Sobre la hoja de ruta del 22 de abril

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Descreo de la opinopatía y aún de la opinología. No soy afecto a la confrontación y a la controversia cuando con ellas se quiere ocupar un lugar en el podio, o peor, cuando se pretende conquistar espacios de poder. Esos vicios merecen arrojarse al basurero de las vanidades. También merece olvidarse el nacionalismo rancio que todavía exalta algunos espíritus y que hoy se declama desde el cementerio de las ideas.

En un mundo crematístico como el que nos toca vivir, donde los intereses priman sobre las ideas y las fronteras se diseñan en los grandes centros de poder, donde el futuro de las naciones depende de los acuerdos y de las alianzas que se tejen y destejen incesantemente, los estados situados en las zonas calientes del planeta deben mirar con realismo su adentro y su afuera para sobrevivir.

Estas reflexiones liminares no son, seguramente, las que querría escuchar el lector. Pero son las que amistan con la realidad, las que retratan con alguna justeza el escenario surcaucásico. Por eso quise que fueran el pórtico de entrada para esta nota.

Menos que un acuerdo (no otra cosa es una hoja de ruta) ha sido suscripto por los cancilleres de Armenia y Turquía con la asistencia del gobierno suizo, en la víspera del 24 de abril, día en que los armenios memoran el genocidio y renuevan la demanda por su reconocimiento. Víspera también del día en que el presidente de EE.UU. debía cumplir su promesa de llamar por su nombre lo que hasta entonces recordaba como “tragedia”, no más.

Por eso hoy nos preguntamos: ¿El preacuerdo es funcional a los intereses del gobierno turco que quiere silenciar la demanda? ¿Es funcional a los intereses estratégicos de EE.UU. que tiene en Turquía un aliado fenomenal en el Oriente islámico y petrolero? ¿La hoja de ruta que se firmó al pié de los Alpes es, acaso, una defección del gobierno del presidente Serge Sargsian, que en aras de resolver dificultades de menor monta arría banderas principales para los armenios? Respondo afirmativamente a las dos primeras preguntas. No así a la restante.

Conviene precisar las ideas. Que un acuerdo sea favorable a los intereses de un Estado no implica que necesariamente perjudique al otro Estado. De hecho, los acuerdos se alcanzan cuando las partes involucradas en un diferendo creen hallar ventajas en su celebración, aun cuando deban hacerse algunas concesiones recíprocas. Y la medida de lo que cada uno concede depende de su poder económico y militar, de su situación doméstica y de su peso en las relaciones internacionales. Los acuerdos que favorecen a una sola parte son los que sobrevienen a las guerras, son imposiciones del vencedor al vencido que se presentan bajo la forma decorosa de un tratado.

Por lo que sabemos, la hoja de ruta en cuestión dice que los gobiernos de Armenia y Turquía negociarán sus diferencias, sin precisarlas y sin avanzar en los contenidos. Y hoy es prematuro abrir juicio sobre los beneficios o perjuicios que puedan sobrevenir. Por eso, más allá de las declaraciones que cada una de las cancillerías ha hecho para sosegar a sus respectivos frentes internos, conviene ser prudente al valorar el hecho. Es comprensible que en las presentes circunstancias algunos partidos de la oposición, a uno y otro lado del río Arax, manifiesten su descontento, y hasta puede entenderse que un partido de la coalición gobernante en Armenia haya decidido pasar a la oposición.

En cuanto al secreto que los gobiernos han guardado sobre sus escarceos diplomáticos, también es preciso comprenderlo. Esta clase de negociaciones necesitan discreción para no abortar en el intento. Así ocurre cuando se trata de cuestiones susceptibles de ser utilizadas no sólo por la oposición doméstica, sino también por los otros actores regionales. Asunto irritativo que llama a suspicacias, desde luego, pero nunca ha sido diferente en las relaciones interestatales.

Es necesario analizar las cosas sin apasionamiento. Mirar bien la situación de Armenia y de Turquía, sus extensiones territoriales, sus economías, su peso en el mundo, sus respectivas capacidades militares, el desarrollo tecnológico de uno y otro Estado. También sus sistemas de alianzas y la fiabilidad de los socios de cada uno. Ver el grado de complementariedad de las economías y de los recursos científicos y tecnológicos de ambos países. Un escenario complejo en el que, confío, el gobierno de Armenia sabrá desenvolverse para alcanzar el mejor resultado posible a la hora de estampar su firma.

Yo prefiero esperar y esperanzarme a persistir en el aislamiento y alentar un clima de conflicto que no consienten estos tiempos y no tolera la mediterraneidad de Armenia. Por otra parte, creo que en este asunto más que en otros habrá que tomar en cuenta los anhelos de quienes viven adentro de esas fronteras. Son cosas de la seguridad nacional, son cosas que hacen al bienestar de una nación que necesita salir al mundo.

Por eso discrepo con quienes, intoxicados de nacionalismo, levantan los viejos estandartes para afrontar los problemas que plantea la modernidad. Descreo del discurso inflamado cuando la solución de los problemas difíciles que debe afrontar Armenia precisa estabilidad doméstica y relaciones amigables con sus vecinos. Creo que la demanda de reconocimiento del genocidio, la defensa de Karabagh y los otros asuntos pendientes pueden sostenerse y aun llevarse a feliz término restableciendo las relaciones interrumpidas con los estados vecinos. Porque, como lo dije una vez, las naciones no pueden transitar la historia en estado de beligerancia permanente.

A la prensa comunitaria

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

El alfabeto quiere que nombre a los medios de prensa principales en este orden: Armenia, Nor Sevan, Sardarabad. A ellos y a sus directores y editores están destinadas estas palabras. A sus lectores también. Las digo como lector y ocasional autor de algunos textos y como quien palpita dos anhelos y se nutre de dos culturas. Alma overa, en el lenguaje amable de tierra adentro.

Algunas cosas necesitan ser revisadas en nuestra comunidad para adaptarlas a una realidad que se nos viene encima. Los cambios son veloces y si no amistamos con ellos terminarán por devorarnos. En efecto, hoy nos encontramos con instituciones y productos institucionales que no satisfacen las expectativas de las generaciones nuevas.

No estoy hablando de cuestiones pannacionales. Estoy hablando de los armenios del Río de la Plata y de sus asuntos domésticos. Más precisamente, de su prensa gráfica.

La prensa comunitaria está demorada

Once varas es un talle incómodo para mi anatomía, por eso no voy a hablar de viejas cuitas ni de los chisporroteos que fosforean de tanto en tanto. Para mi propósito de hoy basta recordar que la prensa de nuestra comunidad vio la luz en idioma armenio y que con el advenimiento de las generaciones hispanohablantes fue cediendo espacio a textos castellanos que pronto se transformaron en suplementos permanentes. Y finalmente la lengua dominante fue el español y el armenio se volvió suplementario. Esta mudanza, comprensible desde luego, acompañó los cambios generacionales de nuestra comunidad en lo tocante al idioma.

Pero no fue así con los contenidos, con los temas que se abordaron y se abordan todavía. En este punto nuestra prensa está demorada. Las generaciones argentinoarmenias tienen intereses diferentes a los de sus padres, abuelos y trasabuelos. Cada vez más esas generaciones adquieren las costumbres locales, cada vez más sus afanes se arraigan en la tierra que pisan. Y, entonces, cada vez menos se sienten espejados en los periódicos armenios.

Los de la primera generación casi vimos desembarcar a nuestros padres y fuimos testigos de sus primeros esfuerzos. Luego vimos nacer y crecer a nuestros hijos y nietos, algunos de los cuales todavía conservan los rasgos culturales surcaucásicos y otros los extraviaron a manos del mestizaje y a golpes de realidad. Y nada puede observarse al respecto porque, a la larga, el trashumante siempre olvida su mochila en algún lugar del camino.

Somos Cáucaso y somos Pampa

Pero sí puede observarse que nuestros medios de prensa no han acompañado este proceso. Se ciñeron a las cosas de allá olvidando la condición crecientemente criolla y mestiza de sus lectores. Como la mujer de Lot, por mirar hacia atrás se convirtieron en estatuas de sal. Y los lectores, para no correr la misma suerte, se olvidaron de ellos.

Quiero señalar las faltas y las demasías. Si bien es cierto que hay quienes cada semana leen con fruición los periódicos comunitarios, también hay quienes los ignoran. Porque son monotemáticos, porque escriben sobre unos asuntos y omiten los que marcan el ritmo de vida de los lectores jóvenes. Bien por lo primero, porque los armenios de allá y los de acá y acullá somos una misma nación, tenemos demandas comunes y alentamos sueños parecidos. Pero así como los de allá tienen cosas que sólo a ellos les importan, los de acá tenemos intereses que nos son propios. Una nación y dos sociedades (debiera decir cien) que habitan realidades diferentes, que por estar acostumbradas al vértigo y al cambio no toleran el repiqueteo incesante de un solo badajo: esto es lo que somos. Mil manifestaciones de la cultura están ausentes en nuestros medios y los hechos locales y regionales apenas ganan espacio.

Desde luego la prensa nuestra no puede reemplazar a los grandes medios que se editan diariamente en el país, no puede competir con ellos; pero si ensancha su universo y cuenta con colaboradores talentosos puede merecer un lugar decoroso en la preferencia de los lectores. Aún más: puede romper de una buena vez los límites estrechos de la colonia para llegar a lectores no armenios. Basta que sepa trasvasar en una y otra dirección los valores y las culturas e ingrese en los canales de distribución que conducen a los quioscos.

Mirémonos en el espejo: somos los armenios de allá modificados por la tierra que pisamos, por la cultura que nos rodea y por el tiempo que nos traspasa, somos el resultado de la historia particular que nos ha tocado vivir, y nuestras acciones y afanes tienen el sabor y el color de la mixtura. Los que ahora estamos aquí fuimos concebidos en un cruce de caminos, somos Cáucaso y somos Pampa, pero nuestros periódicos no reflejan esta dualidad.

El tamaño del mundo

No conozco una comunidad nacional que, establecida en otra tierra, lea solamente las cosas que ocurren en la tierra de sus predecesores; no conozco gentes que después de dos o tres generaciones le den la espalda al medio que los rodea. Hoy, cuando los acontecimientos del mundo están a un clic de distancia y la información se guarda en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, cuando el mestizaje cultural arrecia con la fuerza de mil corceles, no podemos soslayar la realidad. Los hijos de aquellos inmigrantes tenemos el deber de abrir las puertas para que sea lo nuevo, para que la historia no nos olvide una vez más. Y nuestra prensa es una herramienta útil para iniciar ese camino.

El universo humano se ha agrandado porque el mundo se ha achicado. Las distancias se miden por el tiempo que se tarda en recorrerlas y las culturas se valoran por su capacidad de interactuar con otras culturas. En un mundo así, en un tiempo como el que nos toca vivir no podemos mirar en una sola dirección. No basta saber lo que ocurre allí, al otro lado del río Arax, también hay que saber qué cosas ocurren en nuestra vecindad y en el mundo, cómo muda la cultura, el arte, la economía, la política, las ciencias. Porque si confiamos a otro ese trabajo, ese otro arrasará nuestras casas y se llevará a nuestros lectores para cobijarlos en sus páginas.



Vuelvo sobre mis pasos: nuestra prensa no puede reemplazar a los grandes medios, intentarlo sería un dislate. La prensa grande tiene un sitio y la comunitaria otro. Pero ésta, con los temas que están a su alcance y con espíritu plural y calidad periodística, puede ganar el interés de los lectores remisos.

Deliberadamente he omitido las cuestiones financieras. Ellas son ajenas a mi incumbencia y también a mis conocimientos. Seguramente los actuales responsables de los periódicos podrán dar las respuestas adecuadas en este sentido, pero me atrevo a suponer que un mayor número de lectores dará por sí mismo un resultado alentador.

Esta exhortación no quiere desgraciar a quienes esforzadamente, semana tras semana, escriben, editan y distribuyen los periódicos y las revistas comunitarios. Tampoco a quienes emiten programas radiofónicos o los difunden por Internet. Quiere ser un aporte para la puesta en valor de esos medios, de manera de dar una respuesta efectiva a las demandas de la colonia armenia.

La historia en espejo

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Transgredir las mandas sociales suele causar dolores de cabeza. Eludir las reglas de la Academia también. Y el ejercicio que hoy vengo a proponerte, amable lector, consiste, precisamente, en transgredir esas mandas y eludir esas reglas. Consiste en mirar las cosas como no son todavía, en revisar el futuro posible a la luz del pasado cierto. Sin hacer ejercicios adivinatorios y sin alentar ficciones, quiero que juntos miremos desde hoy el mañana de la diáspora armenia.

Este ejercicio, que no es nuevo, ha tenido innumerables propiciadores. Desde charlatanes ignotos y oráculos de fama mal ganada hasta pensadores ilustres y estadistas talentosos, muchos ofrecieron sus profecías y sus pronósticos para bien o para mal de las gentes. Y hoy mismo te cruzas una y otra vez con pronosticadores que por la tevé o por la radio te venden un futuro venturoso si votas a su partido o te amenazan con todas las desventuras si optas por el partido de su oponente.

Mi oficio es más modesto y menos pretencioso. También es menos interesado que el de esos pronosticadores. Por eso me atrevo a decirlo aquí y ahora, cuando se recuerda otra vez el genocidio armenio. Quiero ensayar una visión del mañana sin ninguna pretensión adivinatoria, quiero sospechar qué destino le espera a estas comunidades que, masacradas y hostigadas en la tierra que las vio nacer, a principios del siglo pasado llegaron a estas costas buscando pan, paz y seguridad.

El revés del espejo

Los historiadores y otros especialistas postulan que la historia describe la realidad, y esa postulación ha alcanzado un alto nivel de consenso. Pero los hay (filósofos sobre todo) que no lo creen así, dicen que no hay más realidad que esta de aquí y ahora. Y también están los que descreen de toda realidad (quizá el obispo Berkeley sea quien levantó más alto este estandarte).

Yo no voy a embarcarme en esas naves que surcan las aguas de la filosofía, de la política o del arte según soplan los vientos. Voy a situarme en el plano ideal que divide lo que hay a ambos lados del espejo. De un lado, el genocidio de 1915-1923, las deportaciones en masa y el destierro; del otro lado, la confrontación de las culturas, la búsqueda de horizontes nuevos, a veces el recurso inevitable del olvido con la consiguiente pérdida de identidad. Los dos lados del espejo conducen al mismo resultado. Por eso digo que hoy, cuando volvemos sobre el genocidio, no podemos dejar de espiar el futuro para ver si nos depara otra pérdida que, aunque amable, le birlará millones de almas a la nación armenia.

Es que el espejo, por ser tributario del tiempo, con la memoria del antes construye el después. El espejo pone allá lo que está acá, pone abajo lo que está arriba; y el tiempo recoge la diferencia. Así es como entretejen sus versos los poetas, pero también es así como construyeron su prosperidad los japoneses de hoy y como trabajan los estadistas de la China que puja por alcanzar la modernidad. Los judíos supieron entender la alegoría del espejo, los asirios no. ¿Cuál será el caso de los armenios? ¿Sabremos sacar partido de esta treta que nos juega el tiempo y que prefigura el espejo?

Buenas migas con la realidad

Después de decir estas cosas debo reconciliarme con la realidad. Y quizá también con mi lector. Porque las alegorías precisan un tiempo, una tradición y una estética para consagrarse y ser recogidas por las gentes; y mi alegoría es nueva, no tiene edad, no conoce tradición y la he dicho así, a boca de jarro. Mi alegoría necesita amistar con la realidad.

Voy a las cosas. El genocidio que ahora estamos memorando y que es el fundamento doloroso de nuestras demandas, cobró un millón y medio de vidas armenias en los años de la Primera Guerra Mundial. Y ese mismo genocidio siguió cobrando vidas armenias durante todo el siglo XX y seguirá cobrándolas en el XXI. Con y sin sangre, la pérdida que el genocidio le causó y le sigue causando a la nación armenia es difícil de cuantificar, porque las dos terceras partes de esa nación ya se han arraigado fuera del territorio nacional y palpitan otras culturas, diferentes las unas de las otras.

Alguna vez he hablado de esto y mi propósito al repetirlo ahora no es avivar la herida ni cuantificar la pérdida. Mi propósito es poner delante del espejo la historia reciente de los armenios para que el espejo la devuelva invertida: allá lo que está acá y arriba lo que está abajo. Como hicieron los japoneses y los judíos, como lo están haciendo ahora los chinos, como no lo hicieron nunca los asirios y son un pueblo que quizá nunca se redima ni recupere su entidad política. Alguna vez dije que nuestro espejo, el de las generaciones armenias nacidas en la diáspora, atrasa, y no creo haberme equivocado. Nuestro espejo está fuera de tiempo y el legado que nos dieron los viejos tumba y retumba en nuestra conciencia como un pasado perpetuo. Debemos despertar de esa fatiga dolorosa para que las heridas no cieguen nuestro entendimiento, porque la reparación del daño ingente precisa mentes lúcidas que enderecen la demanda en la dirección correcta.

Las generaciones nuevas necesitan un resuello para recuperarse del legado de dolor que recibieron de aquellos inmigrantes desventurados. Si en un mundo hedonista como el que nos ha tocado en suerte no comprendemos esto, los nuevos nos abandonarán y elegirán las mil gratificaciones con que los tienta Occidente. Ofrezcámosles un espejo que no atrase, porque así lo quiere la historia para no desafiar al tiempo.

Creo que así, y sólo así, haremos buenas migas con la realidad y reconstruiremos una nación que, como lo decía Rupén Vartanian, Ren, ya ha dado muchos millones de sus hijos en holocausto a la humanidad.

La vejez del dios


He nombrado a Ren, lúcido constructor de utopías (la construcción de utopías requiere lucidez, de otro modo sólo podrán construirse quimeras) y pluma exquisita que leí en mi primera mocedad. Se trataba de un fabulario que ya no conservo, el título de uno de cuyos cuentos traduzco como El dios envejecido y el demonio.

Decrépito estaba el dios con la eternidad a cuestas, enfermo y adolorido porque sus súbditos, los hombres, ya no le obedecían. Y para hallar arreglo a tan aflictivo asunto consultó a los príncipes del cielo. Y finalmente encontró la manera de solucionar el gran tiberio humano: ordenó que se dispersara al pueblo del Ararat por todo el orbe para que su sangre, mezclándose con la sangre de aquellos desquiciados, renovara a la especie y así renaciera la humanidad.

Desde luego, el artista tiene licencia para transgredir el sentido común, y en este caso la transgresión roza la apostasía. Pero aún así debe aceptarse la metáfora porque denuncia el destino injusto que le tocó vivir al pueblo del Ararat. Y además porque, en mi opinión, sin quererlo aquel autor utilizó la alegoría del espejo para sublevar a su lector y así sortear el conjuro que había llevado a los armenios por los caminos de la muerte y la dispersión. ¡Destino dictado por un dios viejo y quebrado! ¿Quién no se subleva frente a tamaña iniquidad?

Y la sublevación quiere el cambio, pone allá lo que está acá y pone arriba lo que está abajo. La sublevación recoge el pasado en el crisol del presente, lo forja conforme a la necesidad y al deseo del sublevado y lo arroja hacia delante. Es el espejo de la alegoría que, amistando con el tiempo y, entonces, con la realidad, reconstruye la esperanza.

Creo que ya es tiempo de mirar hacia adelante, de dejar a los historiadores la descripción del pasado y reivindicar para nosotros, los de la diáspora, el otro trabajo, el de reconstruir la esperanza.

La conmemoración del 24 de Abril es una herramienta para sostener nuestra demanda de reconocimiento y resarcimiento, pero la edificación de un futuro promisorio para las comunidades armenias de la diáspora no debe hacerse sobre los muertos insepultos. El espejo tiene frente y envés, y no puedes, a un tiempo, mirarlo por uno y otro lado.

Texto difundido el 8 de abril de 2009 por la audición La Hora Armenia, que se emite por AM 750 Radio Del Pueblo.

Temo que todavía estemos mirando a la educación como una manera de resistir la integración al medio

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Si el esfuerzo que realizan los armenios para sostener las escuelas incorporadas a la enseñanza oficial es justificado o si, por el contrario, importa un dispendio de energía que podría dar mejores frutos en otras áreas del quehacer comunitario. Si en estos tiempos de instrumentalización del saber es atinado que los armenios subroguemos al Estado en la función de enseñar o si conviene aplicar las fuerzas a otros fines.

Estos temas pueden escocer la piel sensible de los armenios, pero aún así debemos abordarlos para no exponernos a frustraciones, para que no nos devoren estos tiempos veloces, para que este acortamiento de las distancias y esta omnipotencia de los mercados no nos diluyan en el caldo uniformador de la globalidad. Es preciso que examinemos el asunto y establezcamos qué acciones nos permitirán preservar nuestra identidad sin lastimar la necesaria integración al medio.

Las escuelas armenias que en los años ’50 se incorporaron a la enseñanza oficial y que sin duda contribuyeron al desarrollo institucional de la comunidad, hoy necesitan ser revisadas para decir si se adecuan a las exigencias de estos tiempos. Las condiciones sociales, culturales y económicas de las familias que habitan nuestra colonia han cambiado. También han cambiado las expectativas de los varones y mujeres de la tercera y cuarta generación que acuden a las aulas.

La ciencia de la educación más que otras necesita acompañar los cambios sociales y políticos y el desarrollo de los medios de comunicación y de organización del saber. La escuela es el primer agente social que percibe esos cambios aunque -¡ay!- no sea su primer beneficiario. Porque no alcanza con proveer algunos computadores o enseñar informática en las aulas; hay que cambiar la actitud frente a las cosas, frente al mundo, frente a lo que se quiere guardar y lo que se quiere desechar. Ahora el trabajo identitario ha mudado de signo, ya no puede mirarse como un esfuerzo de exclusión sino como un ejercicio permanente de integración en la diversidad. Porque así lo quiere la realidad, siempre acuciante.

Los dirigentes institucionales y los educadores de las escuelas comunitarias deben tener la perspicacia necesaria para ver estas cosas que están ahí, frente a sus ojos, a la luz del día y al alcance de la mano. También deben sincerarse frente a sí mismos y frente a la sociedad para decir cuánta es la población escolar primaria y secundaria que acude a las escuelas armenias y cuánta la que frecuenta otras escuelas; qué por ciento de los alumnos que visitan diariamente nuestras aulas son de origen armenio; cuántos de ellos se insertan en la vida comunitaria, por cuánto tiempo, cuántos desertan en el curso de los diez años posteriores a su egreso.

Estas y otras cosas merecen ser examinadas para sopesar el rédito institucional que dejan las escuelas armenias en su actual estructura y composición. Porque dadas las circunstancias de la sociedad argentina, el ingente esfuerzo que requiere el sostenimiento de esas escuelas sólo puede medirse en términos institucionales. Favores y disfavores de otra clase pueden obtenerse en los mil institutos que se ofrecen aquí y allá.

Economía

El título de este acápite debe entenderse como el “conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de una colectividad o un individuo”. Así lo enseña el diccionario académico, en cuya autoridad me amparo para que no se me atribuyan propósitos crematísticos. En este sentido, conviene hacer un ejercicio de duda e indagación para establecer si el esfuerzo que la colectividad hace para impartir la educación pública arroja beneficios tangibles, o si, por el contrario, consume las energías que en otras áreas podrían dar mejores frutos. Porque aún cuando el Estado subsidia a los institutos que imparten la enseñanza oficial, el histórico déficit que generan las escuelas armenias distrae a una comunidad que todavía no ha desarrollado sus instituciones culturales y no ha imaginado maneras de hacer atractiva la participación de sus miembros. “Debemos conseguir que ser armenio sea buen negocio” me decía un amigo. Más allá de su prosaísmo, la metáfora dibuja un perfil de la realidad. Estamos padeciendo una diáspora de la diáspora porque nuestras instituciones no tienen una oferta atractiva para conjurar el éxodo. Quizá, sólo quizá, reemplazar al Estado en su función educativa sea un error en los tiempos que corren. Quizá, nuevamente quizá, a eso se debe el exiguo número de armenios que pueblan nuestras aulas.

Son dudas que invitan a examinar estas cosas sin preconceptos y con serenidad de ánimo para que las comunidades armenias del Río de la Plata recuperen su vitalidad y su identidad amenazadas. No basta con amonestar a los ausentes, es necesario saber por qué se ausentan. Sin improvisaciones, echando mano a los medios de que dispone la sociología y sus disciplinas tributarias, hay que hacer un diagnóstico social para remediar el mal.

Vuelvo sobre mis preguntas: ¿Cuál es el número de la población escolar primaria y media total y cuál el de los que acuden a nuestras casas de estudio? ¿Por qué una comunidad que creció en número ha ido despoblando sus aulas? Los estudios prospectivos no son ejercicios adivinatorios; se nutren del pasado, hacen estadísticas fiables y preanuncian un futuro posible. Los gobiernos toman esta clase de recaudos para administrar a sus sociedades, las instituciones que perduran en el tiempo, también. El dirigente social tiene deberes que no puede eludir, éste entre ellos.

Hacia un nuevo modelo educativo

Nadie se atormente pensando que propugno el cierre de las escuelas armenias. Esas escuelas acompañaron a los armenios en sus venturas y desventuras en todos los lugares donde se arraigaron para reedificar sus vidas. Fueron el motivo de sus desvelos y merecieron sus mejores afanes y sus mayores esfuerzos. Las escuelas le dieron calor y sabor a la vida de los armenios cuando la añoranza los abrumaba.

Pero las escuelas armenias no nacieron incorporadas a la enseñanza oficial, no se abrieron para satisfacer el programa nacional de educación pública y obligatoria. Esas escuelas tenían el propósito de enseñar la lengua y la cultura armenias a los hijos de los inmigrantes. Fueron escuelas idiomáticas que recibieron en turno matutino a quienes cumplían el programa oficial durante las tardes y en turno vespertino a quienes lo cumplían durante las mañanas. Y así durante algunas décadas, hasta que se incorporaron a la enseñanza oficial. De esas escuelas egresaron quienes mejor hablan la lengua y están más asidos a los valores ancestrales.

Cada lugar ofrece sus frutos y cada tiempo impone sus rigores. Las colonias armenias de la primera mitad del siglo pasado fueron las grandes educadoras de sus hijos; las de la segunda mitad fueron las que concentraron bajo un mismo techo todo el universo educativo, con excepción del universitario. Y ahora, cuando este esquema está en crisis porque las identidades nacionales se desdibujan y nuestros hijos acuden a escuelas y colegios extracomunitarios, es preciso revisar los diseños educativos. ¿Es tiempo de regresar al viejo modelo escolar, adaptándolo a los requerimientos crecientes de los niños de ahora? Sobre esto deben hablar nuestros educadores.

En lo que a mí concierne (no soy educador), temo que todavía estemos mirando a la educación como una manera de resistir la integración al medio. Que en nuestra porfía por seguir así se sigan despoblando nuestras aulas y que sin quererlo estemos alentando la deserción y el descontento de nuestros muchachos. Y temo que las campanas de alerta dejen de sonar sólo cuando estemos sordos.

Una nación, dos repúblicas, cien mestizajes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Un origen, una lengua, una cultura, un estado son los atributos que definen a una nación. También un territorio para edificar el futuro. Así ocurre con las naciones de Europa, de América, de los otros continentes. Con más o menos entrecruzamiento, con rasgos culturales que vienen de aquí y de allá, las naciones se establecen en un suelo, hablan una lengua, cumplen iguales ritos y bailan las mismas danzas. Algunas no tienen todavía un territorio o fueron despojadas del que tenían, otras carecen del atributo de la soberanía política, pero ninguna, que yo sepa, multiplica su república, su lengua, su cultura y su terruño como los armenios.

Hace menos de un siglo los armenios no tenían Estado y hoy congregan a un tercio de sus almas en dos repúblicas y dispersan a los dos tercios restantes en múltiples países y ciudades, adonde las culturas, las lenguas y los intereses diferentes los interrogan sobre su identidad nacional.

En 1918 nació la República de Armenia. En 1991, tras un intento fallido de anexión, vino a la historia una nueva república, Karabagh. Entretanto, grandes contingentes de armenios migraron en todas direcciones fundando colonias, entretejiendo su cultura con otras culturas y conciliando valores diferentes.

¿Acaso los armenios van en camino de ser una nación multiidentitaria? ¿Es compatible esa condición plural con la idea unitaria de nación? ¿Habrá que rescatar el concepto de dispersión y dilución con que la historia amenazó a los armenios hasta entrado el siglo veinte?

Hoy quiero fatigar estas preguntas. Quizá el lector me ayude a encontrar las respuestas
[i].

Una nación

Hay pueblos que se interrogan si son una sola nación o si son un mosaico étnico, lingüístico y cultural. Pueblos que profesan diferentes religiones, hablan lenguas varias, difieren en su aspecto unos hombres de otros y cuyas costumbres todavía no han conocido el proceso complejo y enriquecedor del mestizaje. Pueblos que tienen intereses diferentes y hasta contradictorios y por eso alimentan constantemente la caldera del conflicto doméstico, aún cuando comparten un mismo suelo y viven a la sombra de un mismo Estado.

Este no ha sido el caso de la nación armenia. La nación armenia conoció un origen, una lengua, una cultura, una religión. La historia de los armenios es una y sólo los tiempos modernos han abierto cauces por donde hoy corren los flujos culturales mestizos y los intereses diferentes. Quiero decir que las adversidades de la historia reciente, las migraciones y la deportación forzada, la convivencia con las sociedades islámicas y aún la conversión de algunos a esa religión, no vencieron la unidad de los armenios como nación.

Pero llegó el siglo XX. Y si bien ese siglo trajo consigo la seguridad de subsistir como nación y como Estado durante siete décadas, construyendo una estructura política y económica y un sistema de relaciones que hoy perduran, la nación armenia debió padecer la deportación y el genocidio y migrar en diferentes direcciones para guardar su vida y encontrar un horizonte cierto. Armenia fundó un Estado republicano y conoció su independencia, se asoció a una federación de naciones que le permitió discurrir con seguridad durante siete décadas, pero también conoció la muerte en masa, la dispersión y, últimamente, la duplicación de su organización nacional. Hablo de las dos repúblicas.

De modo que la amenaza a la unidad nacional de los armenios acecha desde fines del siglo XIX, se agudiza a partir de la Primera Guerra Mundial y se profundiza a partir de 1991. Todo ello acompañado de un formidable proceso de aculturización y mestizaje en las colonias.

Dos repúblicas


Karabagh también es Armenia. Pero Karabagh no es Armenia. Una dualidad que quiso ser táctica, que en alguna medida lo es, pero que cada vez lo será menos porque ese Estado, que encuentra su legitimidad en la historia y en la determinación de su gente, no ha sido, sin embargo, reconocido por la comunidad internacional. Hay razones que explican esta circunstancia. Como hay razones que explican por qué ese enclave irá adquiriendo una identidad política propia, tal que será difícil fusionarlo a la república madre si la actual situación se extiende por algunas décadas.

En la modernidad (hablo de los dos últimos siglos) raras veces los estados se han fusionado en una unidad política sin mediar la violencia de unos sobre otros. En cambio fueron muchos los estados que estallaron en dos, en tres, en más, para dar nacimiento a otros estados menores. No es el caso de Armenia y lo sabe el lector, pero el dato marca una tendencia propia de los países situados en regiones conflictivas.

Esta dualidad conspira contra la seguridad de los armenios y de sus repúblicas, porque puede ser usufructuada por intereses que, por ahora, están ocupados en asuntos de mayor porte. Esta dualidad alimenta intereses internos que quizá mañana no quieran ceder posiciones. Sé que no debo alentar suspicacias pero, en este sentido, no puedo dejar de recordar que los musulmanes de la India apoyaron con fervor las demandas de Gokhale, de Gandhi, de Nehru, del Partido del Congreso; pero tan pronto se avizoró la independencia del Reino Unido, se escindieron y formaron el Pakistan, hoy un rival nuclear de la India. Y no fueron las diferentes religiones las causantes de esa fractura.

Pero no se engañe el lector. Ambas repúblicas son armenias, ambas merecen los sufragios de los armenios y necesitan de su apoyo para sortear la hostilidad de sus vecinos. Sin duda. Pero hubiera sido deseable que un solo Estado cobijara a los armenios del Cáucaso, que a las muchas comunidades coloniales que se diferencian más cada vez, no se sume la fragmentación política allá, en la tierra madre.

Cien mestizajes

Y luego están las colonias que se establecieron en todos los lugares del mundo, al abrigo de sociedades más o menos amables. Amabilidad que tiene dos rostros: uno, el de las leyes que les ofrecen oportunidades parecidas a todos los hombres, cualquiera sea su nación, su ascendencia y su creencia; otro, que no está legislado y que es parte del estilo de vida y de las costumbres de cada sociedad, le ofrece tal cobijo a las culturas exóticas que, a poco de hervir en la marmita social, las incorpora y las funde en su caldo. Argentina reúne ambas características. Argentina y los otros países aluvionales de América son particularmente amables, no sólo con los armenios, sino también con las otras naciones que habitan su suelo
[ii].

Esta generosidad legislativa y social es bienhechora, desde luego. Pero hay que decir que también contribuye a diferenciar a los armenios de aquí de los de allá. Cada vez más ese híbrido social va adquiriendo identidad propia y multiplica la personalidad de los inmigrantes y de sus descendientes.

Y si bien los armenios diaspóricos tienen algunos rasgos identitarios que les son propios, que los distinguen de las otras culturas y naciones, hay que admitir que paulatinamente van adquiriendo las costumbres de las sociedades receptoras. Cada vez más unas colonias se van diferenciando de otras y es razonable creer que los tiempos históricos, que suelen medirse en siglos, profundizarán esas diferencias.

Desde el punto de vista humanístico un proceso como el descrito -que por otra parte ocurre en todas las sociedades en cualquier lugar del mundo- es deseable. Y desde el punto de vista sociológico es saludable. Por eso creo que no hay razón para preocuparse si este proceso se cumple en los tiempos de la historia y al ritmo de las grandes pulsiones sociales. Pero con la nación armenia este proceso es forzado y se cumple apresurando la historia que, antes bien, semeja la crónica de una dispersión. Dispersión social por la multitud de comunidades que se han asentado definitivamente en tantos lugares del mundo, dispersión política porque una misma nación conoce dos repúblicas, dispersión cultural porque inevitablemente la fusión con otras culturas opera sin orden ni método, dispersión lingüística porque hoy son muchos los que no hablan su lengua madre, dispersión teleológica porque los anhelos de los armenios de un lugar son diferentes a los de otro lugar. Dispersión, diferenciación, dilución en un siglo solamente. Recientemente, sólo en una docena de años, la República de Armenia vio emigrar a casi un millón de sus habitantes, un cuarto de su población total.

Cien mestizajes, subtitulé este acápite y seguramente exageré el número. ¿Pero quién puede decir que exageré mis prevenciones? ¿Qué será de una sociedad que extravía y fragmenta así a sus miembros? ¿Qué será de un país que debe mentir la cantidad de sus habitantes, que no cuenta con recursos energéticos, que cada vez más es controlado por grupos económicos de sospechosa legalidad, que mantiene severas hipótesis de conflicto con el más poderoso de sus vecinos y un estado latente de beligerancia con el otro? ¿Qué hacer si el vecino que se interpone entre tu territorio y el de tu aliado interrumpe el tráfico mercantil y las comunicaciones? ¿Qué si alguna vez el gendarme del mundo concreta su amenaza de invadir el territorio de tu vecino más amigable? En las actuales condiciones del Cáucaso y del mundo, ¿cómo volver al regazo de la poderosa Rusia? Son asuntos geopolíticos que no quise tratar esta vez pero que pujaron por ganar algún espacio.

Regreso a mi preocupación de este día y concluyo. No he ofrecido soluciones, no sabría hacerlo. He mirado la realidad con mis ojos armenios, con mis ojos argentinos, con mis ojos humanos y la he puesto sobre este papel para que otros también la miren. Porque el mirar y ver es parte de la solución, es el principio del camino que nos toca recorrer. Siempre.


[i] Bien sé que mis preocupaciones no son originales, que el asunto de la identidad ha sido recurrente para los armenios, así como lo es el tema de la dilución. Hasta se ha acuñado una expresión para hablar de estas cosas: masacre blanca, remedo sociológico de la masacre roja de 1915. Pero quizá sea original esta manera de analizar el tema, porque otro es el escalpelo que hundo en la realidad.
[ii] Ver preámbulo de la Constitución Argentina, examinar la historia y la realidad social americanas.

Paradoja de Tute o de los armenios

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Zenón de Elea inventó la paradoja de Aquiles y la tortuga sin llamarse Aquiles y sin tener parentesco con las tortugas. Schrödinger imaginó la paradoja del gato siendo él humano como el que más. Y no creo que un perisodáctilo solípedo sea el autor de la paradoja del caballo, ni que Epeménides, a quien se le atribuye la paradoja del mentiroso, lo sea. En fin, me pregunto si es necesario ser armenio para imaginar una paradoja de los armenios.

Ignoro qué quiso decir Tute cuando dibujó al personaje que preside estas divagaciones como parte del discurso de ese personaje, cuál es el sentido de su chanza. Yo elijo creer que quiso amonestar a quienes se nutren de su propio discurso y andan por ahí mirándose sus ilustres ombligos. Aquellos que, incapaces de confrontar sus pensamientos y sus anhelos con otros pensamientos y con la realidad, se enamoran de su discurso y se encierran en él para nunca ver la luz del día. Tales hombres son estorbos en las vidas de los otros y en la suya propia. Son los que alimentan su necedad con los mocos de sus propias narices, narcisos que se esfuman cuando se enturbia el espejo de su vanidad.

Todas las paradojas que conozco han sido puestas en palabras y se sostienen sobre argucias que tienen algún parentesco con la lógica. La paradoja de Tute o de los armenios es un dibujo que excluye la palabra y, a diferencia de las otras paradojas, aún no ha recibido el embate de los exégetas. Tute es el padre biológico de la paradoja, el que la ha parido; yo soy su padre putativo, el que le dio nombre y se la atribuyó a los armenios. Y si el lector quiere compartir la paternidad que diga si el dibujo representa a los armenios de estas costas, no por la longitud de su nariz, sino por su encierro.

Comunidad intrauterina

Ahora viene a mi memoria un cuento de Rupén Vartanian, “Ren”, cuyo título traducido al español es Dios envejecido y el Demonio. Después de imaginar unas curiosas contingencias transmundanas y para hallar arreglo al desorden habido entre los hombres, Dios ordena que el pueblo armenio sea dispersado por el mundo en todas las direcciones. Esa orden dice más o menos así: Dispersad al pueblo del Ararat a los cuatro vientos, entre todos los hombres, entre todas las clases, entre todas las naciones; que se mezcle con ellos para que una nueva humanidad sea posible, una humanidad renaciente, edificante. Que su antigua y noble sangre sea una con la sangre de los hombres extraviados de nuestros días, para que sea lo nuevo*.

Más allá de la exquisita pluma del autor, más allá también de su fecunda imaginación y de la metáfora que invita a sublevarse aún contra Dios, me parece que el texto nos muestra cómo somos los armenios, cómo nuestra historia nos ha ido construyendo y deconstruyendo para llegar, al fin, a ser una comunidad intrauterina.

Si era comprensible que las generaciones que migraron a estas tierras para escapar de la persecución y de la muerte, de la zozobra y del hambre, se refugiaran en sí mismas y amurallaran su vida con las piedras duras de su cultura, no lo es ahora, cuando las generaciones nacidas en estas costas se nutren de las costumbres amigables de América y se mixturan biológica y culturalmente formando una nueva argamasa social.

Siento molestar a mis armenios. Pero no puedo dejar de decir lo que veo, no puedo plantarme frente al dibujo del humorista sin caer en la cuenta de que nos espeja a los armenios que, en nuestra porfía de seguir siendo lo que fuimos ayer, desafiamos las leyes de la gravedad social. Y para hacerlo construimos una muralla de verdades absolutas y nos situamos ahí, en su justo centro. Somos armenios paradojales porque nos resistimos a comprender que más allá de nuestras fronteras culturales, políticas e ideológicas, hay un universo que no admite deserciones.

Dios es armenio

Es de mala práctica simplificar las cosas que son complejas por naturaleza, y también lo es enredar lo que es simple. El asunto de los armenios y su afán por resguardar su identidad es complejo. Pero aún así, nada me impide ilustrar el problema con unos versos traídos del folclore revolucionario. Una de esas canciones dice que “el aire y el agua de Armenia son tashnagtsagan”, y los comunistas del período soviético cantaban y escribían cosas parecidas, fastidiando la vocación uniformadora de las autoridades centrales. El fervor patriótico y la sólida pertenencia partidaria les hicieron decir estas cosas a aquellos hombres. Metáfora del amor patriótico o desmesura nacida al calor de las luchas, esas palabras representan mejor que ninguna otra el encierro de aquellos armenios y también el de algunos que comparten nuestros días. Puedo comprender a los de entonces y a los modernos coreutas que en los festivales entonan esos versos. Bien por hacerlo, la vida está hecha también con emociones. Pero es deseable que al mirarnos a nosotros mismos no dejemos de ver el mundo, al militar en un partido o profesar una fe no ignoremos que otros piensan, sienten y creen de diferente manera.

En tren de traer ejemplos voy a abrir una vez más mi anecdotario. El hecho ocurrió en el club Zartarian, del Bajo Flores, al culminar una reunión partidaria. Era una discusión apasionada y jocunda entre dos viejos armenios, uno oriundo de Hadjin y el otro de Marash, ciudades que rivalizaban en el folclore doméstico, como ocurre aquí mismo entre santiagueños y tucumanos. Cuando creíamos que la discusión había terminado y uno de los contendores abandonaba el lugar, sacó medio cuerpo por la ventanilla del automóvil y le espetó al otro: “Y recuerda, recuerda siempre que Dios es hadjentsí”.

Más allá de la chanza y de las explicaciones que dan los sociólogos a estas cosas, asimilables a las tradicionales rivalidades futboleras, la anécdota ilustra sobre las distintas formas del encierro. Pero con la advertencia de que cuando se produce en el claustro nacional o religioso puede nublar el entendimiento y alimentar enconos funestos. La historia es pródiga en ejemplos y los armenios harto sabemos de estas cosas.

Identidad y autismo

Creo que conviene elucidar el tema a la luz de la realidad, de lo que efectivamente nos ocurre a los armenios que vivimos en estas tierras. Creo que debemos deponer los ultraísmos para mirar al mundo y ver cómo se han acortado las distancias, cómo se mixturan las culturas y hasta se uniforman las lenguas, esos catálogos de símbolos sin los cuales perderíamos nuestra condición humana. Hoy la lengua universal está construida con palotes y números binarios, hoy estás siempre en escena, iluminado por luces que lo muestran todo; las riquezas acumuladas a lo largo de los siglos pueden moverse de aquí para allá, en toda la extensión del planeta. Y en un mundo así nadie puede aislarse, no puede uno resistirse a la integración, a la interacción y al mestizaje.

Hoy aislarse es morir, por eso es necesario crear mecanismos de integración que le permitan al hombre (¿debo decir que el armenio lo es?) lanzarse al universo multicolor de las culturas para nutrirse de ellas y aportar lo suyo. Es preciso entender que la vocación universalista no empece el trabajo identitario sino, antes bien, lo nutre y lo enriquece. ¿Cómo puedo ser yo si no encuentro otro en quien espejarme?


La paradoja de Tute no ironiza con la identidad sino con el empeño autista que a menudo se manifiesta en la vida de las comunidades. Grupos nacionales, religiosos o ideológicos que no alcanzan a ver que más allá de sí mismos sigue el mundo, que todas las verdades son sospechosas. Todas ellas. Y que mientras ellos se enamoran de sus ombligos la vida discurre, la historia arrasa a las sociedades de clausura y los artificios construidos para separar a unos hombres de otros van cayendo uno a uno.

Identidad y autismo no son sinónimos. Son conceptos diferentes, aún divergentes. La identidad es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás, en tanto que el autismo es el repliegue patológico de la personalidad sobre sí misma. Por eso puede sentirse feliz Tute, porque elegí mandar a su personaje paradojal al diccionario de mis amores (RAE), liberándolo de las tristezas del hospicio.

* Yo era adolescente cuando leí este cuento en idioma armenio, en un volumen cuyos datos de edición ya no recuerdo. Luego lo extravié, quizá a manos de algún amigo que quiso tenerlo para sí (la no devolución de un libro es un pecadillo de menor monta), quizá en alguna mudanza, no lo sé. Pero fue tal la impresión que me causó esta invención que alguna vez la cité desde la tribuna y luego me sirvió de inspiración para un libro. Por eso, quiera el lector perdonarme si mi traducción no es fiel al texto de Ren; a trueque de su generosidad le ofrezco la seguridad de que el espíritu lo es.

Nuestras instituciones comunitarias no son espacios de poder

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

En un artículo que titulé “Sobre los partidos políticos armenios, los de antes y los que nacieron a partir de 1991”, que el lector encontrará en el archivo de noviembre 2008 de este sitio, dije que los partidos que nacieron a fines del siglo XIX “tienen importantes funciones que cumplir. Y para hacerlo deben coordinar su trabajo y sus relaciones para atender sin distracciones las necesidades comunitarias: hablo de interactuar en el terreno cultural, de adecuar las instituciones para que puedan integrarse desde la diversidad, de prestar asistencia sociosolidaria y de conjurar definitivamente el déficit que producen nuestros establecimientos educativos”.
.
Hoy vuelvo sobre esas ideas para examinarlas a la luz de algunas excrecencias del pasado que esterilizan buena parte de los esfuerzos que realizan nuestras comunidades. Y otra vez echo mano al recurso de entonces: la ausencia de un poder que pueda suscitar el apetito de las personas o de las instituciones. Porque a menos que nos distraigamos con las migajas que caen de la mesa de los grandes comensales, pronto veremos que los espacios que habilitan nuestras instituciones carecen de esa sustancia tan apetecida que es el poder. Chiquitaje que no merece ningún esfuerzo, ninguna contienda.
.
Los armenios de la diáspora sólo podemos ocupar espacios de poder en las sociedades locales, en los países que habitamos y de cuya ciudadanía gozamos, así como los ciudadanos de Armenia pueden aspirar a ocupar espacios de poder en aquella República. Las instituciones comunitarias de los armenios (iglesias, partidos políticos, asociaciones benéficas, culturales y otras más) no son espacios de poder. Esas instituciones se rigen por las leyes del país de su asiento. El poder político, la facultad de establecer reglas de conducta y de sancionar su incumplimiento, ese atributo que suele gratificar a tantos hombres porque les hace sentir potentes, está alojado fuera de las organizaciones comunitarias.
.
No obstante ser así, luchamos por el poder, creamos áreas de influencia, avanzamos sobre las otras instituciones y trazamos unas fronteras ideológicas que remedan las fronteras geográficas de los estados. Afincados en estas tierras de América, confrontamos ideologías como si de esa confrontación dependiera el destino de Armenia. No sabemos de modestias, hemos excedido los límites, escapamos hacia atrás y nos refugiamos en los escombros del pasado.
.
Los armenios de la diáspora carecemos de aptitud para la política. Véase si no el flaco desempeño que en ese terreno hemos tenido en los países que nos acogieron a lo largo del siglo pasado. Y, sin embargo, creemos tener convicción y formación políticas. ¿A qué atribuir esta presuntuosidad, este afán por la contienda, esta permanente resurrección de lo que la historia ya ha echado al saco del olvido?
.
Nocentes e inocentes
.
No vengo a atribuir culpas, no soy el amonestador de ningún sector de opinión. Me miro y te miro en el espejo y en la memoria, en el hoy y en el ayer. Y al mirarme y mirarte veo con alguna desazón que las imágenes no han cambiado, que el tiempo y los vertiginosos hechos del siglo XX sólo mudaron nuestros rostros, no nuestras conciencias. Hoy como ayer seguimos dirimiendo las mismas cuitas, batiendo cada quien el parche de su tambor, disputando por lo que ya arrastraron los vientos, lo que está sepultado bajo el polvo de la realidad.
.
Nuestros viejos contaban que el maestro Nasreddín compró una gran bolsa de arroz, la cargó dificultosamente en su hombro y luego montó sobre su burro para llevarla a su casa. Asimismo nosotros malgastamos nuestras fuerzas en afanes estériles, cuando actuando con arreglo a la razón podríamos saldar las carencias que nos abruman desde hace largas décadas.
.
En mi anterior artículo dije que “es importante la diáspora porque con su número triplica la cantidad de armenios en el mundo, porque con el alto grado de penetración que ha alcanzado puede pesar en los foros mundiales”. Pero para hacer esto debe ocupar espacios de poder en las estructuras políticas de cada país, no en las instituciones comunitarias que, como dije, carecen de ese atributo. Los partidos que actúan en la diáspora, todos ellos más que centenarios, deben satisfacer las necesidades de sus respectivas comunidades. Y una sola acción política pueden desarrollar: procurar el reconocimiento internacional del genocidio. Porque esa acción, en cuanto encuentra su razón de ser en nuestra condición humana, puede ser ejercida por todos los hombres en todos los lugares de la tierra. Pero con la advertencia de que por su propia naturaleza no admite controversias ideológicas.
.
Los hay que viven mirando hacia atrás sin ver que el presente tiene sus urgencias. También los hay que son por oposición, son porque el otro existe. Unos, nostálgicos irredentos, otros, maniqueos blanquinegristas. Nocentes o inocentes, no quiero juzgarlos. Sólo decir que aquellos dañan.
.
Elogio de la inocencia


Te invito, lector, a visitar el diccionario académico (RAE). La voz inocencia nos llega del latín innocentĭa, que quiere decir ausencia de daño, (nocens = daño). En su primera acepción significa estado del alma limpia de culpa; la segunda acepción nos habla de exención de culpa en una mala acción; y la tercera remite al candor, a la sencillez.
.
Ciertamente la suspicacia inficiona todas las relaciones sociales, particularmente las políticas. Un permanente estado de alerta nos domina cuando nos relacionamos con nuestros semejantes, estamos listos para reaccionar ante cualquier avance que arriesgue nuestro patrimonio, nuestro territorio, nuestra área de ejercicio. Y, aún más, estamos al acecho para avanzar sobre los bienes vacantes o sobre los derechos y las prerrogativas del otro. Así como las fieras tensan sus músculos para asaltar a su presa, así también los hombres aprontamos nuestros mecanismos psicológicos y nuestros recursos ideológicos para vencer a quienes se cruzan en el camino. Hemos perdido la inocencia y el candor y la sencillez han pasado a la categoría de los desvalores.
.
Sostengo con fervor que los armenios de la diáspora debemos abolir la suspicacia en nuestras relaciones institucionales. Y es en este sentido que vengo a elogiar la inocencia. El elogio de la inocencia conoce dos estrados. Uno, el filosófico, se levanta ante todos los hombres cuando vienen a la vida (el judaísmo derogó esta creencia y luego el cristianismo y el islam siguieron su enseñanza). El otro es el personal, el que juzga si las conductas se ajustan a las reglas establecidas. Yo hago el elogio de la inocencia en este último sentido para decir que algunas conductas, lejos de ser candorosas y tener el atributo de la sencillez, le causan daño a la comunidad.
.
Que la paz sea con nosotros…
.
¿Qué asuntos nos quedan pendientes a los armenios que no hayan sido saldados por el tiempo, por los cambios habidos en la geografía política y en el mapa ideológico que trazó la última década del siglo pasado?
.
La República de Armenia comparte sus fronteras con cuatro países: Turquía, Azerbaiján, Irán y Georgia. Dos de ellas padecen el bloqueo económico y hasta el acecho militar, otra presenta las dificultades propias de terceros países que todavía no han saldado viejas cuentas, y la frontera menos extensa es la que Armenia comparte con Irán, país amistoso que, sin embargo, está amenazado por el gendarme del mundo. Súmese a esto el recalentamiento de la frontera turco-iraquí y se tendrá un cuadro de situación de las dificultades que deben sortear las dos repúblicas, Armenia y Karabagh. La crisis energética, la inestabilidad del precio del petróleo y la necesidad de desactivar en breve la central de Medzamor suman dificultades que Armenia y los armenios de allí deben afrontar y resolver con no poco riesgo y esfuerzo. Y nosotros, ausentes de esas tierras desde hace casi un siglo, dirimiendo entuertos bizantinos.
.
En este escenario no debiera alentarse el desencuentro. A menos que los montescos y los capuletos estén redivivos o, aún peor, que los ángeles y los demonios libren sus batallas en las calles de Palermo Viejo.