archivo de este blog, feb. 2009.
[iii] “Hacia una Asociación Mutual Argentino Armenia” y “La comunidad armenia debe pasar del individualismo benefactor a un sistema solidario de ayuda mutua”, ambos en el archivo de este blog, nov. 2008.

Los armenios y los armenios. Tan parecidos, tan diferentes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

El planteo es generacional. Y tardío. Generacional porque quiere encontrar semejanzas y diferencias entre los inmigrantes armenios que desembarcaron en estas costas a principios del siglo pasado y sus descendientes. Y tardío porque lo hago hoy, cuando aquellos inmigrantes se han ido y pronto recordaremos el centenario de su desembarco.

Yo no he leído todo lo que se escribió ni oído todo lo que se dijo a este respecto, pero creo (corríjame el lector si me equivoco) que los rigores del desarraigo y las urgencias de la adaptación al nuevo medio nos han impedido ocuparnos seriamente del asunto. Menudas coincidencias y disidencias entre los viejos y los nuevos dichas aquí y acullá, no bastaron para examinar el tema con la seriedad que merecía.

Y aquí estamos los no inmigrantes, los bilingües, los que desde la cuna oímos el arrullo de dos culturas, queriendo saldar esa deuda. Sin reproches, sin presumir de jueces y con el recurso útil de las dos culturas. Aquí estamos los derechohabientes de aquellos inmigrantes con su legado en nuestro haber. Y en nuestro debe. Porque, según lo veo, hemos recibido la herencia sin beneficio de inventario, con sus créditos y sus cargas.

Las generaciones que se suceden siempre son parecidas y diferentes. Conductas comunes y diferentes, preferencias iguales y disímiles, unos recuerdos compartidos y otros no, son rasgos que unen y separan a los padres de sus hijos. Pero los hijos de los inmigrantes armenios somos en extremo parecidos a nuestros padres y, a un tiempo, somos en extremo diferentes. Tan parecidos y tan diferentes, los hijos de esos inmigrantes pisamos dos suelos, transitamos dos tiempos y vivimos dos culturas. Por momentos parece que el futuro fue ayer y por momentos parece que será mañana. No conseguimos darnos cuenta que el futuro se agota en el presente, que el ayer es de ceniza y el mañana es una delusión.

El del espejo ¿quién es?

Hace algunos años premedité una historia que titulé igual que este apartado. Aquello fue un juego, una ficción, un dibujo arbitrario de mi imaginación; esto es la descripción de un hecho que me parece cierto. Aquello quería jugar con fantasmas, esto pretende historiar el tránsito de una generación a otra y decir cuál es su residuo cultural. En la fábula el espejo no devolvía la imagen del narciso. Era otro el que miraba desde el espejo, parecido pero diferente. No replicaba sus gestos, no duplicaba sus movimientos; y, peor aún, a veces se ausentaba y le dejaba solo al mirón, huérfano de sí mismo. Por eso se preguntaba quién era el del espejo.

Hoy mi generación se encuentra con que el espejo no le devuelve su imagen sino la de sus ancestros. Los hombres y mujeres de esta generación son ciudadanos de una república que tiene dos historias, dos culturas, dos anhelos diferentes que todavía no han sorteado el crisol bienhechor del mestizaje. Por eso el espejo de la realidad les devuelve una imagen distinta, por eso son tan iguales y tan diferentes a aquellos inmigrantes. Su espejo atrasa.

Son los rigores que la historia le propinó a los armenios. El genocidio, la ausencia de un Estado que los protegiera, el desarraigo, la difícil adaptación al nuevo medio, todas fueron adversidades que impidieron un recambio generacional sin sobresaltos, blando, con las dificultades propias de esas mudanzas*. En nuestro caso los tiempos nuevos vinieron acompañados por otras geografías, otras lenguas, otras costumbres. La otredad sobrevenida así, como un aluvión de diferencias, hizo crisis cuando nuestra generación recibió la posta. Por eso a veces nuestro espejo nos devuelve otra imagen y nuestra historia atrasa.

Nuestra América ha recibido a gentes de otros pueblos, cada una con su mochila a cuestas, todas afrontando las penalidades del desarraigo. Pero esas gentes y sus hijos pudieron mirarse en un espejo fiel que les devolvió su imagen. Los españoles y los italianos, base migratoria de estas sociedades, vinieron para compartir una cultura que apenas difería de la suya. Los árabes desembarcaron sin otras heridas que el extrañamiento, y en el caso de los judíos la trashumancia había encarnado en ellos a lo largo de los siglos. Y así otros grupos que, si bien padecieron el arrancamiento, no trajeron consigo el dolor de sus muertos insepultos, de sus desaparecidos y, con ello, un anhelo reivindicativo que transmitieron a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

Los créditos y las cargas

Dije que de nuestros padres recibimos la herencia sin beneficio de inventario, con sus créditos y sus cargas. Crédito fue la lengua, las artes, la buena fama que nos hacía bienvenidos a todos los lugares y a todas las actividades; son créditos los platos y las confituras que todavía llegan a nuestra mesa, la música que acaricia nuestros oídos y conmueve nuestras fibras más sensibles, las mil historias que nos nutren y nos dan un signo particular y una diferente percepción del mundo y de la vida. También la religión es un crédito y un refugio.

Las cargas fueron dos. O una, según se la mire. Cuando aquellos armenios dejaron su suelo, sus casas y sus pertenencias y muchas veces también a sus seres queridos para marchar hacia otras tierras, a sus espaldas dejaron insepultos a sus muertos e irredentas sus esperanzas. Llevaron vivo el dolor y la rabia y en vida se los legaron a sus hijos, a nosotros, para que alguna vez sanáramos las heridas y reivindicáramos sus derechos. Si estos cargos fueron dos o es uno no importa ahora, pero es cierto que penetraron nuestro presente y son un grito ya centenario que tumba y retumba en nuestra conciencia.

Por eso somos tan iguales a nuestros viejos, por los créditos y por las cargas que nos legaron. No esperaron a morirse para eso, nos dieron el legado cuando nos arrullaban, cuando abrimos los ojos para ver la vida. Y somos tan diferentes porque desde el día de nuestro alumbramiento pisamos otro suelo, palpitamos otra cultura, alentamos sueños propios y reivindicamos derechos de otras gentes, de otros pueblos.

¿Hay que mirar esta dicotomía como conflicto? Es una pregunta que uno no puede eludir sino escapando hacia adelante, despojándose de su piel como lo hace la serpiente para lucir otra piel que no tenga aquellas marcas. Un recurso que no pocos han usado. Un recurso que tiene dejos de ingratitud y de insolidaridad. Ingratitud hacia aquellos que nos trajeron a la vida y también hacia la historia que amasó el barro de nuestra hechura y nos dio este talante social. Insolidaridad, porque la historia trágica del pueblo armenio, las consecuencias del genocidio y los asuntos atinentes a su reconocimiento no pueden agotarse en la generación que nos antecedió. La historia quiere ser continua, como las generaciones que la protagonizan, y el siglo XX, que es el siglo de las más grandes tragedias que conoce la historia, ha hecho una contribución que, si bien inconclusa todavía, pesará en la vida de las generaciones futuras tanto como los hallazgos de la ciencia y las aplicaciones de la técnica: los derechos humanos con su constelación de esperanzas.

Ser tan parecidos y tan diferentes a la generación que nos precedió no es una fortuna ni una desdicha. Es un rasgo que la historia ha querido darnos. Y si bien convivir con eso importa un gasto emocional y una carga psicológica mayor, también nos ofrece un campo más ancho y más fecundo para transitar la vida.

Creo, pues, que debemos mirar la dicotomía como un conflicto. ¿Pero qué cosa de la vida no es sustancialmente un conflicto?


* Este proceso no lo vivieron con la misma intensidad los armenios de la R.S.S. de Armenia. Ellos permanecieron en su suelo bajo la protección del Estado y al abrigo de su cultura y sus costumbres.

Epílogo para la segunda edición española del proceso que se siguió contra Soghomón Tehlirian por haber ajusticiado a Taleat Pashá

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


"Tehlirian empuña la pistola para encarar el espíritu de la Justicia frente a la fuerza bruta. Baja a la calle como el representante del Humanismo contra el salvajismo, del Derecho contra la injusticia, de los oprimidos contra el representante cabal de la opresión. Y enfrenta, en nombre de un millón y medio de asesinados, al que con sus camaradas […] tiene la culpa de esos crímenes". Del alegato de Johannes Wertauer, defensor de Soghomón Tehlirian.

Tres jueces han querido decir sus pensamientos alrededor de este proceso, uno en el prólogo de esta edición, otro en el prólogo de la primera (Buenos Aires 1973) y el restante a manera de reflexión final. Tres juristas calificados que miraron las contingencias del juicio como acostumbran hacerlo, contrastando los hechos con el Derecho y discerniendo responsabilidades para decir, finalmente, si el acusado es culpable del hecho que se le atribuye. Valiosas contribuciones para comprender cabalmente lo que ocurría en aquel tribunal alemán el 2 y 3 de junio de 1921. Y también para comprender que el Derecho no es una mera normativa que acomoda mecánicamente las conductas en la cuadrícula de los tipos penales, sino también una creación humana que quiere ordenar el comportamiento social hasta donde le es posible, sólo hasta donde le es posible.

Estas anotaciones tienen el propósito de explicar esa limitación.

Dije alguna vez que el Derecho Civil es la reacción temprana del Estado para ordenar el comportamiento social, y el Derecho Penal es su reacción tardía frente a hechos que lo conmueven. Por eso el Derecho Penal llega después que la conducta dañosa y la sanción sigue al delito. El Derecho Penal puesto ahí, en la norma, es disuasivo, te dice que si matas serás echado a la cárcel; pero si ya has matado ese Derecho entra en acción, es retributivo, te persigue hasta que des con tu osamenta entre las rejas.

Es así cuando la sociedad ha establecido un castigo para el que comete un hecho disvalioso, cuando una norma legal ordena castigar el delito. Pero cuando esa norma no ha sido sancionada todavía, o cuando, como bien lo señala Arnaldo Corazza, la aplicación de la sanción depende de la potencia económica o militar del Estado en cuyo territorio han ocurrido los hechos, entonces el ofendido echa mano al recurso primigenio de la venganza para castigar al culpable.

He aquí el límite del Derecho, entendiendo por límite la línea a partir de la cual la norma jurídica carece de eficacia. He aquí la justificación honda de la venganza como recurso retributivo y también disuasivo.

Las palabras que encabezan estas anotaciones, dichas por uno de los defensores de Soghomón Tehlirian en la segunda jornada del proceso, en cuanto identifican el sentido más hondo de Justicia con la noción originaria del Derecho, resumen todo el debate. Y explican, sin decirlo, por qué los griegos de la antigüedad encarnaron en una misma deidad a la Justicia y la Venganza: Némesis. Es que la mitología –la de los griegos y las otras también- expresa el sentir de los hombres, sus anhelos, sus frustraciones. La mitología es el crisol donde la cultura marida con la esperanza, es la protohistoria escrita con símbolos y con fantasmagorías. Ahí donde la cultura todavía no ha proveído los instrumentos que hacen deseable la vida social, ahí vienen los mitos a colmar la ausencia. Porque los hombres (he aquí un signo de su racionalidad) no toleran el vacío.

En aquellos días de 1921, en las vecindades de Charlotenburgo, Soghomón Tehlirian vino a ocupar el lugar que había dejado vacante el Derecho Internacional y que las potencias vencedoras de la Primera Guerra no habían querido ocupar. Cuando en la primera jornada del proceso el presidente del tribunal le preguntó “por qué tiene la conciencia tranquila”, Tehlirian respondió: “he matado a un hombre pero no soy un asesino”. Él había colmado un vacío.

A propósito de esta edición de la versión taquigráfica del juicio que se siguió contra Tehlirian, quiero reiterar una idea que si bien ha tenido alguna difusión, se ha aplicado en otros ámbitos menos estrictos que el del Derecho Penal, en la política por ejemplo.

Los hombres, cuando se organizan en sociedades más o menos complejas, delegan el ejercicio de algunos de sus derechos en el Estado. El cuidado de la salud pública, la escolarización básica, la seguridad son confiados al Estado, como así también la administración y dispensación de la Justicia. Y en cuanto el Estado asume esa función, el individuo está privado de hacerlo. Los distintos sistemas políticos privilegian unos derechos sobre otros, unos sectores sociales sobre otros, pero nunca pueden incumplir esa tarea, no pueden desertar de su deber porque si lo hacen los individuos recuperarán sus atributos originales para ejercerlos por sí mismos. Incluso el de administrar y dispensar Justicia. En el prólogo de la presente edición, Leopoldo Schiffrin dice que “el padre del moderno Derecho de Gentes, Hugo Grocio, en su teoría penal, pone como sujeto activo originario de la punición a la víctima, cuya potestad punitiva ejerce el Estado sólo por una suerte de delegación”. De ahí la legitimación de Tehlirian para obrar como lo hizo ese 15 de marzo, porque de otro modo habría quedado huérfano de toda vindicta ese hombre ofendido.

Sé que una interpretación ligera de esta doctrina y un uso pródigo de este derecho originario pueden llevar al desbarajuste social y al caos, pueden atentar contra la paz social, bien que debe ser custodiado con celo. Pero ello no autoriza a exigirle al hombre, como miembro de la sociedad, que resigne sus derechos. No. Antes bien, significa que el Estado (y en los tiempos modernos también la Comunidad Internacional) debe cumplir las funciones que validan su existencia para conjurar el riesgo de la disolución social.

En este sentido, Tehlirian fue el tábano que mordió la conciencia social, el amonestador del Derecho Internacional, el hombre que abatió al genocida que había ordenado la deportación, el saqueo, el tormento y la muerte de un millón y medio de armenios.

Por eso estas palabras no quieren ser sólo el epílogo de la versión taquigráfica del proceso. También quieren ser un homenaje al hombre que, como otros en su tiempo, si bien no pudo sanar las heridas de su corazón, le devolvió a su pueblo mártir esa porción de dignidad que se extravía cuando la Justicia se ausenta. Tehlirian obró consciente de la legitimidad de su acción. Su defensor Von Niemeyer dijo: “estoy completamente convencido, y creo que todos ustedes también lo están, que aún aceptando el hecho consumado que pesa sobre él, el acusado mantiene desde el primer momento y en toda circunstancia, firme como una roca, la convicción de la conciencia tranquila. Tehlirian está convencido de haber actuado conforme al Derecho, el verdadero, auténtico Derecho que es lo único valedero para él”.

Este y otros hechos que se perpetraron en el marco de la Operación Némesis y que conmovieron al mundo, en la segunda posguerra alentaron la creación del tribunal de Nürenberg para juzgar a los criminales de guerra nazis. Este hecho fue un temprano preanuncio de la jurisdicción internacional para el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad y para la aplicación de la pena que los sanciona. De modo que el brazo justiciero de este hombre merece alabanza no sólo por haberle devuelto la dignidad a su pueblo; también porque apresuró la sanción de una legislación penal internacional que, si bien es todavía insuficiente, señala el rumbo de su futura evolución.

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