Nuestras Instituciones comunitarias no son espacios de poder

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

En un artículo que titulé “Sobre los partidos políticos armenios, los de antes y los que nacieron a partir de 1991”, que el lector encontrará en el archivo de este sitio, dije que los partidos que nacieron a fines del siglo XIX “tienen importantes funciones que cumplir. Y para hacerlo deben coordinar su trabajo y sus relaciones para atender sin distracciones las necesidades comunitarias: hablo de interactuar en el terreno cultural, de adecuar las instituciones para que puedan integrarse desde la diversidad, de prestar asistencia sociosolidaria y de conjurar definitivamente el déficit que producen nuestros establecimientos educativos”.

Hoy vuelvo sobre esas ideas para examinarlas a la luz de algunas excrecencias del pasado que esterilizan buena parte de los esfuerzos que realizan nuestras comunidades. Y otra vez echo mano al recurso de entonces: la ausencia de un poder que pueda suscitar el apetito de las personas o de las instituciones. Porque a menos que nos distraigamos con las migajas que caen de la mesa de los grandes comensales, pronto veremos que los espacios que habilitan nuestras instituciones carecen de esa sustancia tan apetecida que es el poder. Chiquitaje que no merece ningún esfuerzo, ninguna contienda.

Los armenios extraterritoriales sólo podemos ocupar espacios de poder en las sociedades locales, en los países que habitamos y de cuya ciudadanía gozamos, así como los ciudadanos de Armenia pueden aspirar a ocupar espacios de poder en aquella República. Las instituciones comunitarias de los armenios (iglesias, partidos políticos, asociaciones benéficas, culturales y otras más) no son espacios de poder. Esas instituciones se rigen por las leyes del país de su asiento. El poder político, la facultad de establecer reglas de conducta y de sancionar su incumplimiento, ese atributo que suele gratificar a tantos hombres porque les hace sentir potentes, está alojado fuera de las organizaciones comunitarias.

No obstante ser así, buscamos afanosamente ese poder ausente, creamos áreas de influencia, avanzamos sobre las otras instituciones y trazamos unas fronteras ideológicas que remedan las fronteras geográficas de los estados. Afincados en estas tierras de América, confrontamos ideologías como si de esa confrontación dependiera el destino de Armenia. No sabemos de modestias, hemos excedido los límites, escapamos hacia atrás y nos refugiamos en los escombros del pasado.

Los armenios extraterritoriales carecemos de aptitud para la política. Véase si no el flaco desempeño que en ese terreno hemos tenido en los países que nos acogieron a lo largo del siglo pasado. Y, sin embargo, creemos tener convicción y formación políticas. ¿A qué atribuir esta presuntuosidad, este afán por la contienda, esta permanente resurrección de lo que la historia ya ha echado al saco del olvido?

Nocentes e inocentes

No vengo a atribuir culpas, no soy el amonestador de ningún sector de opinión. Me miro y te miro en el espejo y en la memoria, en el hoy y en el ayer. Y al mirarme y mirarte veo con alguna desazón que las imágenes no han cambiado, que el tiempo y los vertiginosos hechos del siglo XX sólo mudaron nuestros rostros, no nuestras conciencias. Hoy como ayer seguimos dirimiendo las mismas cuitas, batiendo cada quien el parche de su tambor, disputando por lo que ya arrastraron los vientos, lo que está sepultado bajo el polvo de la realidad.

Nuestros viejos contaban que el maestro Nasreddín compró una gran bolsa de arroz, la cargó dificultosamente en su hombro y luego montó sobre su burro para llevarla a su casa. Asimismo nosotros malgastamos nuestras fuerzas en afanes estériles, cuando actuando con arreglo a la razón podríamos saldar las carencias que nos abruman desde hace largas décadas.

En mi anterior artículo dije que “es importante la diáspora porque con su número triplica la cantidad de armenios en el mundo, porque con el alto grado de penetración que ha alcanzado puede pesar en los foros mundiales”. Pero para hacer esto debe ocupar espacios de poder en las estructuras políticas de cada país, no en las instituciones comunitarias que, como dije, carecen de ese atributo. Los partidos que actúan en extramuros, todos ellos más que centenarios, deben satisfacer las necesidades de sus respectivas comunidades. Y una sola acción política pueden desarrollar: procurar el reconocimiento internacional del genocidio. Porque esa acción, en cuanto encuentra su razón de ser en nuestra condición humana, puede ser ejercida por todos los hombres en todos los lugares de la tierra. Pero con la advertencia de que por su propia naturaleza no admite controversias ideológicas.

Los hay que viven mirando hacia atrás sin ver que el presente tiene sus urgencias. También los hay que son por oposición, son porque el otro existe. Unos, nostálgicos irredentos, otros, maniqueos blanquinegristas. Nocentes o inocentes, no quiero juzgarlos. Sólo decir que aquellos dañan.

Elogio de la inocencia

Te invito, lector, a visitar el diccionario académico (RAE). La voz inocencia nos llega del latín innocentĭa, que quiere decir ausencia de daño, (nocens = daño). En su primera acepción significa estado del alma limpia de culpa; la segunda acepción nos habla de exención de culpa en una mala acción; y la tercera remite al candor, a la sencillez.

Ciertamente, la suspicacia inficiona todas las relaciones sociales, particularmente en la política. Un permanente estado de alerta nos domina cuando nos relacionamos con nuestros semejantes, estamos listos para reaccionar ante cualquier avance que arriesgue nuestro patrimonio, nuestro territorio, nuestra área de ejercicio. Y, aún más, estamos al acecho para avanzar sobre los bienes vacantes o sobre los derechos y las prerrogativas del otro. Así como las fieras tensan sus músculos para asaltar a su presa, así también los hombres aprontamos nuestros mecanismos psicológicos y nuestros recursos ideológicos para vencer a quienes se cruzan en el camino. Hemos perdido la inocencia y el candor y la sencillez han pasado a la categoría de los desvalores.

Sostengo con fervor que los armenios de la diáspora debemos abolir la suspicacia en nuestras relaciones institucionales. Y es en este sentido que vengo a elogiar la inocencia. El elogio de la inocencia conoce dos estrados. Uno, el filosófico, se levanta ante todos los hombres cuando vienen a la vida (el judaísmo derogó esta creencia y luego el cristianismo y el islam siguieron su enseñanza). El otro es el personal, el que juzga si las conductas se ajustan a las reglas establecidas. Yo hago el elogio de la inocencia en este último sentido para decir que algunas conductas, lejos de ser candorosas y tener el atributo de la sencillez, le causan daño a la comunidad.

Que la paz sea con nosotros…

¿Qué asuntos nos quedan pendientes a los armenios, a excepción del genocidio y sus consecuencias, que no hayan sido saldados por el tiempo, por los cambios habidos en la geografía política y en el mapa ideológico que trazó la última década del siglo pasado?

La República de Armenia comparte sus fronteras con cuatro países: Turquía, Azerbaiján, Irán y Georgia. Dos de ellas padecen el bloqueo económico y hasta el acecho militar, otra presenta las dificultades propias de terceros países que todavía no han saldado viejas cuentas, y la frontera menos extensa es la que Armenia comparte con Irán, país francamente amistoso que, sin embargo, se ve constantemente amenazado por el gendarme del mundo. Súmese a esto el recalentamiento de la frontera turco-iraquí y se tendrá un cuadro de situación de las dificultades que deben sortear las dos repúblicas, Armenia y Karabagh. La crisis energética y la necesidad de desactivar en algún momento la central de Medzamor suman dificultades que Armenia y los armenios de allí deben afrontar y resolver con no poco riesgo y esfuerzo. Y nosotros, ausentes de esas tierras desde hace casi un siglo, dirimiendo entuertos bizantinos.

En este escenario no debiera alentarse el desencuentro. A menos que los montescos y los capuletos estén redivivos o, aún peor, que los ángeles y los demonios libren sus batallas en las calles de Palermo Viejo.

El falso dilema de ser armenio

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com
Vuelvo sobre algunos temas que traté en ocasiones anteriores: si conviene mirar a las naciones como entidades políticas separadas o si conviene verlas como sociedades con peculiaridades culturales; si el poder real se aloja en las estructuras de los estados nacionales o en los grupos económicos que detentan los medios de producción y de financiamiento. Y propongo una presciencia de la historia a la luz del desarrollo de las comunicaciones y de la mundialización de los intereses.

No ignoro que el examen de estas cosas puede escocer la piel sensible de los nacionalistas. Pero la realidad no debe ser barrida bajo las alfombras y el curso de la historia no puede ser detenido. Interculturalidad y universalización de los intereses son características del mundo que habitamos y este proceso promete profundizarse en el siglo que hemos inaugurado. Hay que mirar estas cosas, confrontarse con los hechos y darse cuenta dónde están los gigantes y dónde los molinos de viento.

La imbricación de unas culturas con otras, el avance de unos estados sobre otros y el imperialismo siempre presente en la historia, muestran movimientos de expansión y contracción, avances y retrocesos que finalmente conducen al desdibujamiento de las fronteras políticas, a la abolición de las económicas y a la mutua validación de las culturas. Adam Smith y Karl Marx lo sabían.

La lógica de la preñez

Los armenios somos sensibles a estas cosas. Desde antiguo nos abrazamos a nuestra cultura (lengua, religión, artes, costumbres) para resistir las adversidades, porque a las varias diásporas que nos propinó la historia ahora se suma otra: la que afecta a las colonias establecidas en distintos lugares del mundo. Del centro hacia afuera las fuerzas se muestran irresistibles y la fuga parece inevitable. ¿Cuántos alumnos de origen armenio asisten a las escuelas comunitarias? ¿Cuántos fieles acuden a las iglesias y cuántos adeptos militan en las filas de nuestras organizaciones políticas? ¿Cuántos rasgos culturales se han extraviado en esta peregrinación por el mundo? No hay estadísticas que hablen de estas cosas, pero la sensación que uno recibe al mirar en derredor puede anticipar la respuesta.

Para explicar estas cosas recurrimos a los argumentos consabidos que remiten a las condiciones objetivas del medio y al efecto asimilativo que ejercen las culturas abiertas sobre los grupos sociales que llegaron de otras tierras. Y esto es verdad, pero sólo en parte. Porque hay otra parte de la verdad que, en mi opinión, no solemos mirar. Acostumbrados a un dualismo que reduce las conductas humanas a la fisiología de la preñez (se está preñado o no se está preñado), nos regodeamos en simplificaciones que no casan con estos procesos complejos: somos armenios o argentinos. No advertimos que, más allá de lo que dicen las leyes de ciudadanía y extranjería de una y otra nación, hay una condición íntima de raigambre cultural y de justificación histórica que frecuentemente reemplaza la conjunción disyuntiva por la copulativa. Y entonces somos armenios y argentinos, como somos afectos al fútbol y a la lectura, como amamos a nuestros padres y a nuestros hijos, porque una condición no excluye a la otra, porque una afición no nos impide tener la otra, unos y otros pueden ser objeto de nuestro amor.

Cuando hablo de estas cosas recuerdo a mi profesor de matemáticas. Yo no había estudiado el teorema de Tales y en vano me afanaba en disimular mi desidia. Entonces mi profesor me preguntó qué es un triángulo. “Tres líneas que se cruzan en un mismo plano”, respondí (o más o menos así). Me preguntó qué es una línea. “Es la sucesión infinita de puntos”, respondí. Me preguntó qué es el punto. E intenté una respuesta: “es una entidad ideal que no ocupa lugar en el espacio”. Entonces mi profesor dijo su reproche: “esto significa que si hubieras estudiado tu lección de hoy no tendrías tu cabeza más ocupada de lo que está ahora”. Algo así ocurre con los sentimientos, con la cultura: uno puede ocupar su mente y su corazón con múltiples afectos, identificarse con diferentes culturas y tener variados intereses, sin que unos excluyan a los otros. Uno puede ser armenio y argentino. Aún más, puede tener vocación de pertenecer a todas las naciones, a todas las culturas. En su pensamiento político puede conciliar intereses diferentes (que me perdonen los materialistas dialécticos) en orden a un empeño universalista.

Y así con la nación y las nacionalidades. Si ellas pueden ser miradas como culturas diferentes, entonces no se resistirán a compartir el espacio en una misma conciencia y a cobijarse en un mismo corazón. Cultura y nación quieren identificarse en el camino de la historia para abolir fronteras y conjurar conflictos.

Estado y grupos de interés

Este capítulo invita a discurrir por territorios políticos fuertemente ideologizados. Pero procuraré eludirlos para ceñirme a la descripción de los hechos tal como los veo.

La Revolución Industrial inició un proceso de concentración económica que devino en concentración de poder. La iniciativa privada desarrolló y poseyó los medios de producción, controló el intercambio regional y transoceánico y finalmente comandó los recursos financieros. A medida que fueron creciendo en capacidad de acción y en movilidad geográfica, las corporaciones económicas y financieras fueron controlando a los estados, se montaron sobre sus estructuras de poder y cabalgaron sobre los recursos naturales y las fuerzas del trabajo. Afianzaron su situación privilegiada controlando el desarrollo científico y tecnológico y tejieron su red de poder sobre buena parte del mundo. Y los estados nacionales cedieron muchas de las atribuciones que les eran inherentes.

Total, que tras la máscara de las nacionalidades y del poder rector de los estados, hoy actúan unos intereses que se travisten de cultura y se mimetizan con la legitimidad democrática para afirmar su situación de privilegio. Una acechanza que tenemos que eludir si queremos mirar la realidad de frente y ser tributarios de la paz, de la libertad y de la solidaridad.

El maniqueísmo redivivo

He aquí un escenario donde la opción parece forzosa: identificarse con el grupo para procurar seguridad -valor no desdeñable en un medio social que acosa a las personas-, o identificarse con el universo humano y, entonces, ganar en libertad. Dilema que desde antiguo acompaña a los hombres y que en los últimos dos siglos ha adquirido la categoría de ley, es, sin embargo, falso en las ciencias sociales. Falso porque la política no se rige por leyes de cumplimiento forzoso, como ocurre en la naturaleza o en las ciencias físicomatemáticas, sino por proposiciones transaccionales y aleatorias; falso porque concepciones de esta clase pueden desencadenar conflictos que alteren el concierto social. Dilema artero predicado para sostener las actuales estructuras de poder, por largo tiempo ha explicado la idea de nación como un valor político, soterrando su contenido cultural.

La modernidad parece haber reinventado la alegoría platónica de la caverna, pero ahora con fines prosaicos. Las cosas ocurren a espaldas de unos hombres que, sentados frente a un muro, ven proyectarse en él fantasmagorías que las disimulan. Absortos en el espectáculo de luces y sombras, esos hombres no pueden asir las cosas y los hechos verdaderos, y gastan sus vidas en desliar quijotadas. Puedo excusarme por el escepticismo que insinúa esta visión, porque invita a repensar nuestro lugar en la sociedad y a revisar cómo nos insertamos en el mundo; si lo hacemos desde el conflicto que importa la identificación política, o como una cultura que precisa de las otras para habitar el universo humano.

Por fin, vuelvo sobre mis pasos para invitar al lector a recorrer el camino por sí mismo. Dos asuntos hay que considerar: por un lado, si las naciones son asociaciones políticas controversiales o si son comunidades culturales que se necesitan mutuamente para nutrirse; por el otro, si es verdad que los grupos de interés determinan la voluntad de los estados.

Los armenios extraterritoriales y la mujer de Lot

Eduardo Dermardirossian

www.dermardigital.blogspot.com
eduardodermar@gmail.com

El lector conoce mi afición por los mitos y las metáforas. Creo que debo eso a la lectura de textos antiguos y al afán por explicar con fantasmagorías mis preocupaciones principales. Afán que también veo en los jóvenes de hoy, si bien sus fantasmas habitan en la tevé, pródiga en luces pero huérfana de alma y de misterio.

Yo eludo las imágenes nuevas y elijo las viejas, en este caso elijo una que viene del judaísmo de la primera hora. Estoy hablando de la mujer de Lot, que se convirtió en estatua de sal al volver su mirada hacia atrás, hacia Sodoma, desobedeciendo el mandato de Yahveh. Y estoy hablando de nosotros, los armenios extraterritoriales, que incapaces de comprender las necesidades vitales del Estado armenio, porfiamos en mirar el pasado sin arriesgar nuestra condición, pero sí la de quienes viven ahí.

Voltaire, que encendió las luces de su siglo con el escrúpulo del que sabe buscar y la ironía del que sabe pensar, en la entrada que corresponde a la voz prejuicios de su Diccionario Filosófico hace unas observaciones que parecen escritas para los armenios. En el tercer apartado dice así: “Si la nodriza os refiere que Ceres preside a la cosecha del trigo, o que Vishnu y Xaca se encarnaron muchas veces, o que Sammonocodom vino al mundo a cortar un bosque, que Mahoma o algún otro hizo algún viaje al cielo, y luego vuestro preceptor viene a reforzar en vuestro cerebro lo que vuestra nodriza grabó en él, [esa enseñanza] ya no se os borra de la imaginación en toda la vida”. Algunos dirán que las palabras del francés rozan la apostasía. Quizá. Pero yo no dudo que él se sintió cómodo entre los demoledores de prejuicios y prefirió mirar lo que estaba adelante antes que lo que había quedado atrás.


* * *

A nosotros, armenios extraterritoriales, nos ocurre algo parecido. La historia refiere hechos que nuestra conciencia no tolera y por esos hechos demandamos justicia. El genocidio de los armenios y el despojo de sus tierras son hechos que todavía no fueron saldados. Y esos hechos ya no se borran de nuestra memoria ni de la de los armenios de intramuros. Por eso nos resistimos a entender que aun con esa carga en su memoria y esa demanda en su agenda, el gobierno de Armenia debe custodiar el destino de los vivos, a quienes gobierna, sorteando las dificultades que le propone el Cáucaso hostil. Porque ha sido elegido por los vivos para velar por su presente y construir su futuro sin darlo en holocausto por las desventuras del pasado.

Los hechos del pasado son para la memoria y para la demanda, no para instalarse en ellos y ofrendarles las generaciones futuras. El presidente Sarkissian parece haberlo entendido así, por eso a él y a sus gobernados no les ocurrirá lo que a la mujer de Lot. Ese presidente no perecerá a manos del pasado porque gobierna para el futuro de su nación y, al hacerlo, no desdeña el legado de la historia. Su política exterior lo atestigua.

Y este es el asunto, esta es la enseñanza del mito bíblico que ya debiéramos haber aprendido los armenios de sal. Los armenios de sal malvivimos el presente porque estamos establecidos en el pasado. Ciertamente es pesado el legado de la historia, un legado que también pesa sobre los armenios de allá. Quiero decir que los que viven allá deben demandar el crédito humanitario que su vecino no ha saldado todavía y al mismo tiempo deben sufragar sus necesidades y las de su país. Y nosotros, los armenios extraterritoriales, instalados en estas geografías amables, no podemos instarles a que hagan lo uno a expensas de lo otro sólo para sosegar nuestro encono.

Yo veo con preocupación la hostilidad de algunos dirigentes extraterritoriales con el gobierno de Armenia. “Los ríos no fluyen hacia el mar con tanta rapidez como los hombres corren hacia el error”. Me temo que los dirigentes de extramuros estén corriendo deprisa en esa dirección. Y temo que esto fragmente a la nación armenia, como ocurrió a partir de 1920, cuando la joven república caucásica necesitó refugiarse en las seguridades de la URSS. Así como entonces y por largos años algunos no comprendimos que Armenia necesitaba asociarse a otros estados para sobrevivir y desarrollarse, así también ahora hay quienes no parecen comprender la necesidad de enfriar las fronteras de Armenia. Esos dirigentes deben entender que las condiciones de aislamiento y el estado de beligerancia perpetuo no pueden ser sostenidos si no se cuenta con medios económicos cuantiosos, recursos militares y tecnológicos suficientes, abasto asegurado y alianzas firmes y fiables. Y Armenia carece de estas cosas.

* * *

La historia y la leyenda se entremezclan cuando nos hablan del rey Ardashes. Pertenecía a la dinastía de los Ervanduní, fue general del ejército romano, reinó en el país de los armenios en el siglo II a. C. y extendió sus dominios hasta Vasburagan, Paidagaran, Kars, Ardahan y Erzerum. Dice la leyenda que cuando murió, en el año 160, sus súbditos se arrojaban a la fosa para ser enterrados junto a él; y dice también que, al ver esto, su hijo y heredero, Ardavasd, exclamó: “Padre, la muerte te lleva y siguen tras de ti tus súbditos amantes. Dime, padre, ¿sobre quiénes gobernaré yo?”.

He aquí el clamor de un hijo que, más allá del dolor, se sabía llamado a continuar la obra de su padre. Y aun cuando no lo logró él sino su hijo y después su nieto, Tigranes I y II, que extendieron los dominios de Armenia hasta Siria, Palestina y Cilicia, nos muestra que la vida de los vivos no debe darse en holocausto por la muerte de los muertos. Una reflexión descarnada que, sin embargo, no podemos desoír si queremos que el porvenir sea amable con nosotros.

* * *

En los días previos al 95° aniversario del genocidio el gobierno del presidente Sarkissian congeló el trámite de ratificación de los acuerdos suscriptos con Ankara. Al hacerlo contrarió la voluntad del mandamás del mundo y de sus socios de Europa, y quizá –digo quizá- sea esa la razón por la cual por primera vez desde 1915 los intelectuales y hombres de la cultura turcos salieron a la calle en Estambul para pedir públicamente que su gobierno reconozca el genocidio. Lo hicieron en un lugar emblemático: la estación ferroviaria desde donde partió el primer contingente de deportados. Un clamor turco que de ahora en más no podrán desoír las autoridades y que, seguramente, desencadenará opiniones encontradas en la sociedad de aquel país. A mí no me cuesta leer estos hechos como un triunfo de la política exterior de Armenia. ¿Seguirán, pues, nuestros protestadores pidiendo la renuncia del canciller Nalbandian?

El gobierno de Armenia no se ha petrificado mirando hacia atrás, hacia el pasado, no se ha instalado en la historia para llorar a los muertos y entregarles como ofrenda el presente y el futuro de los vivos. Ese gobierno, el de mayor coraje político de los habidos desde la restauración de la independencia, mientras gestiona el presente de sus mandantes en ese lugar del mundo, defiende con talento de estadista los intereses estratégicos y los créditos que vienen de la historia. Ese gobierno, cuyo presidente fue acusado de traidor por sus anteriores socios políticos, se está transformando en el mejor defensor de los derechos armenios. El mismo gobierno que hace poco por boca de su presidente explicó, sin ser entendido, la racionalidad de su política externa.

Por eso cuando recuerdo a la mujer de Lot y hablo de los armenios de sal, no me refiero a los de allá sino a los de extramuros. Me refiero a los que ahora, en medio de la nueva situación creada en el Cáucaso Sur por la decisión del gobierno armenio, buscan recursos discursivos para escamotear su torpeza política.

Esta es mi apostasía, si así lo quieren los profetas del apocalipsis.

.

Geniol

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

No es un chivo. Es un tributo nostálgico al más democrático remedio que hemos tomado cuando la cabeza nos dolía o cuando otro malestar quería estropearnos el día.

Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza
Cualquier dolor de cabeza
Se corta con un Geniol.

Esta memorable cuarteta picaba y repicaba en el radiorreceptor, único medio que en los años cuarenta y cincuenta se metía en vivo y en directo en los hogares, mientras una ferretería pilosa atormentaba la cabeza doliente que hoy nos visita. La cabeza de Geniol dominaba la publicidad montaraz de entonces.

Sin la parafernalia marketinera de la sobremodernidad, este rudimento fue uno de los más ilustres precursores de los modernos gingles publicitarios. De seguro fue el vendedor más persuasivo y el que mejor representó aquel tiempo argentino de radio, vitrola y novelón.

Y asociado a aquellas migrañas sanadas por Geniol, los armenios rioplatenses y los de tierra adentro liaban y desliaban entuertos que excedían con mucho su base ideológica. Eran enconos fraguados en las cabezas calenturientas de los caciques. Dolores que dolían en las cabezas que, se dice, son los lugares adonde acuden y se apretujan las preocupaciones, las que tienen alguna razón de ser y las que no tienen ninguna. Quiero creer que Geniol calmó algunos de esos dolores, pero otros debieron esperar a que el tiempo y las nuevas realidades los diluyeran.

Arbitrariamente voy a nombrar -que no a juzgar- algunos dolores de cabeza que no sanaron con aquellos analgésicos sacrosantos y que hoy podemos recordar sin exaltar nuestro ánimo. La desventura de ayer puede ser el recuerdo amable de hoy.

Geniol es armenio

A esta altura de mis días yo no tengo dudas identitarias. He sufragado la falsa dicotomía de las nacionalidades y también la de la patria chica. Mis naciones son tantas como las que amo y mi patria chica es el Bajo Flores armenio, barrio y barrial poblado por gentes que habían escapado de las desventuras que les propinó la historia y que querían profesar su fe, hablar su lengua y palpitar su cultura en paz. Gentes que querían reconstruir la esperanza.

Alguna vez premedité escribir las historias mínimas de ese barrio, las de sus madagh*, las de sus cuitas sectoriales, las de sus personajes pintorescos, que los tuvo. Recuerdos que mi generación guarda en su memoria y que asaz me visitan con el sabor amable que el tiempo suele prodigar.

Entre esos recuerdos está el de Geniol, un armenio que me excedía en veinte años por lo menos, cuyo nombre nunca supe y al que sólo conocí por su ir y venir sonriente, siempre sonriente, como la imagen de la cabeza atornillada. Si el apodo le permitía calmar los dolores de cabeza que por entonces atormentaban a los armenios de uno y otro bando, no lo sé. Y no lo creo. Pero en aquellos años de mi niñez supe que Geniol era armenio. Una armenidad farmacológica que paseaba por la calle Zuviría, entre las de Lafuente y Portela. Al menos por ahí le veía yo con la calva al tope de su estatura. Lo recuerdo por su parecido con el dibujo del fármaco, sólo por eso.

Un picor en la nariz

Pero mi memoria es pródiga en recuerdos del gordo Levón. Tashnagtsagan** de barricada, peronista de la primera hora, buen cocinero y mejor anfitrión, se destacó, sin embargo, por su adultez traviesa. De risa fácil y estridente, el peso específico de sus bromas le granjeaba algunas enemistades ocasionales. Pero él no se arredraba y arremetía con nuevos bríos hasta colmar la copa.

Digo copa y recuerdo un casamiento que se festejaba en cierto salón de la avenida Canning. Entonces éramos niños y queríamos presumir adultez tomando el anís de las copas ajenas. Más bien lo olíamos que lo tomábamos. Y fue así que mi amigo y yo sentimos un picor en la base de nuestras narices. Creídos que era por el alto contenido alcohólico de la bebida, fuimos a lavarnos y vimos a muchos hombres apretujándose para lavar sus bocas. Se rumoreaba que era otra fechoría de nuestro gordo, invitado a la fiesta, que habría pringado los bordes de las copas con el ají de la mala palabra (si yo fuera ineducado diría putaparió). Total, que los consortes y sus familias disimularon la diablura para no malograr la fiesta. Pocos días después se supo que en el jardín de su casa Levón cultivaba la variedad más picante del pimientillo para tener con qué amenizar su ocio.

Ya dije que son incontables las historias de este armenio jocundo. Quizá alguna vez me atreva a relatar las que conservo en mi memoria. Pero puedo asegurarte, lector, que los genioles que consumieron sus infinitas víctimas no son menos que los que vendió la avanzada publicitaria que ilustra esta nota.

Sólo me resta confesar el cariño con que recuerdo al gordo Levón, especimen de armenio en quien la persona y el personaje eran indiscernibles, aún para él mismo.

De Heráclito a Pechito


Unos quinientos años antes de Cristo, en la otra orilla del Egeo, en Éfeso, un filósofo griego llamado Heráclito enseñaba que todo es contingente y que la contingencia excede al tiempo. Lo que es no es, y lo que no es, es, decía. Y para los cortos de entendederas ilustraba su pensamiento con el sol y el río: “El sol es nuevo cada día”, “No te sumerges dos veces en el mismo río”. Y por decir estas cosas Aristóteles lo motejó El oscuro.

Más acá en la distancia y en el tiempo, un armenio del Bajo Flores al que apodaban Pechito por su forma de andar erguido y pechugón, predicaba el evangelio comunista a quien quisiera escucharle y a quien no. Era un hombre leído y respetuoso con quien podías amistar con facilidad. Entonces promediaba el siglo veinte y la comunidad se batía en lides que unas veces eran políticas y otras venían de la tradición familiar o de antipatías personales. Y aún cuando Pechito se había consagrado a la filosofía de Marx y a las enseñanzas de Lenin, nunca descendía a las arenas; lo suyo era la devoción y la prédica amable. También era naturista y vegetariano y jamás desviaba su dieta ni torcía sus costumbres.

Pero lo que llamaba la atención en él era su manera de vestir. En invierno andaba con el torso desnudo o en musculosa, el pantalón arremangado hasta las rodillas y los pies descalzos. Y en verano solía arroparse y usar calzado. Decía que la mortificación del cuerpo convenía a su salud porque mantenía su tono muscular y su ánimo despierto, que nunca había enfermado y que el dolor sólo lo visitaba si sufría una herida o un golpe. Y también decía que tamaña salud se la debía a su alimentación, al ejercicio físico y a los rigores de su ascetismo laico.

¿Qué tenían en común el viejo filósofo de Éfeso y el irredento comunista del Bajo Flores armenio? ¿Qué de diferente?

Heráclito andaba siempre desarrapado, Pechito también. Heráclito descreía de los médicos, Pechito también. Heráclito profesaba la dialéctica, Pechito igual. Heráclito andaba siempre descalzo, Pechito sólo se descalzaba en invierno. Heráclito era decididamente aristocrático y desdeñoso, Pechito era profundamente democrático y solidario.

Más allá de estas caras y cecas, nuestro armenio leía y releía a Heráclito, a Hegel y a Marx, y esas lecturas lo habían llevado a profesar la fe dialéctica. Decía y porfiaba que las diferencias habidas entre estos filósofos eran formales, estilos literarios, rulos estéticos, nada más.

Pero un día supo que Heráclito no creía en la síntesis, siquiera transitoria, de los contrarios. Buscó y rebuscó en los libros y no halló cómo conciliar a sus tutores. Y no pudiendo ya resistir tamaño desencanto, enfermó, tuvo fiebre y el dolor de sus huesos lo arrojó a la cama. Soltero de toda soltería, nadie lo atendió y quizá por primera vez sintió el desamparo. Y en medio de mareos y sudores tomó un Geniol para solventar su quebranto. Entonces, y sólo entonces, pudo conocer las bondades de ese democrático remedio.

En los mentideros del Bajo Flores hasta hoy se rumorea que Pechito se había vuelto adicto al Geniol. Yo no lo creo. Antes bien, creo que tan pronto recuperó la salud concilió las diferencias habidas entre sus apóstoles y retomó el venturoso camino del comunismo y del naturismo ascético. Pero esta vez aliado al personaje de la cabeza atornillada.

* Madagh, literalmente, sacrificio, ofrenda que se hace a Dios. En la tradición armenia, ágape ritual con motivo de un voto o acontecimiento fausto o por los difuntos; en él se sacrifica un animal para repartir su carne entre los pobres. (Debo esta traducción a Kevork Karamanukian).
** Tashnagtsagan, partidario de la Federación Revolucionaria Armenia.

.

Sobre la necesidad de un diccionario multilingüe para los armenios y otros hablantes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


No soy filólogo ni especialmente versado en lenguas. Sólo un lector irredento que tiene la audacia de levantar la pluma algunas veces. O de aporrear el teclado del ordenador, como modernamente se dice. Pero tengo, como todos los de mi especie, el atributo de la palabra, esa intemperancia zoológica que, hablada o escrita, construye pensamientos y dibuja embelecos que algunas veces saben a música y otras semejan los colores y olores que nos regala la naturaleza. La lengua, el habla, el texto; en suma, la palabra, herramienta sin la cual no hubiera podido esculpirse el hombre. Enlace disruptivo que nos acerca y nos aleja, eso es la lengua y los muchos idiomas que la lucen.

En otra ocasión hablaré de la lengua como atributo que nos hominiza a estos mamíferos devenidos bípedos que somos. Y confrontaré la dificultad de hablar del habla. Hoy quiero referirme a algo que distrae mis horas desde hace algún tiempo: al catálogo que a unos hombres les permite comunicarse con los otros, a los diccionarios voy a referirme. Más precisamente, a la necesidad de contar con un diccionario español-armenio y armenio-español, con remisión a otras lenguas en ambas direcciones. Lo haré en el marco del Diálogo Armenio que pretendo impulsar desde estas columnas[i].

Ser y decir

Las sociedades somos biología, pluralidad y cultura. La cultura se manifiesta con símbolos, con palabras. No hay cosa o idea que no tenga una palabra que la designe. Dios mismo tiene un nombre -Elohim, Jehová, Aquello, Yo Soy El Que Soy (como le oyó decir Moisés en el monte) o El Innombrado-, un nombre paradojal, una palabra al fin. Finalmente, la correspondencia de las palabras con las cosas se establece por la semejanza o el uso. Y el uso es el que consagra a las palabras y las refiere a algo, tal que, a la postre, significado y significante se confunden y es entonces que aparece el idioma, esa construcción exclusivamente humana. He aquí la importancia de este atributo que nos hominiza y cuyo corpus conocemos con el nombre de diccionario.

El académico español Antonio Tovar dice que el lenguaje es “no sólo la expresión del hombre, sino la herramienta de su pensar”. Y agrega: “Los que trabajamos en lingüística nos damos cuenta de que, al rotularlo todo, al describir todas las acciones y situaciones, la lengua cubre la vida entera, desde las más altas especulaciones de la mente hasta la más humilde realidad. Por eso un buen diccionario lexicológico [...] resume en cierto modo la historia humana entera, el saber de los hombres sobre la realidad y las ciencias que tratan de ella”[ii].

La palabra une y separa a los hombres. Une a quienes la toman de un mismo catálogo y separa a quienes la toman de catálogos diferentes. Y para que unos y otros hablantes puedan entenderse, se encuentran las correspondencias idiomáticas de las que devienen traducciones. A partir de aquí los hombres construyen diccionarios bilingües, trilingües, multilingües. Tales diccionarios inicialmente se guardaron en la memoria de los hombres, como herramientas que servían para relacionar las diferentes formas de decir, pero con el advenimiento de la escritura primero, y de la imprenta después, se pusieron en caracteres gráficos y su uso se extendió. La historia de Babel quedó en el mito, y para reconfirmar que las lenguas diferentes no nos separarían a unas culturas de otras, vino el desarrollo de los medios de transporte y de comunicación. Hoy Internet nos da el atributo divino de la ubicuidad, de estar aquí y allá a un mismo tiempo, de hablar todas las lenguas, de adentrarnos en todas las culturas.

Para este propósito sirve el diccionario plurilingüe, pero a condición de que las correspondencias idiomáticas sean correctas y que se adapten a los cambios en estos tiempos veloces. Es una construcción que muda con el tiempo, que discurre como el río de Heráclito. “Los diccionarios nunca están terminados: son una obra viva que se esfuerza en reflejar la evolución registrando nuevas formas y atendiendo a las mutaciones de significado”, dice en su página web la Real Academia Española.

Necesidad de un catálogo léxico nuevo y ampliado

Cuando estamos próximos a cumplir cien años de los primeros desembarcos, vale la pena revisar brevemente el tratamiento que le dimos a las lenguas española y armenia en términos de interrelación y traducción. Durante la primera mitad de ese tiempo nuestras comunidades carecieron de un diccionario bilingüe. Y, se sabe, el uso impreciso de la palabra conlleva la imprecisión en el pensar, en la construcción de ideas. Naturalmente, las nuevas generaciones sortearon este escollo recurriendo al español a expensas del armenio. Hasta que en 1955 ve la luz el “Diccionario español armenio” y en 1984 su versión inversa, ambos del P. Pascual Tekeian. El primero impreso en Beyruth[iii] por La Photo-Presse y el segundo editado por Akian en Buenos Aires, se agotaron hace ya largos años y sólo medianamente satisficieron las necesidades de entonces. Ese catálogo léxico de ida y vuelta ha sido un instrumento útil y merece todo encomio por el ingente esfuerzo que demandó de su autor y porque es el primer intento de llegar a un diccionario protoacadémico.

Hoy la Eparquía Armenia San Gregorio de Narek ha reeditado la obra, con algunas precisiones en las correspondencias y con nuevas entradas, lo cual es encomiable. Pero aun así el esfuerzo y el trabajo editorial no satisfacen las necesidades de nuestras comunidades extraterritoriales. Por eso me atrevo a insistir en las ideas que me habitan. Ignoro si serán útiles, pero vienen de quien aún intenta creer aquello de que “el único libro que dice la verdad es el diccionario”[IV]. Tal es la importancia que le atribuyo a un diccionario plurilingüe con particular desarrollo del español y del armenio, que junto con la fundación de una Asociación Mutual Argentino Armenia[V]. y la creación de un Centro de Estudios del Genocidio Armenio anexo a un museo, lo considero el trípode que servirá de asiento al Diálogo Armenio.

Algunas consideraciones técnicas


De entre las muchas formas de llegar al lector, al construir un diccionario multilingüe es preciso elegir la más útil, la que ofrece un acceso fácil y una información ordenada y precisa sobre cada una de las entradas. Estas características deberán reflejarse en los complementos gramaticales, afijos, raíces y, desde luego, en las equivalencias idiomáticas. He aquí un aspecto susceptible de ser mejorado en el diccionario Tekeian.

En lo que a lengua hispana se refiere, la obra deberá abrevar en el Diccionario de la Real Academia Española, cuya 22° edición, de 2001, se ha actualizado particularmente incorporando más de cuarenta mil americanismos y vocablos científicos y técnicos.
Pero al abordar la lengua armenia se presentará la cuestión de sus dos vertientes, la oriental que utilizan los habitantes de Armenia y Karabagh, y la occidental de uso extendido en la diáspora. A ello hay que añadir sus diferentes ortografías y encontrar soluciones que concilien la practicidad, la precisión lingüística y la necesidad de no extraviar el rico acervo literario que se ha escrito de una y otra manera. A su vez, considerando que el alfabeto armenio tiene vocales y consonantes que no existen en el español y que sus caracteres son diferentes, habrá que determinar qué tratamiento se le dará al asunto. Seguramente habrá que ofrecerle al lector una noticia prologal que le ilustre al respecto.

Las distintas acepciones se le darán al lector en ambas direcciones y en el orden que les corresponde: primero las de uso vulgar; luego las anticuadas, las familiares, las figuradas, las provinciales o locales y, por fin, los tecnicismos. Por su parte las remisiones al inglés, francés, portugués, alemán, italiano y ruso se harán cuidando la exactitud de las equivalencias idiomáticas, pero dando solamente la acepción más extendida en el uso. Estas seis extensiones idiomáticas no representan un exceso de esfuerzo léxico, toda vez que existen diccionarios que las traen, y podrán servir para la construcción de otros diccionarios armenios bilingües que remitan a cada una de esas lenguas y para trabajos de traductorado.

Un resumen de signos y abreviaturas deberá incorporarse a la economía general de la obra, de manera de evitar reiteraciones ociosas. En este sentido, habrá que tomar nota de las soluciones que han dado los más modernos diccionarios.

Otros asuntos conviene tener en cuenta a la hora de acometer un trabajo de esta clase, pero es preciso omitirlos aquí en homenaje a la brevedad que impone el oficio del articulista. Baste mencionar el formidable recurso que ofrece la informática, con sus hipertextos y sus generosas bases de datos. Además de la edición gráfica, convendrá que el diccionario sea instalado en Internet para que quien quiera pueda acceder a él desde cualquier lugar. Y para que puedan incorporarse a la obra todos los avances que el tiempo imponga, mejorando periódicamente su contenido y proporcionando una mayor facilidad de revisión. También para hacer públicas las adiciones, supresiones y enmiendas que los respectivos institutos filológicos incorporen.

Factibilidad de la empresa

Culminar con felicidad un proyecto de esta clase demandará vocación por parte de quienes lo impulsen, sapiencia en los filólogos e investigadores que lo desarrollen y tiempo para su ejecución. Y demandará aportes dinerarios, porque quienes se consagren al trabajo deberán aplicar todo su tiempo y esfuerzo a él, al menos hasta la edición de la obra. Y quizá después todavía, en trabajos de traducción. Empresa de la mayor importancia si podemos darnos cuenta que las culturas se nutren mutuamente y que sus productos son más perdurables que los mármoles y los templos, legados de la presuntuosidad humana de épocas pretéritas.

La comunidad armenia, como otras, ha conocido tiempos de mecenazgo encomiables. Es deseable que ahora se repliquen aquellas generosidades, pero aplicadas ya no a los requerimientos fundacionales de una armenidad colonizadora, sino a estas necesidades de la cultura. Porque ninguna nación puede durar sin resguardar sus rasgos identitarios. Y la lengua es el primero de esos rasgos. Aún más, es el rostro mismo de esta condición que llevamos atravesando fronteras: ser armenios y nutrir a otros con lo nuestro y nutrirnos nosotros con lo de otros. Ser, en suma, nos y los otros. Ser nosotros.

[i] Ver en este sitio Nuevamente sobre el Diálogo Armenio.
[ii] Prólogo del Diccionario Asuri de la lengua española, ed. Asuri, Bilbao 1985.
[iii] El volumen indica el lugar de impresión, no el de edición.
[IV] Éramos jóvenes cuando la emprendíamos con Dios y con la verdad; y fue en medio de esas filosofadas que escuché tan insólita sentencia. Desde entonces la recuerdo, no sé si con más ironía que perplejidad.
[V] Ver en este sitio Hacia una Mutual Argentino Armenia.


La paz nos mira desde allá, desde el horizonte

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

La frase que titula esta nota puede suscitar el encono de los independentistas y escocer la piel sensible de los nacionalistas, puede reavivar los reproches de los viejos cortesanos y despertar la ira de los arribistas. Así y con todo, la pongo para que se cargue en mi cuenta. Tantos años de silencio y lealtad partidaria me acreditan para hablar de estas cosas. Las dije allá por el cincuentenario de la independencia y las reitero ahora, cuando las rivalidades han menguado y son otros los vientos que soplan desde el Cáucaso. No sé si mereceré el asenso o el reproche de mis cofrades; sé, cuando menos, que no mereceré la hoguera de mis inquisidores.

Entonces dije que el Estado nacido en 1918 era el mismo que pervivía en la R.S.S. de Armenia, que esa gesta no había abortado sus objetivos. Y por eso saludé al pueblo y al gobierno armenios con motivo del fasto y reclamé la mismidad de la República que venía de Sardarabad y se extendía hasta esos días.

Hoy quiero volver sobre aquellas ideas para decir cómo veo las cosas cuando Armenia, el Cáucaso y el mundo han cambiado, cuando el poder se aloja en las corporaciones económicas y la independencia nacional y la soberanía política se transan en los mercados. Y para hacerlo, desdeño los abalorios y miro la realidad sin edulcorantes.

Independencia nacional o seguridad del Estado: he aquí un falso dilema. Durante setenta años los armenios de la diáspora se encolumnaron con más o menos fervor detrás de estas banderas, que se miraron como mutuamente excluyentes. Mientras la historia avanzaba a lo largo del siglo XX aniquilando prerrogativas nacionales, mientras la soberanía política deponía su vocación patriotera para preferir las integraciones regionales, nosotros peleábamos contra molinos de viento. No advertíamos que la disyuntiva era falsa y que sus términos podían amistar, alternando su primacía según fueran las circunstancias de cada tiempo.

Durante siete décadas, desde 1918 hasta 1991, muchos armenios de la diáspora creían que la independencia nacional era incompatible con la integración regional. Entretanto otros armenios, también en la diáspora, declinaban los derechos soberanos o diferían su reclamo. Si la prudencia política no consentía la prisa de los primeros, los intereses permanentes de la República desaconsejaban los renunciamientos prematuros de los segundos. Unos demandaban sus derechos tal como si los armenios nunca hubieran arriesgado su identidad nacional y sus vidas, otros se arrellanaban en el regazo de un padre poderoso que desoía los reclamos del miembro más pequeño de la familia.

Aquellas diferencias expresaban dos vocaciones no excluyentes que debían mirarse con sentido de oportunidad política, atributo escaso en esos inmigrantes. Yo espero que los armenios de hoy hayamos aprendido de aquel desatino. Y espero que sepamos ponderar la pérdida de un millón de habitantes a manos de la emigración, a trueque de un PBI tan gordo como mal repartido. Una consideración ideológica, bien lo sé, pero también un asunto estratégico para un Estado que siete décadas atrás había ofrendado dos millones de almas a los fusiles enemigos y al destierro. ¿Cómo se cuantifican esas pérdidas humanas en términos de seguridad, de desarrollo, de cultura, de salud moral y política?
Después de la Primera Guerra Mundial los colosos del mundo penetraron a tal punto las prerrogativas de los otros Estados que sólo quedaron jirones de la vieja soberanía. Este proceso se fue acentuando a punto tal que, en rigor, hoy debemos reemplazar algunos términos de nuestro vocabulario político: el concepto de independencia debe ceder espacio al de interdependencia y el de soberanía debe replegarse sobre sí mismo para aplicarse a las relaciones interiores. Hoy la potestad de los estados nacionales ha sido erosionada y los conflictos se dirimen a escala regional. De ahí que los estados menores priorizan su seguridad antes que su independencia.

No se trata de subyugar unos valores a otros, de categorizar las demandas. Se trata de establecer cuáles son las urgencias de cada tiempo y de actuar en consecuencia. Se trata, también, de actuar con sentido histórico para no despertar anhelos perimidos, desvalores que la historia ha arrojado al basurero. Oportunidad y sentido de la realidad: he aquí los atributos del hombre político.
Los armenios de la diáspora hemos pecado de radicales. Faltos de sutileza política y ausentes de la realidad, no vimos que la República de 1918 y la soviética eran una y la misma. Como hoy lo es la que se desgranó del coloso comunista. Una continuidad que conviene al Estado armenio como sujeto del derecho internacional, una mismidad que vigoriza al país en la región. No es este el lugar para hacer un análisis jurídico, la buena disposición del lector no debe ser abusada por el articulista. Baste decir que las viejas discusiones sobre la continuidad del Estado desde 1918 hasta nuestros días ya no pueden ser sostenidas. Ni el dogmatismo del todopoderoso Partido Comunista Soviético resistió el peso de la verdad histórica y finalmente la batalla de Sardarabad (y con ella el nacimiento del Estado armenio y su independencia en 1918) obtuvo su consagración oficial durante aquel régimen.

Pero más que recorrer la historia me gusta observar la realidad, el presente con sus complejidades. Y al observarlo algunas preguntas me asaltan, preguntas que quizá el lector comparta conmigo. ¿No querríamos establecer mayores y mejores alianzas para sortear las acechanzas de nuestros vecinos hostiles, para superar nuestro aislamiento y mediterraneidad, nuestra falta de productos primarios? ¿No querríamos que un sistema institucional fuerte nos libere de las garras de los grupos económicos que, más acá y más allá de las leyes, hoy esquilman a los habitantes de Armenia? Estas cuestiones hacen a la seguridad de Armenia, a su paz interior y a su continuidad en la historia.
Hoy es tiempo para hablar de paz. La formidable capacidad militar y económica de los estados principales ha puesto en jaque a las alianzas trabajosamente tejidas durante el siglo XX. Afganistán, Irak, Irán, Corea, la propia Venezuela y la desobediente Cuba son muestras del cambio. Casos diferentes unos de otros, como también lo son Alemania y Japón, pero que muestran cuán dinámica ha sido la política durante el último siglo. Los propios armenios fundaron un Estado independiente (1918), lo integraron a la Unión Soviética (1920-1991) y lo separaron e independizaron (1991). Y como resultado de asuntos territoriales no saldados fundaron otra República en las montañas de Karabagh.


Cosas de nuestra historia. Cosas de la política, en la que fuimos campeones del desatino. Porque ¿qué es la política sino el arte de conducir los negocios públicos con sentido de la oportunidad? ¿Qué son los partidos políticos sino las corporaciones que prefieren unas decisiones a otras y que, en el acto de preferir, representan intereses sectoriales? ¿Y qué son las llamadas políticas de Estado sino aquellas que concitan el interés de todos los partidos y de todos los sectores de una comunidad nacional?

Hoy, cuando los estados son gobernados por grupos económicos que anteponen sus afanes dineriles a los intereses del conjunto, medrando en los límites de la ley, es atinado preguntarse si, acaso, a más del enemigo externo, no hay que enfrentar también un enemigo interno, si a las clásicas hipótesis de conflicto con otros países no hay que agregar similares hipótesis con grupos internos de dudosa legalidad.

Pude escribir unas palabras más amables a los oídos de los armenios, pero ellas se sumarían al coro de invocaciones estériles que nos arrulla. Por eso preferí examinar estas cosas, estos costados ríspidos de la realidad. Y para decir más, hago una advertencia: antes nuestros desencuentros eran domésticos y toleraban estos desvaríos, ahora trascienden las fronteras nacionales y amenazan la paz. La paz y la seguridad de un Estado (dos, en rigor) que todavía no ha consolidado sus relaciones y que ha perdido el control sobre los grupos económicos que nacieron de los escombros de la vieja nomenklatura.

Los armenios y la torre de Babel

Este artículo, que escribí tratando de no lastimar susceptibilidades, no mereció un espacio en la prensa gráfica de nuestra comunidad. Ahora, corridos algunos años, lo ofrezco a la consideración de sus destinatarios principales y de mis lectores habituales.

Eduardo Dermardirossian

eduardodermar@gmail.com

Cuando la imaginación de Borges crea El Aleph, precede ese alumbramiento con una definición. Dice que “todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten”. Una definición que asaz ignoramos quienes levantamos la pluma o hablamos sobre las cosas de nuestra comunidad. Una definición que nos invita a mirar cómo nos relacionamos con los otros, si el correr ligero de nuestra pluma, el parloteo incesante de nuestra lengua o la deriva fácil de nuestro pensamiento se corresponden con patrones comunes, condición indispensable para entendernos, o si partimos de prejuicios que nos hacen rondar en torno a una porfía.

Vale la pena examinar estas cosas. Situarnos con alguna perplejidad en medio de nuestras certezas para cuestionarlas alguna vez, para que el aire fresco de la duda desempolve los trastos viejos.

Sin duda muchos pueden recusar mi pensamiento, y está bien que lo hagan. A ellos los invito a que miren bien nuestra historia comunitaria, que examinen los pliegues de nuestras primeras experiencias y el desarrollo ulterior de nuestras instituciones, que se instalen en la nueva realidad y digan si en este tiempo se justifican las rémoras de aquellos desencuentros y, aún peor, las cuitas insustanciales nacidas de viejos personalismos.

Estoy hablando de las diferencias habidas en nuestra comunidad. De las que razonablemente pueden existir y de las otras, de las que por erosionar el tejido social deben ser prontamente arrancadas del terreno. Estoy hablando de quienes naturalmente difieren al mirar la realidad y proyectar el futuro porque parten de filosofías o de anhelos diferentes, y de quienes aún sosteniendo ideales y propósitos comunes y habiendo habitado por largos años la misma casa, están enfrentados sin más razón que la sinrazón y sin otra justificación que su incapacidad para encontrar caminos de concilio. Unos y otros diseñan el actual paisaje institucional: los primeros, contribuyendo a la saludable policromía que debe tener toda sociedad pluralista; los otros, segando buena parte de las energías que deben utilizarse en este juego de integración e identidad a que nos ha conducido la historia. Aquellos, construyendo el andamiaje democratizador; estos, distrayendo a una comunidad que necesita unificar su acción.

Es preciso hablar esa lengua cuyo ejercicio presupone un pasado compartido para repoblar nuestras instituciones y nutrir nuestras actividades, para que, sin dispendio de energías, una misma metodología de trabajo y unos objetivos comunes fructifiquen en resultados.

Inconsistencias

Pregunto: ¿Qué diferencias ideológicas sostienen los desencuentros? ¿Qué diferencias metodológicas que no puedan ser zanjadas en una mesa de concierto? Las fruslerías personales ¿justifican una lidia de esta clase? Cuando la pregunta es correctamente formulada suele estar preñada de su respuesta. Por eso es preciso no precipitarse, despojarse de la bruma y mirar las cosas con serenidad, diría con inocencia (inocente es quien no merece castigo), para examinar cada situación con tanta libertad y generosidad como sea posible.

Pregunto: ¿Pueden desarrollarse unas instituciones que se sostienen sobre la dádiva, desdeñando los sistemas de cooperación que ofrecen las leyes? ¿Pueden crearse y coordinarse programas de desarrollo y de asistencia en medio de Babel? Y los viejos sueños compartidos ¿ya no merecen ser soñados? Y las nuevas realidades que los tiempos proponen ¿no merecen ser afrontadas con las herramientas con que cuenta la comunidad? Si en estos tiempos nuevos ni las fronteras ni los océanos separan a unos hombres de otros, a unas naciones de otras ¿por qué había de separarlos un remoto desatino? Si la historia ha amistado a quienes ayer mismo se diezmaban en las guerras, ¿por qué el calor de una cultura común no había de reunir a todos alrededor de la misma mesa? Sabe mi lector de quiénes hablo.

Nuestras prioridades


Lo dije otras veces. Nuestras estructuras institucionales han crecido sin orden y los frutos que hoy se cosechan no se corresponden con los esfuerzos que se realizan. No hemos sorteado la crisis del crecimiento y hoy nos enfrentamos a modelos institucionales obsoletos. Una observación severa que, sin embargo, puede afrontarse con felicidad si encontramos algunas coincidencias mínimas que nos permitan coordinar esfuerzos, distribuir áreas de competencia y procurar recursos genuinos que sufraguen el déficit y permitan crear los servicios de que aún carecemos. La constante mengua de participantes siquiera pasivos en las actividades de la comunidad constituye un campanazo que no debemos desoír.

¿Qué por ciento de los armenios que habitan en las costas del Río de la Plata tienen alguna clase de participación en el quehacer comunitario? ¿Cuántos intelectuales y artistas habitan dentro de las fronteras institucionales y cuántos están ausentes? ¿Cuántos benefactores han menguado sus aportes y cuántos más se ausentaron en la última veintena de años? Son algunas cuestiones que debemos examinar con sentido autocrítico para comprender el porqué del deterioro.

De más cosas podemos hablar, más faltas podemos atribuirnos todavía, pero este no es momento de amonestaciones sino de reflexión y de disposición generosa para encontrar vías de solución. Y en mi opinión, la conciliación entre quienes todavía duplican los trabajos que deben tener unidad de planificación y ejecución, es una vía inexcusable.


Decía Max Sheler que el resentimiento es una venganza diferida. No quisiera creer que este es el caso. ¿Quién a esta altura de las cosas y después del tiempo corrido puede pedir el ojo del que dice que le ha cegado? ¿Quién puede mostrar un solo cobre que lo acredite con ventaja? Si los que todavía contienden tienen memoria de su origen común, si aún alientan los sueños que les dieron pertenencia e identidad, si se sienten responsables del destino de estas comunidades, entonces deben decir que, como ocurre con las deudas, el tiempo ha aniquilado para siempre las diferencias. Y, aún más, deben recuperar el aliento que gastaron en vano.

Concilio

Creo no equivocarme al decir que la comunidad espera que un auspicioso camino comience a recorrerse en esta dirección. El tiempo transcurre y va erosionando las pequeñas vidas de los hombres. Las instituciones necesitan remozar sus estructuras y los pueblos construir la historia. Y el tiempo es cambio: he aquí el mensaje que deben recoger los hombres si no quieren que los arrolle la historia y los desdeñe la sociedad.

Espero que estas líneas sean leídas y meditadas por unos y por otros. Y espero que sean comprendidas para iniciar un camino que lleve a la superación de las cosas que lastiman a nuestra comunidad. No quiero creer que los armenios de estas costas somos los herederos de quienes levantaron los muros de Babel.

.
.
Versión francesa

Cet article, que j’ai écrit en essayant de ne pas offenser certaines susceptibilités, ne mérita pas d’espace dans la presse imprimée de notre communauté. Aujourd’hui, quelques années après, je le soumets à la réflexion de ses principaux destinataires et de mes lecteurs habituels.

.
Les Arméniens et la tour de Babel

par Eduardo Dermardirossian

Lorsque l’imagination de Borges crée El Aleph [L’Aleph], il fait précéder cet éclairage d’une définition. Il énonce que « tout langage est un alphabet de symboles, dont l’exercice présuppose un passé que partagent les interlocuteurs. » Une définition que nous ignorons décidément, nous qui prenons la plume ou commentons notre communauté. Une définition qui nous invite à considérer de quelle manière nous nous relions aux autres, si le pas léger de notre plume, le babil incessant de notre langue ou la dérive aisée de notre pensée répondent aux modèles collectifs, condition indispensable pour nous comprendre, ou bien si nous partageons des préjugés qu’il nous faut contourner à l’envi.

Etudier ces choses vaut la peine. Nous situer non sans perplexité parmi nos certitudes afin de les questionner parfois, pour que le souffle nouveau du doute dépoussière les vieilleries rebattues.

Sans doute, beaucoup récuseront ma façon de pensée, et à bon droit. J’invite ces derniers à considérer avec soin notre histoire communautaire, examiner les plis de nos premières expériences et l’essor ultérieur de nos institutions, prendre place dans la réalité nouvelle et dire si, à notre époque, se justifient les obstacles que constituent ces désaccords et, pire encore, les souffrances injustifiées, issues d’outrances personnelles désuètes.

Je parle des différences propres à notre communauté. De celles qui peuvent raisonnablement exister et des autres, de celles qui, érodant le tissu social, doivent promptement être éradiquées. Je parle de ceux qui s’en remettent naturellement à l’observation de la réalité et à la projection du futur, parce qu’ils partagent des philosophies ou des aspirations différentes, et de ceux qui, soutenant encore des idéaux ou des propositions communes et s’étant accoutumés depuis des années au même lieu, s’affrontent sans autre motif que l’aberration et sans autre justification que leur incapacité à ouvrir une voie de conciliation. Les uns et les autres dessinent l’actuel paysage institutionnel : les premiers, contribuant à la salutaire polychromie que doit comporter toute société pluraliste ; les autres, coupant une grande partie des énergies qu’il convient d’utiliser dans ce jeu d’intégration et d’identité auquel nous a conviés l’histoire. Les uns, bâtissant un échafaudage démocratique ; les autres, détournant une communauté qui a besoin d’unifier son action.

Il importe de tenir ce langage dont l’exercice présuppose un passé partagé, si l’on veut repeupler nos institutions et alimenter nos activités, afin que, sans gaspillage d’énergies, une même méthodologie de travail et des objectifs communs aboutissent à des résultats.
.
Inconsistances
.
Je pose la question : quelles différences idéologiques entretiennent les désaccords ? Quelles différences méthodologiques qui ne puissent être levées autour d’une table ? Les broutilles personnelles justifient-elles un tel combat ? Lorsqu’une question est correctement formulée, elle est ordinairement porteuse d’une réponse. Voilà pourquoi il importe de ne pas agir dans la précipitation, de se départir du brouillard et envisager les choses avec sérénité, je dirais avec innocence (innocent est celui qui ne mérite pas d’être puni), si l’on veut examiner chaque situation avec autant de liberté et de générosité que possible.
.
Je pose la question : des institutions qui reposent sur le don, dédaignant les systèmes de coopération que proposent les lois, peuvent-elles se développer ? Peut-on créer et coordonner des projets de développement et d’assistance en plein Babel ? Et les anciens songes en partage ne méritent-ils pas d’être rêvés ? Les réalités nouvelles que les époques proposent ne méritent-elles pas d’être confrontées aux outils auxquels tient la communauté ? Si, en ces jours nouveaux, ni les frontières ni les océans ne séparent les hommes, ni les nations, pourquoi d’anciens errements devraient-ils les séparer ? Si l’histoire a réconcilié ceux qui, hier encore, s’entretuaient par des guerres, pourquoi la chaleur d’une culture commune n’arriverait-elle pas à les rassembler tous autour d’une même table ? Mon lecteur sait de qui je parle.
.
Nos priorités
.
Je l’ai dit ailleurs. Nos structures institutionnelles ont grandi dans le désordre et les fruits que l’on recueille aujourd’hui ne répondent pas aux efforts engagés. Nous n’avons pas évité la crise de croissance et aujourd’hui nous faisons face à des modèles institutionnels obsolètes. Observation sévère que, cependant, l’on peut affronter avec succès si l’on décèle certaines coïncidences minimes nous permettant de coordonner nos efforts, de répartir des domaines de compétence et produire de véritables ressources, de nature à combler ce vide et créer les services dont nous manquons. La diminution constante de contributeurs, fussent-ils passifs, dans les activités de la communauté constitue une sirène qu’il nous faut entendre.
.
Quel pourcentage d’Arméniens, habitant les rives du Rio de la Plata, jouent un rôle dans les affaires communautaires ? Combien d’intellectuels et d’artistes se situent dans le cadre des frontières institutionnelles et combien en sont absents ? Combien de bienfaiteurs ont réduit leurs contributions et combien d’autres ont fait défaut ces vingt dernières années ? Voilà quelques questions qu’il nous faut examiner avec un sens de l’autocritique, si l’on veut comprendre les raisons de cette dégradation.
.
L’on pourrait évoquer beaucoup de choses, nous attribuer encore plus de fautes, mais ce n’est pas le moment de faire des reproches. Bien plutôt de réfléchir et d’être d’humeur généreuse, si l’on veut tracer des solutions. Et, selon moi, la conciliation parmi ceux qui reproduisent encore les souffrances devant tenir lieu de planification et de mise en œuvre, est une voie inexcusable.
.
Max Scheler disait que le ressentiment est une vengeance différée. Je n’aimerais pas croire que tel est le cas. Qui, au point où nous en sommes et après tout ce temps passé, peut en remontrer à celui qui l’a aveuglé ? Qui peut faire patte blanche, en sorte de paraître à son avantage ? Si ceux qui bataillent encore se souviennent de leurs origines communes, s’ils nourrissent encore les rêves qui leur procurèrent appartenance et identité, s’ils se sentent responsables du destin de ces communautés, alors ils doivent dire que, comme il en va des dettes, le temps a aboli pour toujours les différences. Et, plus encore, ils doivent retrouver le souffle qu’ils ont épuisé en vain.
.
Conseil
.
Je ne crois pas me tromper en disant que la communauté attend qu’une voie favorable commence à s’ouvrir dans cette direction. Le temps s’écoule et ne cesse d’éroder les petites existences des hommes. Les institutions ont besoin de renouveler leurs structures et les peuples de bâtir l’histoire. Et le temps c’est le changement : voilà le message que doivent recueillir les hommes, s’ils ne veulent pas que l’histoire les entraîne et que la société les méprise.
.
J’espère que ces lignes seront lues et méditées des uns et des autres. Et j’espère qu’elles seront comprises afin d’ouvrir une voie qui conduise à surmonter tout ce qui nuit à notre communauté. Je ne veux pas croire que nous, Arméniens de ces rivages, soyons les héritiers de ceux qui érigèrent les murs de Babel.
.
Source : http://caucasoypampa.blogspot.com
Traduction de l’espagnol : © Georges Festa – 10.2010.